Trump no es un ogro, el ogro es el mundo

Pudiera parecer que una especie de supervillano ha irrumpido para destruir la civilización, pero en realidad no hace nada que no conozcamos.
Oscar Dulce Recio
5 ene 2026 18:52

La incursión en Venezuela del ejercito americano, el secuestro de Maduro, la extorsión a Delcy Rodríguez, las amenazas a Petro, las pretensiones con Groenlandia, todo ello y mucho más ratifica la deriva ultraderechista de la administración norteamericana liderada por un multimillonario chulesco y psicopático.  Nos echamos las manos a la cabeza, nos parece una regresión a épocas pasadas, algunos hablan del siglo XIX, otros de Augusto, el emperador que terminó con la república romana y dio comienzo a una nueva época: el imperio.

Contamos los días que restan para el final del mandato, rezamos para que un nuevo líder demócrata desaloje de la Casa Blanca a tan siniestra camarilla, esperamos sin demasiada fe, a que el caso Epstein acabe con Trump, imploramos para que alguna clase de conmoción en el partido republicano lo deje en minoría inoperante.

Cualquier alternativa nos parece mejor a que siga liderando el mundo semejante supervillano. Y sin embargo, mucho de lo que hace tiene un aire familiar y no nos retrotrae a épocas pasadas, sino a tiempos muy recientes.

Sin ir más lejos EEUU invadió Irak hace nada de manera ilegal dejando el país desolado, Europa hizo lo mismo con Libia, y Siria se convirtió en el campo de batalla de varias potencias. No es Trump, es el mundo en el que vivimos, Trump sólo es un síntoma. Dice Zizek que su gobierno errático y colonial consigue que la izquierda desaparezca. Y ello porque dejamos de hablar de causas y estructuras, de las transformaciones necesarias para que realmente haya un cambio.

A muchos les parece que si desaparece este presidente volverá a gobernar el mundo el orden internacional, como si no fueran los intereses geoestratégicos de los actores poderosos quienes realmente lo ordenan y dirigen. Europa clama contra el déspota autoritario como el destructor de la democracia, el liberalismo y el orden internacional, olvidando que se puso de perfil y sigue poniéndose con el genocidio de los palestinos, algo que rompe en mil pedazos cualquier pretensión de derecho global. Y ello porque no le interesa condenarlo, porque hay demasiados intereses en juego. Lo mismo que con la reciente excepción del gobierno español al embargo de armas a Israel. No pueden dejarse de lado los intereses patrios.

Ahora nos conformamos con un nuevo Biden, como si con él no hubiera financiado el exterminio de niños gazaties. Nos parece que el mundo anterior a Trump es hasta bueno, nos contentamos con él, lo percibimos como una inversión del que pergeña el presidente color zanahoria y su camarilla.

Y sin embargo no hay tanta diferencia: este hombre, simplemente, no disimula, no es hipócrita, no se esconde detrás de la farsa universalista, no amaña campañas de lavado de cerebro para justificar intervenciones y genocidios, simplemente lo hace. Es el mundo en el que vivimos al descubierto. No es su negación, como muchos quieren creer. Y mientras la izquierda no encare con determinación y radicalidad las dinámicas que nos condenan a este juego de locos irresponsables, a Trump le seguirán otros muchos, cada vez más psicóticos y agresivos.

 

 

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