Opinión
Fiestas populares, dinero público y lavado político

El cantante Henry Mendez, quien dejó grabado un efusivo “odio a los rojos”, será el artista principal de las fiestas de Vallecas. La Junta Municipal ha decidido mantener el concierto, defendiendo que “la cultura no tiene ideología”. Pero, ¿es realmente así?
Henry Mendez
El cantante Henry Mendez. Foto: Flow Records
28 ago 2025 12:06

El próximo 13 de septiembre de 2025, el Auditorio Municipal Las Trece Rosas, en el histórico barrio de Villa de Vallecas, acogerá el concierto de Henry Méndez dentro de las fiestas patronales del distrito. Sobre el papel se trata de un evento más dentro de la programación cultural madrileña y del artista principal de estas fiestas. Pero la polémica está servida: el artista fue quien, en 2023, dejó grabado en vídeo un efusivo “odio a los rojos” que se hizo viral y que desató un fuerte debate en redes. Pese a las críticas de la oposición y a las peticiones populares de cancelar el contrato y que este no se subvencione con dinero público, la Junta Municipal ha decidido mantener el concierto, defendiendo que “la cultura no tiene ideología”.

Pero, ¿es realmente así? ¿Podemos separar persona y artista cuando estas declaraciones políticas se costean con dinero de todos y todas? ¿O estamos, más bien, ante un ejemplo de legitimación política a través de la cultura pop?

 Con una sonrisa cómplice, Juan Magán deja que su público coree “Pedro Sánchez, hijo de puta”, señalando que él no puede pronunciarlo, pero ellos sí

El caso de Henry Méndez no es aislado. En los últimos años, varios artistas vinculados al reguetón, al pop comercial o el musical de gran formato se han dejado seducir por la tentación de la declaración incendiaria. Con una sonrisa cómplice, Juan Magán deja que su público coree “Pedro Sánchez, hijo de puta”, señalando que él no puede pronunciarlo, pero ellos sí, repitiéndose en numerosas ocasiones y en varios eventos. Nacho Cano, por su parte, ha pasado de ex Mecano a aliado estratégico de Isabel Díaz Ayuso, con medallas, apoyo institucional y grandes musicales como escaparate político.

La lista podría seguir y la pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando el show business se convierte en un altavoz para discursos políticos que, en otros contextos, serían tachados de intolerantes o, directamente, de odio?

La política del escenario popular

La música popular tiene algo que los mítines políticos envidian: capacidad de convocatoria masiva y un barniz de neutralidad festiva. Bailar un hit en las fiestas patronales de barrio no requiere carnet de partido, pero sí moldea un clima cultural donde ciertos mensajes se normalizan. Ahí está la clave: cuando un artista lanza un insulto, una consigna o un gesto alineado con una ideología concreta, lo hace envuelto en ritmo, festividad, luces y celebración. Lo que en el Parlamento provocaría un escándalo, en un concierto se trivializa como “puro espectáculo”. El caso, por ejemplo, de Juan Magán, sucedido en varios conciertos del artista, es paradigmático. Su frase contra Pedro Sánchez, coreada con euforia, no fue tratada como un acto político consciente, sino como parte del show con la que él se sentía notablemente orgulloso. Del mismo modo, el salto de Nacho Cano al escenario político madrileño es casi un chiste recurrente: Ayuso lo ha convertido en símbolo cultural de su mandato, condecorándolo y situándolo como referente artístico en la capital. Lo que parece un gesto anecdótico es, en realidad, una estrategia de legitimación mutua: el poder político se reviste de glamour y modernidad; el artista, de respaldo institucional.

El problema no es solo que determinados artistas expresen abiertamente sus simpatías políticas, sino la naturalización de esos gestos en espacios de consumo cultural masivo

En este juego, los escenarios públicos (plazas, auditorios, fiestas populares) funcionan como espacios de lavado político, con los que no todos nos sentimos cómodos. Este concierto de reguetón en Villa de Vallecas, un barrio principalmente de izquierdas, no se presenta como un acto de propaganda, pero sí envía un mensaje sutil: lo que el artista dijo alguna vez no importa, porque ahora está aquí para animar a la gente. La fiesta borra la memoria.

Normalización de los discursos de odio

El problema no es solo que determinados artistas expresen abiertamente sus simpatías políticas, sino la naturalización de esos gestos en espacios de consumo cultural masivo. Lo que debería generar rechazo social se convierte en espectáculo o, en el peor de los casos, en meme, que se termina haciendo viral.

El universo artístico y musical está lleno de ejemplos. Mario Vaquerizo ha hecho de su personaje público un guiño constante a la derecha madrileña, invitado habitual en actos y campañas, entre frivolidad kitsch y la simpatía hacia discursos que legitiman posiciones reaccionarias.

En Puro Latino Fest, celebrado en 2025, el rapero chileno Polimá Westcoast levantó desde el escenario una bandera de los Tercios de Flandes, símbolo históricamente recuperado por la ultraderecha española. La imagen circuló en redes, generó algún que otro comentario crítico y desapareció rápidamente del debate público, diluida en la lógica del espectáculo. Episodios como estos no son marginales y revelan cómo el espacio festivo desactiva la carga política de símbolos y palabras que, realmente, deberían ser inaceptables. En un festival o en unas fiestas de barrio, una bandera de los Tercios no debería poder ondear, ni un insulto político (da igual a qué color) debería corearse sin que exista un verdadero coste reputacional para el artista y para las instituciones que sostienen el evento. Y, desde luego, debería poder amonestarse. Si algo sabemos que no es correcto, no deberíamos darle escenario, espacio ni voz en otros eventos. Lo contrario supone un proceso de lavado cultural: lo que debería indignar se convierte en parte de la diversión. La cultura popular funciona así como un campo de impunidad simbólica.

El dinero público como amplificador

Hablar de dinero público en estas circunstancias se vuelve más grave. No estamos ante conciertos privados, donde cada promotor decide a quién llevar según el rédito económico esperado, sino ante programaciones financiadas con presupuesto municipal o autonómico. Es decir, los impuestos de toda la ciudadanía acaban sufragando a artistas que lanzan mensajes de odio o que coquetean con simbología ultraderechista.

La contratación de Henry Méndez para las fiestas patronales de Villa de Vallecas ilustra perfectamente la contradicción. El evento pretende ofrecer cultura a los vecinos y vecinas del barrio y, aquí, es crucial subrayar el contexto: Villa de Vallecas es un barrio lleno de historia y lucha, un territorio obrero por excelencia, donde la interculturalidad, la convivencia y la comunidad se entrelazan en cada plaza y en cada calle. Traer a este artista con este pasado a este contexto no es solo una elección musical: es un gesto que desatiende el alma del barrio y su identidad colectiva

Villa de Vallecas es mucho más que calles y edificios: es memoria de lucha social, solidaridad vecinal y creatividad popular. Desde los centros sociales hasta las radios comunitarias, pasando por festivales autogestionados, el barrio ha cultivado durante décadas un tejido cultural que promueve la participación y la convivencia. Frente a esta tradición viva, destinar miles de euros a un espectáculo que borra esa memoria y privilegia la lógica del consumo rápido supone un desajuste flagrante entre la cultura que se financia y la que realmente habita el barrio.

Se confunde la cultura popular, con la cultura de masas y el precio es legitimar discursos que dividen y excluyen

Artistas locales, colectivos feministas y proyectos comunitarios pelean cada año por conseguir espacios en las fiestas, con recursos limitados y visibilidad escasa mientras que el partido de turno reserva el escenario central a una figura mainstream con un historial problemático. Se confunde la cultura popular, con la cultura de masas y el precio es legitimar discursos que dividen y excluyen. No solo se financia un espectáculo, sino que se envía un mensaje sobre qué voces merecen ocupar el centro de la fiesta y, en Villa de Vallecas, ese mensaje choca frontalmente con la esencia misma del barrio, con una mayoría social y electoral vinculada a la izquierda.

Cultura, hegemonía y sentido común

Esta polémica tiene una dimensión estructural y simbólica. Antonio Gramsci hablaba de la hegemonía cultural como la manera en que las ideas de un grupo dominante se normalizan y se presentan como “sentido común”. En este caso, la música y el espectáculo funcionan como el vehículo de legitimización, integrándose en la vida cotidiana como algo natural.

No es un problema de censura ni de limitar la creatividad; es una cuestión de responsabilidad pública y de respeto al tejido cultural que existe en el barrio desde hace décadas. Financiar estos artistas contiene un impacto simbólico que supone reforzar una hegemonía blanda que invisibiliza y desplaza la cultura comunitaria reproduciendo valores contrarios a los del barrio. El concierto de Henry Méndez no ocurre en un vacío, sino en un territorio lleno de memoria donde cada programación envía un mensaje: ¿qué tipo de cultura se premia, protege y amplifica?

Los festivales y fiestas patronales deberían ser espacios que reflejen la riqueza y diversidad de la comunidad, que celebren la interculturalidad, la convivencia y la memoria histórica, y que reconozcan y amplifiquen las voces de quienes construyen cultura desde el barrio y para el barrio.

Villa de Vallecas demuestra día a día que la cultura puede ser resistencia, memoria y alegría colectiva. Los espacios institucionales tienen la obligación de escuchar y reflejar esa realidad

Villa de Vallecas demuestra día a día que la cultura puede ser resistencia, memoria y alegría colectiva. Los espacios institucionales tienen la obligación de escuchar y reflejar esa realidad, y no sustituirla por un espectáculo vacío que normaliza lo intolerable. Porque más allá del ritmo y del baile, lo que suena en un escenario transmite un mensaje sobre quiénes somos y qué valores sostenemos como sociedad.

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