Opinión
Portugal sale a la calle por el derecho a la vivienda: “Como em Espanha, todos à rua”
De camino a la manifestación llevo tres llaves en mi bolso. Una abre la puerta del edificio donde vivo; otra, el piso que comparto con mi amiga Rita en el barrio lisboeta Alto de São João. La tercera dejó de funcionar un día, sin previo aviso. Tuvimos que pagar a un cerrajero para entrar, pero la llave sigue aquí, rozándose con las otras dos en el fondo de mi bolso. No sé por qué la guardo. Me cuesta desprenderme de las cosas, incluso cuando ya no sirven.
Mi amiga Julia y yo sacamos las llaves y las alzamos. Las hacemos sonar junto a las de los demás manifestantes; más tarde vendrá Rita también. Ella sí es portuguesa, Julia y yo somos inmigrantes. Tengo 33 años y esta es mi quinta casa en Lisboa. Digo “mi casa” con la naturalidad de quien sabe encontrar el interruptor a oscuras, aunque sea de alquiler y cada vez me resulte más difícil imaginar que algún día podré comprar una. Estoy cansada de las mudanzas y de guardar mi vida en cajas.
El sábado 10 de octubre, miles de personas salimos a las calles de Lisboa para protestar contra el aumento del coste de vida y de la vivienda. La convocatoria, bajo el lema Não dá mais para viver assim, comenzó a las cinco de la tarde en el Largo do Intendente. Hubo también protestas en Aveiro, Braga y Oporto.
Entre las pancartas podía leerse “Queremos un salario que nos permita pagar la vivienda y vivir”, “Menos turismo. Más barrio” y “Esto no es una crisis. Es una emergencia”. Las consignas apuntaban al Gobierno y al primer ministro, Luís Montenegro, cuya propuesta de reforma de la ley de arrendamientos ha agravado el temor de quienes vivimos de alquiler.
El texto original plantea acelerar los desahucios por impago, eliminar el límite del 2 % aplicable a determinados nuevos contratos y ampliar las garantías que pueden exigirse a los inquilinos. La propuesta ya superó la primera votación parlamentaria, con la abstención de Chega, y se encuentra en fase de debate y enmiendas. El acuerdo entre este partido y el PSD contempla cambios en los anticipos y las fianzas, así como garantías para algunos inquilinos mayores con contratos antiguos. Su alcance definitivo todavía está por decidir.
A veces tengo la impresión de que en Portugal cuesta llenar las calles. Por eso esta vez me sorprende y me enorgullece verlas repletas, escuchar los gritos y reconocer una indignación que tantas veces queda encerrada en conversaciones privadas. Pienso en la saudade, en esa manera de darle espacio a lo que duele sin necesidad de alzar la voz.
Durante la semana, varios amigos portugueses me han dicho que debería sentirme orgullosa de las movilizaciones por la vivienda en España. Hablan de un espíritu de lucha que echan de menos en su país. En la marcha se escucha “Como em Espanha, todos à rua”. También “Quien duerme en esta democracia se despierta en una dictadura” y “Casas para vivir, no para vender”. Y, entre los gritos, de repente escucho un nombre: “¡Viva Mari Carmen!”.
Mari Carmen Abascal, la mujer de 87 años desahuciada en Madrid el 23 de septiembre y fallecida apenas dos semanas después, se ha convertido en un símbolo que atraviesa fronteras. Su historia ha dado un rostro al miedo de perder la casa después de toda una vida.
Antes de conocer su caso, a principios de septiembre ya había leído otra noticia de una situación parecida. Maria José, una mujer diabética portuguesa de unos 80 años que vivía sola en Coina, en el municipio de Barreiro, había sido desahuciada y trasladada al hospital. El desalojo ocurrió en agosto y provocó críticas del presidente de la junta local. Sin embargo, su historia tuvo mucha menos repercusión que la de Mari Carmen.
Pienso en ella y en las personas mayores de mi barrio. Muchas viven solas. Las veo limpiar los portales, ocuparse de las zonas comunes del edificio y acompañar a los niños al parque los fines de semana. Sostienen buena parte de la vida del barrio mientras los más jóvenes pasamos el día fuera, trabajando. Me pregunto cuántos vecinos habrán tenido que marcharse antes de que yo llegara.
En el segundo trimestre de 2026, el precio de la vivienda en Portugal aumentó un 16,5% respecto al mismo periodo del año anterior, frente al 4,7 % de media en la Unión Europea
En el segundo trimestre de 2026, el precio de la vivienda en Portugal aumentó un 16,5% respecto al mismo periodo del año anterior, frente al 4,7 % de media en la Unión Europea. Fue la mayor subida entre los países con datos disponibles.
La movilización del sábado no garantiza que las cosas vayan a cambiar, pero deja un impulso que hacía falta. No hubo acampada, aunque sí una sentada en la avenida Almirante Reis, una de las principales arterias de Lisboa. Queda por ver si esa energía se mantendrá más allá de la protesta y logrará traducirse en decisiones del Gobierno.
Mientras tanto, resulta difícil reconocer el acceso a la vivienda como prioridad en un modelo que lleva años tratando la ciudad como una oportunidad de inversión. Los visados de oro fueron una expresión de esa lógica: atraer capital mediante la promesa de residencia. Para quienes ya vivían aquí, quedarse no venía con ninguna garantía.
Las asociaciones de vecinos llevan tiempo organizándose frente a los desalojos y la presión turística. Defienden algo que no cabe del todo en un contrato de alquiler: la posibilidad de seguir viviendo cerca de quienes conocen y de conservar sus comercios.
Por suerte, después de siete años, sigo viviendo en el centro de Lisboa, cerca de muchos amigos a los que quiero y necesito, especialmente estando lejos de mi familia. He aprendido portugués y lo hablo como buenamente puedo, con un acento español que no logro disimular. Llegué por elección y por elección me he quedado. Soy una inmigrante con salario portugués y comparto la incertidumbre de tantos vecinos. Me incomoda que me llamen “expat”, una palabra que parece conceder a algunas personas el privilegio de vivir fuera de su país sin ser consideradas inmigrantes.
Pero haber elegido esta ciudad también me obliga a preguntarme qué lugar ocupo en ella. Quiero que quienes llegamos conozcamos su cultura y sus tradiciones, que aprendamos a escuchar y que entendamos que Lisboa ya era el hogar de otros antes de convertirse en nuestro destino.
La segregación urbana dificulta ese encuentro. Los precios deciden quién puede quedarse y quién debe marcharse; poco a poco, separan a personas que antes compartían barrio. Se pierden relaciones, rutinas y formas de cuidarse.
Jorge Dioni analiza esa retirada hacia lo privado a través del lema de IKEA, Bienvenido a la república independiente de tu casa. La promesa es tener un espacio propio donde decidir cómo vivir y encontrar refugio.
Pero ¿qué ocurre cuando ni siquiera podemos asegurar ese refugio? Entonces volvemos a la calle. Las llaves salen de los bolsos y suenan juntas. Durante un rato, el cansancio de cada uno se convierte en una exigencia compartida.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!