Opinión
Nuevas tecnologías al rescate de ideas viejas: cómo los algoritmos están allanando el terreno a los ultras
La ultraderecha está alcanzando —o coaligándose con— el poder a través de medios democráticos en muchos países a lo largo y ancho del globo, desde Argentina a Estados Unidos, pasando por Hungría o Italia. Tanto donde ha tocado poder ya como donde aún no lo ha hecho, proliferan figuras mediáticas que gozan de predicamento, todas ellas cortadas por un patrón similar, a menudo importado desde los EEUU: el activista a sueldo de partidos o centros de poder económico, haciéndose pasar por comunicador o analista, y que ejerce su ‘crítica aguda’ siempre de forma unidireccional. Son efectivos, pero la originalidad brilla por su ausencia. Kirk como original y Zoppellari Quiles como copia.
La ultraderecha está en un momento dulce. Y parte de su buena salud se debe al apoyo entre los más jóvenes. Sobre todo, entre los hombres. Algo estarán haciendo bien. Puede que esto sea que ofrecen respuestas claras. Sesgadas y a todas luces falaces, pero decididas y claras. Y en momentos atravesados por la incertidumbre, esa aparente clarividencia, esa determinación, funciona como argamasa que une y genera una gran capacidad para movilizar.
Las respuestas que ofrecen, eso sí, son con frecuencia sesgadas y engañosas: recurren a la creación y reproducción de bulos de forma recurrente —valgan uno, dos, tres y hasta cuatro ejemplos recientes, entre varios miles—; abusan de toda clase de falacias lógicas —falsos dilemas, hombres de paja, la creación de chivos expiatorios—, recursos dialécticos engañosos que son ahora algunos de los pilares del debate online, y que cualquier persona interesada genuina y sinceramente en la verdad y el bien común descarta por defecto; y viven de la alarma y la generación de miedo hacia el otro, sin duda la clase de estrategia que genera reacciones más encendidas y viscerales.
Así que, aunque se sirvan de múltiples trampas, probablemente hagan bien en defender sus intereses ofreciendo respuestas firmes y claras. Aun así no todo el mérito es suyo.
Méritos compartidos: los algoritmos desnivelan el terreno de juego
Esta clase de ganchos fáciles, argumentos poco o mal elaborados, mentiras o medias verdades y falacias lógicas tienen escaso o nulo valor intelectual. Son chatarra ideológica.
No son nada novedoso, aunque a muchos todavía les seduzcan los viejos cantos de sirenas. De hecho, conforman el cemento de la propaganda y los discursos que se han empleado de forma recurrente en la historia para servir a toda clase de proyectos autoritarios, desde el nazismo al estalinismo, o desde los delirios imperialistas de Putin a los tics autoritarios tropicales de Bolsonaro o Maduro. Y en esas seguimos. Porque por muy simples que sean, siguen siendo útiles y cotizan al alza. Y el uso extendido de algoritmos en redes sociales y plataformas no hace más que incrementar su valor.
Allí donde se miman las ideas, la cultura y la razón, la propaganda ultra cala menos. Por eso, en parte, es por lo que la ultraderecha tiende a obtener menos apoyo entre las personas que cuentan con un mayor nivel educativo
Esto es así porque funcionan bien para hacer tribu y provocar el aplauso fácil de la parroquia. No obstante, se trata de recursos fácilmente desmontables en foros académicos e intelectuales; entornos donde se cuidan las normas del debate, exigiendo unos mínimos de rigor y honestidad intelectual a todos por igual. En estos contextos, estas trampas informativas y argumentales tienen un recorrido muy corto. De ahí que la ultraderecha se haya peleado siempre con la intelectualidad y no promueva tanto espacios de debate como la polémica y el enfrentamiento. Situaciones en las que la razón pasa a un segundo plano y las pasiones adquieren centralidad y mando. Es por eso, y no por casualidad, por lo que las ideas ultras convencen a pocas personas del mundo de la cultura y la ciencia. Es decir, a quienes hacen de la crítica constructiva y racional, la reflexión y el conocimiento su forma de mirar y entender el mundo. No es que sean más listos o tengan a la razón de su lado siempre, por supuesto que no: también son humanos y, como tales, llevan una mochila cargada de intereses, vicios y prejuicios. Sin embargo, en la medida que filtran más frecuentemente la información que reciben con las herramientas del método científico y la cotejan con el cuerpo del conocimiento acumulado, la desinformación tiende a penetrar menos. Allí donde se miman las ideas, la cultura y la razón, la propaganda ultra cala menos. Por eso, en parte, es por lo que la ultraderecha tiende a obtener menos apoyo entre las personas que cuentan con un mayor nivel educativo.
En cambio, esas trampas desinformativas se mueven con gran facilidad en el ecosistema digital, sobre todo a través de redes sociales. Sin la ayuda de estos medios ahora hegemónicos, no tendrían tanto recorrido. Esto ocurre porque los algoritmos, empleados cada vez más por las empresas tecnológicas para decidir los contenidos que ofrecen al usuario, premian la información y contenidos llamativos y polémicos. Es decir, la clase de contenido que, con más probabilidad, va a generar atracción e interacciones —y, en consecuencia, ingresos publicitarios—. Los matices y el conocimiento profundo, en cambio, atan a pocos a la pantalla. No son proclives al scroll infinito.
Por tanto, hace bien la ultraderecha, al querer promover agendas autoritarias, en ofrecer respuestas firmes y claras, sobre todo en momentos de incertidumbre en los que tanta gente desea aferrase a alguna certeza, por muy disparatada que sea. Pero estas respuestas, realmente, no tendrían mucho recorrido sin unos medios que desequilibren sistemáticamente el terreno de juego y las condiciones del debate público, dando más peso y brillo a las ideas y explicaciones más reduccionistas, simplistas y efectistas.
Discurso antisistema en el jet privado
De modo que la ultraderecha del siglo XXI le debe mucho a las redes sociales y plataformas basadas en algoritmos. De ahí el enorme interés por controlar algunas de ellas, como ha demostrado la administración Trump con TikTok o demostró Musk con la compra de Twitter para usarla como plataforma para desinformar, promocionar sus filias y penalizar sus fobias. O el empalagoso compadreo de la administración norteamericana con las grandes empresas tecnológicas, que recuerda a aquella cena de 1936 en el Reichstag, narrada brillantemente por Éric Vuillard. Por no hablar de las injerencias externas vía redes en procesos electorales democráticos, como ocurrió en Rumanía.
En síntesis, quienes más poder político y económico acumulan, movilizando ingentes cantidades de recursos y tejiendo alianzas para que su voz tenga más eco, y hacer creer de ese modo a la gente corriente que su causa se alinea con algo parecido al bien común. El poder en mayúsculas, en formación de oligarquía, más envalentonado que nunca, llegando incluso a esparcir mensajes pretendidamente antisistema. Y del otro lado algunos incautos, que gustan de verse como unos librepensadores, comulgando sistemáticamente —¡qué casualidad! — con las proclamas que vierten día sí día también quienes controlan la mayor parte de los medios, tanto analógicos como digitales.
Ellos dicen mierda y vosotros amén
Lo fácil, a fin de cuentas, es conformarse con los mensajes que vierte cualquier agitador a sueldo. Con las explicaciones emocionales. Las que apelan a las vísceras más que a la razón, que siempre introduce distancia y matices y terminan calmando nuestro fuero interno. Con las proclamas que se alinean con nuestras ideas y son útiles para reafirmarnos en nuestros prejuicios, por más que soporten mal la carga de la prueba.
Porque ante cualquier problema social, es más fácil señalar y culpar a otros, sobre todo al débil —el inmigrante, ejemplo paradigmático de chivo expiatorio desde tiempos ancestrales— que afinar el tiro, algo que requiere de cierta agudeza y coraje: desde luego, exige menos valentía apuntar hacia el lado o hacia abajo que hacia arriba.
Ocurre también que la rabia y el odio a menudo movilizan más que la empatía o la curiosidad. Y que la conspiración, como atajo para tratar de entender el mundo, puede llegar a ser incluso más atractiva que la razón: total, uno siempre puede encontrar respuestas fáciles en las teorías más disparatadas. Respuestas moldeables, que se estiran fácilmente hasta alinearse con nuestros prejuicios, y de esa forma reconfortan y proporcionan seguridad. Por no hablar de la capacidad que tienen para que la gente se llegue a sentir especial, en posesión de un conocimiento reservado a unos pocos.
Porque es mucho más fácil que la realidad encaje con nuestras ideas preconcebidas y nuestra forma de ver el mundo si nos servimos de teorías que no se someten al escrutinio de la prueba. Si en cambio solo hacemos caso de las que cuentan con datos y evidencia a su favor, el riesgo de tener que modificar nuestros a priori es alto, y pocos están dispuestos a mantener esa actitud, la única realmente crítica. El sesgo de confirmación —la tendencia a dar validez y credibilidad únicamente la información que se alinea con nuestros prejuicios—, que nos apela a todos, afecta de forma preferente y aumentada a quienes se prestan fácilmente a las teorías de la conspiración —quienes, según los datos, son muchos más entre las filas de la ultraderecha—. Y todos estos recursos propagandísticos, junto al manido discurso de la antipolítica, conforman el pack básico de rasgos y tretas empleadas habitualmente para que el autoritarismo se vaya abriendo paso.
Por eso tanta gente, desde su aversión al gobierno de este país o su sentimiento de desafección política, se mostró tan diligente y acrítica a la hora de comprar el bulo del parking de Bonaire tras la dana de Valencia en octubre de 2024, así como otros en torno a esa tragedia. Por eso tanto racista se apresuró a dar validez a las teorías que apuntaban hacia los inmigrantes como culpables tras las tragedias de Mocejón o Canarias, a pesar de que se demostraran falsas rápidamente. Porque claro, ¿cómo no dar credibilidad a las teorías y explicaciones que confirman mis prejuicios? ¿cómo no dar crédito a las narrativas que juegan a favor de mis intereses políticos y/o partidistas, y sirven como arma arrojadiza contra las personas que son objeto de mi ira? El drama como instrumento y pretexto para servir a mis intereses personales o políticos. Lo fácil es caer en esas trampas cognitivas, pero por fácil no deja de resultar miserable.
Porque lo contrario, tratar de entender el mundo con todos sus matices y complejidades, es un verdadero engorro. Quienes se adentran en esa empresa, ya sea por dedicarse a la investigación o simplemente porque les mueve la curiosidad y el gusto por el conocimiento, pocas veces se prestan a las certezas y a las explicaciones simples.
Lo contrario es un claro síntoma de alarma: tener más de tres certezas es dogmatismo, y cuantos más “a mí no me engañan” pronuncie altivamente alguien, más riesgo percibo de que esa persona haya sucumbido a las garras de la autocomplacencia. Aunque parezca contraintuitivo, el desconocimiento no conduce a la prudencia: muy al contrario, cuanto menos sabe uno, más probable es que se preste a la arrogancia y a defender sus puntos de vista como certezas absolutas, como demostraron Dunning y Kruger.
Así,celebrar y comprar las falsedades, las medias verdades, las falacias y las trampas cognitivas que proliferan y premian los algoritmos en redes sociales es siempre la opción más cómoda y fácil. En las cámaras de eco se vive más calentito que fuera de ellas.
Pero conformarnos con esto, y aferrarnos a las narrativas interesadas como quien defiende los colores de una camiseta, no es gratuito: implica aceptar la propaganda que emite una parte que siempre será interesada, y unos relatos que, desde luego, no son neutrales, sino que sirven a unos intereses determinados —normalmente, los de quienes más tienen—. Implica, a fin de cuentas, ceder parte de nuestro criterio y autonomía a otros, y renunciar a la búsqueda de la verdad y el conocimiento contrastable y verificable.
Tu atención y tu rabia, su mercancía
Que te despierten la rabia, el odio y la indignación a través de la generación y la promoción constante de contenido llamativo, simplista y emocional, es harto frecuente a través de las redes sociales basadas en algoritmos. Reafirmarnos en esas ideas dialogando o escuchando solo a quienes piensan igual o parecido a nosotros es muy cómodo, un fenómeno que afecta a personas de todo el espectro ideológico. Lo difícil es llegar a darte cuenta de cómo te tratan de influir, de que te pueden estar manipulando. Que, con mucha probabilidad, lo que tomamos como información, argumentos o verdades impepinables, sea en ocasiones, simplemente, lo que se ajusta mejor a nuestros prejuicios. Y, como tales, merecen una crítica y examen no menos, sino más exigente y cuidadoso.
De lo contrario, en la seguridad y el calor tan reconfortante que proporcionan todos estos atajos cognitivos, el calor de la tribu y las cámaras de eco, uno se vuelve impermeable al conocimiento fiable y la crítica. Un tonto útil al servicio de la agenda e intereses de otros. Uno que ni siquiera puede despreocuparse y vivir tranquilo en esa posición, ya que su atención, su indignación y su rabia se ha convertido en la mercancía con la que mercadean las grandes empresas del siglo XXI.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!