Gara Velasco del Pino
12 jul 2026 15:39 | Actualizado: 12 jul 2026 17:51

En 1948, recién salida de la mayor carnicería de su historia reciente (antes del genocidio en Palestina), la comunidad internacional proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su artículo 14 quedó escrito el derecho de toda persona a buscar asilo. La frase aún suena limpia sobre el papel. Demasiado limpia: inmaculada. Como esas canciones de redención, que entonaron perdedores de la guerra y que duraron menos que un tema punk. Hasta que sus miedos, culpa y vergüenza volvieron a olvidar y a respirar con normalidad.

Hannah Arendt, exiliada de Alemania por judía, entendió pronto esta trampa. Los derechos no existen solo porque estén escritos y firmados, también se necesita una comunidad política dispuesta a garantizarlos. Sin pertenencia al clan, sin papeles, sin Estado que responda por ti, la humanidad se vuelve una abstracción piadosa. Una palabra, hermosa en boca de personas que la encarnan, mancillada por las instituciones cuando la montan y luego no abren una puerta, no habilitan un puerto, no reconocen un cuerpo.

Ese es el escándalo, quizá. Europa no ha olvidado sus principios humanistas, pero ha aprendido a administrarlos como sus fronteras: con expedientes, concertinas jurídicas, procedimientos acelerados y cooperación con terceros países. El Pacto Europeo de Migración y Asilo, adoptado en 2024 y previsto para su aplicación plena el pasado junio de 2026, supone la última gramática de una deriva ya larga y extrema. Externalizar el daño, alejar los puertos, convertir el rescate en sospecha criminal, hacer del Mediterráneo una sala de espera entre la vida y la desaparición. 

Horror en el fondo del mar de postal

Esta política de fronteras tiene algo de escena perfectamente iluminada. De anuncio. O de sala de autopsias. En la superficie no hay marea, solo la lengua noble de la protección y suaves olas azul turquesa. Debajo el cálculo frío oculta un profundo abismo. Presupuestos, radares, agencias, acuerdos bilaterales, países de tránsito convertidos en tapón. Este viejo continente, hoy se ha especializado en no mancharse las manos y encarga a otros el trabajo sucio. La violencia subcontratada es menos violencia, ¿tal vez? Muerte lejos del foco de la cámara es menos muerte (y “ojos que no ven, corazón que no siente).

Cualquier cosa que “cuestiona” el orden, se vuelve sospechosa en los tiempos de retroceso como este. La historia repite el patrón con puntualidad de metrónomo: cuando el poder necesita intacto el statu quo los movimientos sociales son de los primeros en recibir el impacto. Stuart Hall diseccionó cómo los pánicos morales fabricados por los medios justifican esta represión “de lo que molesta”. El manual no cambia demasiado, como siempre. Se limita a cortarse el flequillo y actualiza su vocabulario. 

Las fronteras físicas se crean dentro de un laboratorio interior, con experimentos maquiavélicos que persiguen este mismo objetivo: alambrar el mundo y dividir a la población en legales e ilegales. Mordazas y criminalización de la protesta (derecho otrora básico como la huelga), sospechas sobre quien rescata en el mar y gestión policial sobre la pobreza y el duelo en la tierra. Son medidas que forman parte de la misma imaginación política perversa postmoderna: reducir derechos, negando que se estén reduciendo derechos. Usar el miedo y la prohibición para gobernar, pero camuflándolos bajo la máscara del sentido común. En nombre de la libertad de los bares y los fetos de Madrid, jalear con los ojos y las pupilas muy abiertas.

Lars von Trier imaginó en Melancolía un planeta que avanzaba dirección la Tierra, mientras sus personajes oscilaban entre la parálisis y la lucidez extraña. En una suerte de relato soñado. Así se nos acerca el Mediterráneo a la costa: una catástrofe visible bajo la alfombra, mientras Europa organiza “cenas de picoteo” con vistas a las ruinas de viejas glorias. La Haine, de Mathieu Kassovitz, lo resumió en la frase mítica de la película (y ya sonaba agotada cuando se estrenó): “lo importante no es la caída, es el aterrizaje”. Pero llevamos demasiado tiempo cayendo, casi toda la vida. Qué pavor da ponerse a calcular la aceleración gravitacional del impacto...

¿Hasta cuándo “hasta aquí todo va bien”?

Puede que, el retorno de las formas de fe, los milagros tecnológicos y las fantasías de salvación, tengan que ver con esta creciente dificultad para imaginarnos un futuro que no pase por la inteligencia artificial, el castigo o la espiritualidad. O por una mezcla de todas ellas. Mari Luz Esteban añade la pieza que falta en este atlas: el cuerpo como el primer territorio político. En nuestra carne se inscriben las relaciones de poder, antes de que alguien las nombre o las pueda llegar a pensar. La serie In the flesh y la película Gattaca son dos ejemplos de sociedades con jerarquía en base a los cuerpos.

Es una pena, porque los cuerpos que el sistema expulsa son, demasiadas veces, los que sostienen el mundo. Lo sabía Machado camino de Colliure. Lo supo Unamuno exiliado en Fuerteventura y Baiona, Galeano cuando dijo que él no era intelectual y que el cuerpo se percibe a si mismo como una fiesta. Quienes han probado en su piel que la tierra se vuelva inhabitable entienden lo que Europa se empeña en enterrar bajo las olas: el derecho a quedarse y el derecho a marcharse no valen lo mismo según dónde hayas nacido.

Vivimos en los tiempos del espectáculo y en la cueva de Platón ya no hay sombras que valgan. Ahora se lleva la smart TV y el abismo de la pantalla negra, que nos mira de vuelta a los ojos. Importa más parecer oro que ser una fruta no transgénica. Hoy vale lo que tu cuerpo proyecta sobre ti: el capital social que se te presupone, el tipo de fenotipo, la identidad que otros leen, el grupo que te acepta o te rechaza… La compasión tiene también estética preset. Los rituales modernos son los contenidos adaptados a todas las redes sociales.

En verano de 2017, el grupo gallego Ezetaerre respondió a la campaña estival Mediterráneamente con Non é verán de Estrella Damm, canción-himno obrero que reventaba la postal del chiringuito, con luces, la paella profana y la eternidad publicitaria. El Mediterráneo, lejos de ser esa promesa de vacaciones bucólicas, es para esta banda “el cementerio de una Europa indiferente”. En el pancemico 2020, el colectivo Now You See Me Moria documentó desde dentro el campo de Lesbos con móviles, cuando periodistas ya no podían fotografiar lo que pasaba tras el incendio. Lo que no salía en los telediarios brotó en paredes y carteles, a lo largo del continente. Imágenes como pintadas de acción poética.

Caballero Bonald escribió que existe un instante en el que una se descubre justo convertida en lo contrario de quien quiso ser. A la Europa de 1948, tan ufana de su papel recién firmado, ese instante le llegó hace tiempo. Sigue fingiendo que no. Mirando al cielo como si el cielo pudiera absolverla del avance del infierno en la tierra.

“Las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar.¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible”

(El derecho al delirio, Galeano)

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