La utilidad de las acciones vacías

En nuestro día a día tendemos a dedicar parte de nuestro tiempo a cuestiones banales que, aparentemente, no tienen utilidad. Desbloquear el teléfono, hacer scroll, ordenar el correo, jugar a ese juego inacabable, ver esa serie por decimoquinta vez o incluso recoger y reordenar la casa. Seguramente hay muchas más. No parecen un reto intelectual ni nos hacen sentir más realizadas como personas, pero sí cumplen una función: aportan calma, control y una reducción de la incertidumbre. No persiguen un fin concreto; la acción es el fin en sí mismo. Son conductas familiares y previsibles. En un contexto social en el que existe novedad constante y sobreestimulación, disponer de ciertos patrones que transmitan continuidad puede resultar psicológicamente muy atractivo.
Rubén Flores Millat
18 may 2026 11:35 | Actualizado: 18 may 2026 16:34

El alivio de lo previsible

La mente humana no solo busca placer, sino también disminuir la tensión. Diversas investigaciones sobre comportamiento digital muestran que muchas dinámicas vinculadas al uso problemático del teléfono y de las redes sociales están relacionadas con mecanismos de recompensa, regulación emocional y reducción de la ansiedad. Sería interesante preguntarse por qué pueden reducir la ansiedad.

Aunque el contenido que aparece sea imprevisible, el ritual de revisar, deslizar y actualizar sí es estable y familiar. Y esa repetición puede producir una sensación momentánea de continuidad y control.

La ilusión de control en la repetición

Desde el psicoanálisis se ha estudiado cómo la compulsión a la repetición puede funcionar, entre otras cosas, como un intento de generar sensación de dominio o previsibilidad frente a experiencias que producen malestar.

Esa ilusión calma, al menos de manera momentánea. El problema es que la repetición rara vez resuelve aquello que intenta calmar. Cuando se dice que los entornos digitales favorecen la regulación emocional, no se está hablando de una solución real, sino de un beneficio colateral. No es que gracias a la repetición controlemos más; es que sentimos que controlamos más porque la experiencia se repite.

Si buscamos determinadas estrategias de regulación emocional de forma insistente, suele ser porque existe algún nivel de malestar, tensión o desorganización emocional. El mundo es complicado y resulta difícil conservar la serenidad cuando hay amenazas por todas partes: conseguir vivienda, conseguir dinero, evitar estafas, afrontar crisis, cuidar la salud o convivir con el contexto de guerras y conflictos. Son muchas las cosas que pueden desregularnos. No hablamos sólo de fragilidad individual, sino de contextos sociales que generan fatiga, incertidumbre y vigilancia constante. Frente a ello, las acciones cotidianas pueden aportar una estructura de previsibilidad que nos calme. También podemos incorporar a nuestra rutina diaria técnicas y estrategias de relajación que ayuden, aunque aun así no lleguemos a una calma total, porque los estímulos angustiantes seguirán presentes.

Entre el descanso y la evasión

No toda repetición es problemática. Los seres humanos necesitamos hábitos, rituales y estructuras estables. Muchas actividades repetitivas cumplen funciones psicológicas saludables: descansar mentalmente, reducir la sobrecarga cognitiva, generar pausas o facilitar transiciones emocionales.

El problema aparece cuando la repetición se convierte en una estrategia rígida de evitación. En esos casos, la actividad ya no organiza: anestesia.

La estimulación constante puede dificultar, en algunas personas, el contacto sostenido con la experiencia interna. Descansar es importante, pero no poder afrontar situaciones incómodas ni darles lugar en el pensamiento por estar continuamente distraídas es una señal de alarma. Aunque la línea entre el descanso mental y la evasión continua es muy fina, conviene intentar identificarla.

El miedo al vacío

Para poder elaborar ciertas cuestiones internas, necesitamos tiempo para estar a solas con nosotras mismas, darles una vuelta a las cosas y ver qué opciones se nos ocurren. También es importante que podamos aburrirnos, porque el aburrimiento puede ser una buena vía para encontrar nuestros deseos, nuestras reflexiones y nuestra pulsión creativa.

La contracara de esto es el miedo al vacío, a no estar haciendo nada, a sentir incertidumbre. Por eso puede existir una tendencia mayor a rellenar micro-momentos con actividades aparentemente vacías. El riesgo es que la experiencia subjetiva se empobrezca si se sustituye de forma sistemática la introspección por la evasión o por consultas constantes al exterior.

De este texto podría surgir la pregunta: ¿cómo hago para deshacerme de estas acciones aparentemente vacías? Y la respuesta es que muchas de estas conductas son completamente normales y forman parte de cómo las personas descansan y organizan su atención. Más interesante sería preguntarnos: ¿qué función cumple esta acción?

Conclusión

Las conductas repetitivas no son simples acciones sin sentido que nos tienen enganchadas a la pantalla. A veces expresan necesidades psicológicas profundamente humanas: la búsqueda de continuidad, de calma, de previsibilidad y de regulación emocional.

En un mundo acelerado y cambiante, la repetición nos ofrece una estructura conocida, algo a lo que poder agarrarnos mientras el resto parece escaparse de nuestras manos. Lo preocupante aparece cuando estas acciones sustituyen el contacto con la experiencia emocional en lugar de acompañarla. Ninguna repetición elimina por completo el vacío que intenta contener.

Quizás por eso seguimos deslizando el dedo sobre la pantalla, buscando algo más allá de ese vídeo, juego u organización de archivos: buscando algo que permanezca cuando todo parece cambiar frenéticamente.

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