Veo regular

Me crié en un infierno grande donde todos me miraban, así que cuando vine a un infierno chico, empecé a mirar yo. Veo realidades en mi barrio cuya existencia dudo que pueda borrarse con promesas electorales.
Celia López Monreal
4 feb 2026 08:45

Me crié en un infierno grande donde todos me miraban, así que cuando vine a un infierno chico, empecé a mirar yo.

En la esquina de mi manzana, veo al hombre que se acerca en silla de ruedas al coche rojo donde vive, cubierto de polvo y con una matrícula que no le permitiría circular por la calle en la que está permanentemente aparcado.

Veo que en 2025 algunas familias hacen vestirse a sus niñeras filipinas y sudamericanas con uniformes azules, blancos o rosas, como los de las enfermeras, mientras llevan a sus bebés a los parques infantiles públicos con la correa del perro atada al mango del carrito.

Veo a los niños que crecen y a los ancianos que envejecen. Veo a las personas que les acompañan. Veo a quienes ayudan y dejan pasar, y a quienes no. A quienes transitan por el mundo en una burbuja de auriculares y pantallas. Boomers que se paran de golpe en mitad de la acera para observar atentamente su dispositivo. El río de transeúntes les esquivamos como si fuesen un Moisés dividiendo las aguas

Veo a los obreros que actualizan a la moda de turno la fachada de un edificio de oficinas que ahora, supongo, tendrá coworking. Nueve de cada diez obreros hablan español con acento cuando gritan desde y hacia los andamios. Siento alivio al ver que todos llevan su correspondiente equipo de protección, su casco blanco y su chaleco reflectante en una acera donde se cruzan con mujeres con tacones y melenas sutilmente planchadas y teñidas, y hombres con otro tipo de chaleco, corbata y un casco de moto en la mano.

Veo que dos porteros de portales adyacentes se han reunido en un punto intermedio para una charla de mitad de mañana. Quizá vaya a pasar algo en el barrio que debería saber. Si es así, podré preguntarle directamente al de mi edificio, que es rumano, cuando la cadena llegue a él. Hablamos un poco más desde que descubrió, al meter en mi buzón la última carta de Cruz Roja Madrid, que ambos somos donantes de sangre.

Veo los precios del menú del día en las pizarras que invaden las aceras y me obligan a ceder el paso. Camino tras unos oficinistas que vuelven de un café grupal, jugando a tapar la calle o a emular una procesión, y aminoro mi propio paso sin culparles por optimizar su descanso. Veo a otros que se han cogido pronto el rato para comer y salen del supermercado con un tupper de plástico desechable y un brick individual de gazpacho apilados en una mano, y el móvil en la otra mientras esperan a que cambie de color el semáforo.

Veo los coches, o más bien los conductores, que deciden saltarse el rojo, y a los peatones que miran, o no, antes de atravesar varios carriles por un punto donde no hay paso de cebra. Una de las veces que yo sí espero, lo hago junto a un repartidor con una saca verde llena de pedidos de Amazon. Son sacas de rafia de un metro de alto, sin ruedas, solo dos asas, que arrastran por pavimentos y escaleras intentando cumplir la cuota y no llevarse una multa por tener la furgoneta en doble fila. La banda sonora de mis mañanas trabajando desde casa, como tenga la ventana abierta, es una sinfonía de bocinas que, a pesar de todo, no siempre se tocan con justificación.

Veo a familias desorientadas con camisetas del Real Madrid. Algunas son de miembros rubios, altos y pálidos, que hablan alemán, pero también las hay de personas más morenas que hablan dialectos árabes o nuestro propio idioma con acento argentino o venezolano. Dependiendo del momento del día, van acompañados de su legión de maletas y comprueban el número sobre los portales que van pasando.

Veo qué familias tienen niños y quiénes se reúnen a la salida de las iglesias, si esperan a una misa o una boda, o si hacen cola para que les den de comer.

Veo que la mujer sin techo que duerme en un recodo de camino a mi gimnasio ha conseguido un colchón bastante nuevo, quizá se lo hayan dado en la parroquia. También es posible que alguien lo haya abandonado junto a los contenedores de reciclaje, como tantos sofás, estanterías, puertas, incluso váteres y bicicletas. Con paciencia, en este barrio puedes conseguir amueblar tu casa gratis, si es que has logrado alquilar un lugar con suficientes metros para que quepan muebles.

Veo a los reporteros esperando a la entrada de los juzgados, el trípode con la cámara ya montado mientras se arman de paciencia en su silla de camping. Al otro lado del edificio, una reunión con mobiliario similar ocurre a la salida de los calabozos.

Hay una frontera en la calle Infanta Mercedes sobre la que Bravo Murillo se desborda hacia Cuzco. La rompen los turistas que se alojan temporalmente en bajos de las calles estrechas de lo que tiempo atrás fue un poblado de casas de dos o tres pisos, y que regresan del estadio en riadas de peatones y Ubers los días de partido, mientras en el propio Cuzco las aceras y los parques están invadidos de coches mal aparcados. En casa tenemos un calendario donde apuntamos estos días, para avisar a mi novio, que vive a una hora en transporte público, de que no venga a verme en coche, que mejor lo dejamos para otro día. Ni él ni yo sabemos más de fútbol que lo que nos han enseñado las circunstancias.

La frontera también funciona al revés, aunque de forma subterránea, a las siete de la tarde de cada día entre semana menos los jueves, que tocan cañas, y los bares invaden las aceras con mesas y sillas además de carteles.

Paseo mirando y veo realidades cuya existencia dudo que pueda borrarse con promesas electorales. Veo a gente que ha sido educada para no mirar. Me preocupan más que a quienes solo miran para darles órdenes.

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