Gorda, gorda, gorda

Sé bien lo que significa la palabra “gorda”. Lo sé porque muchos compañeros de clase renunciaron a llamarme por mi nombre y me llamaban gorda, vaca, bombona, ballena, asquerosa, foca.

Carmen G. de la Cueva

escritora y periodista


publicado
2017-09-25 11:02:00

A Lucía García

Sé bien lo que significa la palabra “gorda”. Lo que significa de verdad cuando la dicen o la piensan. Lo sé porque muchos compañeros de clase renunciaron a llamarme por mi nombre y me llamaban gorda, vaca, bombona, ballena, asquerosa, foca. Sobre todo, me llamaban b-u-t-i-f-a-r-r-a. No recuerdo el momento exacto en que supe que estaba gorda. Supongo que la conciencia de mi gordura me llegó el día en que la mirada de los otros se posó sobre mi cuerpo como una extraña maldición de la que todavía no he conseguido librarme. No es fácil contar que hubo una época de mi vida en la que, en lugar de llamarme por mi nombre, los niños preferían llamarme “tripa rellena de carne de cerdo picada”.

Todavía conservo las fotografías de una excursión que hicimos en cuarto de primaria a un parque acuático. En una de ellas estoy con mis amigas en bañador junto a nuestra tutora. Parecemos felices, con el pelo chorreando y el rostro enrojecido por el sol. Yo era casi una bolita de carne cubierta por un bañador rosa fluorescente y fueron mis amigas las que me lo hicieron saber a los nueve años: “Eres la que está más gorda de todas”. Quizá fuera entonces cuando entendí que la palabra “gorda” no era una palabra cualquiera, como bien dice Caitlin Moran en su libro Cómo ser mujer, no era una palabra descriptiva que tuviera el mismo uso que “pelirroja” o “morena”.

Desde los nueve años, hasta los diez, doce, trece, dieciséis, siguieron llamándome gorda. Y durante aquellos años me callé y acudí a clase cada día ignorando los insultos y pensando que algún día todo pasaría. En parte, me sentía culpable. Es que era gorda y si era gorda era por mi culpa, porque no montaba en bici, porque me gustaban los dulces, porque leía mucho y como leía mucho, me movía poco. Me sentía muy sola. Terriblemente sola. Nunca he podido hablar de mi peso con los demás, ni siquiera con mi madre. Nunca me he pesado en público, ni siquiera en la farmacia.

Recuerdo que una de las presentaciones de mi libro fue a mediados de enero de este mismo año, la misma semana que se suicidó Lucía García. Lucía se quitó la vida porque la acosaban, la insultaban llamándola gorda, fea, y la hacían sentir que no valía nada, que su vida no valía nada. Lucía tenía trece años. La idea de que podría haber ayudado a Lucía, a todas las lucías que hay en sus camas llorando y sintiendo que no valen nada, no se me quita de la cabeza. He pasado muchas noches de mi vida tumbada sobre el colchón llorando y agarrándome la carne de los muslos y de la barriga con las manos intentando hacer que desapareciera a base de apretarme bien fuerte. Pero pocas veces he mantenido una conversación con otra persona hablándole de la angustia que me producía el hecho de ser gorda. Muchas veces me pregunté de adolescente si sería posible quejarse públicamente del dolor que me causaban los comentarios de la gente. ¿Qué voz hubiera sido la apropiada para gritarle al mundo que no me importaba ser gorda, que mi mayor problema era el menosprecio constante? ¿Qué podía hacer entonces?

¿Bastará con seguir el consejo de Moran? “Repítela hasta quitarle toda la tensión, hasta que parezca normal y acabe perdiendo su significado”: gorda, gorda, gorda, gorda, gorda, gorda, gorda, gorda, gorda, gorda. Repito la palabra en voz alta una y otra vez y me suena igual de dolorosa. ¿Qué podemos hacer ahora?

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