Yo fui gorda y tuve una casa. ¿Qué pasa cuando el cuerpo cambia?

Mi cuerpo cambió hace dos años. La memoria de ese cuerpo, no. ¿Qué ocurre cuando dejas de ser leída como gorda, pero sigues sintiendo que esa lucha también es la tuya?
Beatriz Collantes Sanchez
28 jul 2026 11:52 | Actualizado: 28 jul 2026 20:48

En mi armario hay una prenda que no me vale.

No es lo que estás pensando. No la guardo para cuando adelgace: me viene grande. Es de cuando yo era otra, de cuando ocupaba otro sitio en las fotos. Llevo dos años sin ponérmela y sin poder tirarla.

No voy a contar por qué cambió mi cuerpo. No es asunto de nadie y, además, cada vez que lo cuento la conversación se va detrás de eso y ya no vuelve.

Lo que importa vino después.

Fue en una cena. Una mujer a la que acababa de conocer se rió de otra que pasaba por la calle porque estaba gorda. Después me miró, esperando que me riera con ella.

No dijo nada de mí. Ese era el problema.

No contesté. Y me pasé el resto de la noche haciendo el cálculo de siempre —dónde me siento, cuánto ocupo, qué digo—, hasta que caí en que ya no lo hacía por lo mismo. Nadie me miraba. Yo sí.

Porque un cuerpo puede cambiar en dos años. La memoria de ese cuerpo, no.

La niña que aprendió a los ocho años, a la salida del colegio, que estorbaba, sigue ahí. Y sigue ahí lo primero que aprendió sobre tener un sitio: que el suyo venía con una condición pegada. El gesto de mirar si la silla tiene brazos antes de sentarte no se te quita porque ahora quepas. Lo que aprendiste a esquivar, a ver venir —la báscula de la consulta, la frase en la cena de Navidad, el borde de la piscina— se queda dentro y sigue funcionando por su cuenta, sin pedirte permiso. Los cuerpos se quedan con lo que les hicieron.

Y aquí freno, porque me estaba poniendo blandita conmigo misma.

Que un cuerpo cambie no significa que todos los cuerpos vivan lo mismo. Caber o no caber en el asiento del avión no es una metáfora. Que te miren la analítica o te miren la báscula no es una sensación. Encontrar tu talla, o encontrarla solo en internet y pagando más, no es un estado de ánimo.

El cuerpo que ahora cabe en la silla es el mío.

Yo guardo el recuerdo. Otras siguen pagando el precio, todos los días, en el trabajo, en el médico, en la calle. La memoria duele. El presente cuesta dinero, salud y tiempo de vida. No voy a fingir que sea lo mismo.

Lo que no sé es qué hago con esto : con una cabeza que no olvida y con un cuerpo al que ya no miran.

Hubo un sitio donde sí se sabía qué hacer con eso : « nuestra casa ». Llegué tarde, pasados los treinta, con la sensación de llevar toda la vida equivocándome sola. Eran fanzines, pódcast grabados con el móvil, asambleas, talleres, hilos escritos de madrugada.

Y lo que pasó allí no fue que me dieran una etiqueta. Fue que aquello de los ocho años dejó de ser algo mío y pasó a ser algo que nos habían hecho: el problema no era mi cuerpo, era lo que habían hecho con él. Llevas décadas creyendo que la que falla eres tú y una tarde, entre desconocidas, resulta que no. Eso me cambió la vida. No tengo manera de devolverlo.

Y hace meses que llego a esa puerta y me quedo un segundo de más, calculando.

Nadie me ha dicho que no vuelva; sospecho que si mañana llamo me abren y me hacen sitio. Lo que me pasa es más pequeño y más raro. Un día me di cuenta de que ya no sé si esa casa es también para alguien como yo. 

He tardado en darme cuenta de que la pregunta estaba mal hecha. Preguntar si todavía puedo entrar hace algo feo: le pide a la que cambió que se explique. Deja tranquila a la « casa » y sola a la que está en la puerta.

Así que la doy la vuelta y la dejo aquí, para las que sostienen esto. Allí aprendí que lo que yo vivía como fracaso mío tenía nombre y era de todas. Puede que esta pregunta tampoco sea solo mía, y que haya que hacerla en voz alta.

¿Qué lugar tienen en nuestros movimientos las que ya no somos leídas como gordas pero seguimos viviendo con aquella memoria dentro? ¿Tenemos herramientas para pensar los cuerpos que se mueven y una pertenencia que no se puede comprobar mirando? No es un reproche. Lo pregunto desde dentro y agradecida: los movimientos que cambian las cosas crecen también cuando alguien pone sobre la mesa algo que no estaba en el orden del día. Y lo que todavía no sabemos se puede pensar entre varias, que para eso sirve tener una casa.

Porque no es de quién es esta casa. Es de qué la hemos hecho.

Si la hemos hecho de cuerpo, se nos cae. El cuerpo es justo lo único que sabemos seguro que se va a mover. Engorda y adelgaza. Enferma. Envejece. Transiciona. Dentro de quince años ninguna tendrá el cuerpo que tiene hoy, y todas, sin excepción, vamos a llegar algún día a esa puerta a preguntar en voz baja si podemos seguir estando.

Tengo una sospecha, y puedo estar equivocándome. La casa que aguanta no es la que exige un cuerpo quieto: es la que rompe la cadena y deja de transmitir la condición. La que no dice te quiero para cuando. La que ha entendido que el sitio no se gana con la báscula, ni con la salud, ni aguantando el tipo, ni prometiendo arreglarse.

Escribo esto y suena muy bien.

Luego abro el armario y la prenda sigue ahí. Grande, doblada, esperando a alguien que ya no vive aquí y que siempre vuelve.

No la he tirado. Creo que no voy a tirarla. Y no es por acordarme de quién fui: es que todavía me hace falta, y eso es lo que no sé explicarle a nadie.

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