¿Tan abajo está el listón?

Palabras como comunidad, pertenencia, sentido o límite han regresado al centro de la conversación pública, pero las respuestas que ganan visibilidad remiten con frecuencia a formas de autoridad, tradición e identidad que parecían destinadas a ocupar un lugar mucho más marginal.
Sara Lamo
11 jun 2026 08:50

Palabras como comunidad, pertenencia, sentido o límite han regresado al centro de la conversación pública, pero las respuestas que ganan visibilidad remiten con frecuencia a formas de autoridad, tradición e identidad que parecían destinadas a ocupar un lugar mucho más marginal.

Porque la Iglesia sigue siendo la Iglesia. La novedad no está ahí. La novedad está en el hecho de que una parte creciente de la conversación pública parezca encontrar esperanza en instituciones que hace no tanto consideraba parte del problema.

Hay algo paradójico en todo esto. Durante años, hablar de dependencia, de vínculos, de comunidad o de los límites del mercado era, como mínimo, incómodo. Sonaba ingenuo para unos, anticuado para otros y peligrosamente romántico para muchos más. Sin embargo, el individualismo ha envejecido peor de lo que prometía. La soledad aumenta, los vínculos se debilitan y la idea de que una buena vida consiste en necesitar cada vez menos a los demás empieza a parecer menos una aspiración que una condena.

Quienes llevaban tiempo señalando esas grietas no estaban equivocados. Lo interesante es que identificar correctamente una crisis no implica dirigir políticamente sus consecuencias. La pregunta relevante ya no es quién diagnosticó el problema, sino quién está obteniendo rédito de él.

Porque lo llamativo de este momento no es que cada vez más personas cuestionen el presente. Lo llamativo es hacia dónde se desplazan cuando buscan una alternativa. Palabras como comunidad, pertenencia, sentido o límite han regresado al centro de la conversación pública, pero las respuestas que ganan visibilidad remiten con frecuencia a formas de autoridad, tradición e identidad que parecían destinadas a ocupar un lugar mucho más marginal.

Hay una escena que resume bien ese desplazamiento. Escucho a personas progresistas celebrar como una bocanada de aire fresco afirmaciones tan básicas como que los pobres importan, que las personas migrantes tienen dignidad o que la economía debería estar al servicio de la vida y no al revés. No son ideas revolucionarias. No son ideas nuevas. Ni siquiera deberían ser ideas discutibles.

¿Tan abajo está el listón?

¿Tan estrecho se ha vuelto nuestro horizonte político que necesitamos recibir esas afirmaciones como si fueran una novedad?

Porque el problema no es que el Papa parezca progresista. El problema es cuánto se ha desplazado el terreno bajo nuestros pies para que empecemos a verlo así. Durante años denunciamos que el mercado no podía organizar la vida. Ahora que cada vez más personas parecen estar de acuerdo, quienes mejor están rentabilizando ese malestar no siempre son quienes proponen más democracia, más igualdad o más libertad. Con demasiada frecuencia son quienes ofrecen pertenencia a cambio de identidad, certezas a cambio de pensamiento crítico o comunidad a cambio de obediencia.

Y ahí aparece una pregunta que no tiene que ver con la religión. Tiene que ver con el futuro.

Durante demasiado tiempo dimos por hecho que la crítica al individualismo desembocaría en formas más democráticas de organizar la vida en común. Hoy ya no estoy tan segura. Lo que veo es una disputa por el significado de ese malestar. Una disputa por decidir si la necesidad de comunidad nos llevará a sociedades más igualitarias o a nuevas formas de jerarquía revestidas de viejas palabras.

Sabemos cada vez mejor lo que no queremos. Lo que todavía no sabemos es quién logrará convencer de cómo debería ser la alternativa.

Y, mientras tanto, otros ya están construyéndola.

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