Las trampas de la empatía selectiva

Reconocer la represión contra la población uigur en China no es hacerle el juego al imperialismo estadounidense. La defensa de los derechos humanos exige superar las trincheras ideológicas y activar una solidaridad internacionalista que no dependa de la geopolítica.
Uyghur Institute
30 sep 2026 07:35 | Actualizado: 1 oct 2026 08:54

Han pasado ya cuatro años desde que los Xinjiang Police Files nos escupieron en la cara que el genocidio en el siglo XXI no necesita de cámaras de gas, sino que también puede hacerse con cámaras de reconocimiento facial y hojas de Excel. Y, sin embargo, un sector de la izquierda sigue pidiéndole permiso al VAR de la geopolítica antes de decidir si le duelen o no esos muertos.

Aquella filtración masiva de 2022 no arrojó imágenes de fosas comunes, bombardeos ni testimonios de masacres a machetazos. Nos trajo algo más aséptico y desolador: el aburrimiento burocrático del horror. Hojas de cálculo interminables; miles de fotografías policiales de rostros exhaustos de hombres, mujeres, adolescentes y ancianos; y manuales operativos que ordenaban “tirar a matar” a todo aquel que intentara escapar de los famosos “campos de reeducación.” Fue la banalidad del mal de Hannah Arendt, pero traducida a la era del Big Data. No hizo falta un funcionario en cada esquina que se limitaba a seguir órdenes; bastó con un algoritmo sin conciencia capaz de catalogar como “potencial terrorista” a quienes se dejaban la barba, no fumaban ni bebían, se descargaban WhatsApp o rezaban en casa, para enviarlos automáticamente a un campo de “reeducación.”

El problema es que, cuando se debate sobre la región uigur, una parte de la izquierda occidental sigue exigiendo pruebas con una estética del siglo XX. No es raro encontrarse en redes sociales a quienes buscan chimeneas humeantes, alambres de espino, bombardeos y fosas comunes, y afirman que su ausencia elimina cualquier voluntad de exterminio. Sin embargo, el genocidio nunca ha necesitado exclusivamente de la aniquilación de los cuerpos físicos para borrar a un pueblo. De hecho, el borrador original de la Convención contra el Genocidio reconocía la persecución de los grupos políticos, la prohibición de las lenguas y la destrucción del patrimonio histórico o de lugares de culto como parte de sus prácticas. No obstante, estos artículos fueron excluidos de la definición definitiva por los insospechados intereses políticos de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, los genocidios pueden ejecutarse de forma aséptica y tecnológica: esterilizaciones y abortos forzados, separación de menores en orfanatos del Estado, anulación del idioma y un sistema de vigilancia masiva que convierte tu propia ciudad en una cárcel a cielo abierto. Negarnos a llamarlo por su nombre porque no encaja en nuestra iconografía histórica de lo que es un genocidio, o lo que es peor, porque quien lo perpetra es el gran rival de Estados Unidos, revela una preocupante hipocresía y miopía política.

No es raro ver cómo ambos lados del espectro ideológico se apropian de estas luchas de resistencia bajo un reduccionismo absurdo: “Si defiendes a Palestina, eres de izquierda; si defiendes a los uigures y acusas a China, eres un peón de la extrema derecha estadounidense.” Mientras las élites instrumentalizan el dolor ajeno para avivar sus batallas culturales y geoestratégicas, el resultado para ambos pueblos es exactamente el mismo: el olvido y el sufrimiento ahogado en las trincheras ideológicas de Occidente, mientras el genocidio continúa.

Es urgente que la izquierda no caiga en este reduccionismo y supere este esquematismo de bloques típico de la Guerra Fría. La lucha contra las potencias imperialistas y genocidas debe estar dotada de un sentido (auto)crítico y universal, o no será. Reconocer los procesos genocidas contra los uigures, tibetanos, rohingyas o en Cachemira no es hacerle el juego a Occidente; es entender que la empatía no puede tener fronteras ni carnés partidistas. Porque cuando la solidaridad se vuelve selectiva, deja de ser solidaridad para convertirse en propaganda.

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