Semana Santa en Palestina: la crisis moral del cristianismo ante el exterminio de su propia tierra de origen

Cada Semana Santa millones de cristianos conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Jesús, pero rara vez miran hacia la tierra donde esa historia tuvo lugar. Mientras los Evangelios se recuerdan como relato espiritual universal, Palestina, vive bajo ocupación, colonización y genocidio. La devastación de Gaza y la desaparición progresiva de las comunidades cristianas palestinas obligan a plantear una pregunta incómoda: qué significa hoy seguir a Jesús cuando la tierra donde nació el cristianismo está siendo destruida.
Irene Castillo
4 abr 2026 16:26

La geografía que el cristianismo ha querido olvidar

Cada Semana Santa se reactiva una historia que el cristianismo ha universalizado hasta perder su vínculo con el lugar donde todo ocurrió. La conmemoración de la vida, muerte y resurrección de Jesús ha sido tan ritualizada que ha borrado el vínculo con Palestina, donde todo sucedió. Los Evangelios se recuerdan, pero la geografía desaparece. El cristianismo nació en Palestina, no en Europa ni Roma, y recordar esta relación es una exigencia intelectual, moral y teológica. El territorio donde ocurrieron esos hechos sigue siendo devastado hoy, por lo que no se puede tratar el relato cristiano solo como historia.

Este año, la fractura entre relato y realidad se ha hecho más evidente. El régimen israelí prohibió el acceso al Santo Sepulcro, en Al-Quds (Jerusalén), alegando razones de seguridad. También restringió la participación de la máxima autoridad católica en la misa del Domingo de Ramos. Solo tras presión internacional, especialmente del Vaticano, se permitió el acceso, pero la medida mostró su carácter arbitrario y colonial. Sin embargo, esa presión rara vez se extiende a las víctimas cotidianas de Gaza y Cisjordania. Además de por supuesto, el genocidio en curso, las restricciones a cristianos palestinos en Jerusalén, las agresiones a clérigos y los ataques a iglesias y propiedades cristianas son sucesos frecuentes.

El pastor de la Iglesia Luterana de Belén, Munther Isaac, señala que lo que ocurre en Palestina es una crisis moral y teológica para el cristianismo. Es una prueba radical para la Iglesia, que debe cuestionarse de qué lado está cuando las víctimas son palestinas y cuando muchos sectores cristianos respaldan la ocupación sin interpelar al poder. Según Isaac, la imagen de Jesús bajo los escombros no busca embellecer el sufrimiento, sino devolver el relato cristiano a su geografía y contexto actual.

Lo que ocurre en Gaza no empezó en Gaza

La violencia en Gaza no surgió de la nada. Isaac insiste en que el juicio ético solo puede sostenerse si se entiende la continuidad histórica: la Nakba de 1948, la expulsión de palestinos, la ocupación, la colonización, el apartheid y el genocidio de la población palestina. Sin esta historia, el presente queda deshistorizado, y la violencia del régimen sionista se oculta bajo la idea de una contingencia. Esta perspectiva histórica es esencial para comprender la desaparición de las comunidades cristianas palestinas.

El exterminio de los cristianos palestinos

Gaza albergaba una de las comunidades cristianas más antiguas, con presencia en la región desde hace casi dos mil años. Hoy, esa continuidad está amenazada, y podría desaparecer completamente si persiste el genocidio. La pérdida de esta comunidad cristiana va más allá de lo demográfico: es la extinción de una presencia viva que conecta el presente con la tierra donde nació el cristianismo. Iglesias, monasterios y otros lugares cristianos de gran antigüedad están también en riesgo de destrucción. El Comité de Asuntos de Iglesias Palestinas ha hablado de la desaparición de la presencia cristiana en Gaza. Cuando las condiciones materiales de vida son arrasadas y los espacios religiosos no ofrecen protección, la desaparición de una comunidad se convierte en un objetivo de la ocupación israelí.

Destrucción de comunidades históricas

La desaparición de los cristianos palestinos no se limita a Gaza. En ciudades como Belén, Ramallah, Jerusalén, Beit Jala y Beit Sahour, las comunidades cristianas palestinas viven bajo el régimen israelí: restricciones de movimiento, confiscación de tierras, expansión de colonias y violencia de colonos son parte de su vida diaria. Antes de 1948, los cristianos representaban alrededor del 20% de la población palestina; hoy constituyen menos del 2%.

Palestina y la quiebra de la convivencia

Durante siglos, Palestina fue una tierra de convivencia entre las tres religiones monoteístas. Esta pluralidad histórica desmiente el mito colonial sionista de que la tierra estaba destinada a una sola soberanía etnorreligiosa. La ocupación ha destruido ese tejido social, transformando el territorio en un sistema de separación con muros, checkpoints, colonias y restricciones. Las comunidades cristianas palestinas han sufrido de forma especialmente aguda este proceso.

La acusación a las instituciones religiosas

El pensamiento de Isaac también critica a las instituciones religiosas, especialmente las occidentales. Acusa a la Iglesia de no haber tomado partido moralmente, de justificar la violencia o de ignorarla, prefiriendo la neutralidad ante la opresión concreta. Las grandes instituciones del cristianismo han respondido de manera contenida ante la ocupación y la violencia israelí. El Vaticano, aunque ha expresado "profunda preocupación", evita pronunciarse sobre el genocidio en Gaza y se limita a hablar de paz abstracta, sin señalar las estructuras que perpetúan la violencia.

El papel de la Iglesia ante la violencia

Las palabras de la Iglesia han sido especialmente cautelosas, vaciando su contenido al evitar tomar una postura clara frente al poder. La violencia se nombra de manera abstracta, sin precisar las estructuras que la sostienen, lo que diluye la responsabilidad moral y evita la condena directa del régimen israelí. El lenguaje de la Iglesia, al evitar el conflicto con el poder, se convierte en un refugio ante la obligación de nombrar la injusticia.

Jesús con las víctimas, no con el poder

El corazón teológico del cristianismo es claro: Jesús está con las víctimas, no con el poder. Si el cristianismo dice seguir a un Jesús perseguido y ejecutado por un poder imperial, no puede justificar regímenes que exterminan a poblaciones, ni el lenguaje que blanquea esa violencia. Si el cristianismo no está con las víctimas, deja de ser cristianismo. La crisis teológica es inevitable: ¿qué queda del cristianismo cuando su estructura institucional y sus discursos no priorizan esa moral básica?

La Biblia al servicio del imperio

Isaac también critica la "teología del imperio", que instrumentaliza la Biblia para justificar proyectos coloniales y supremacistas. En el caso palestino, ciertos sectores cristianos, especialmente los evangélicos occidentales, han utilizado la Biblia para apoyar al régimen israelí, justificando el colonialismo y el racismo con interpretaciones religiosas. En este contexto, la religión deja de ser consuelo y se convierte en un instrumento del poder.

Semana Santa como prueba moral

Desde Palestina, la Semana Santa se convierte en una prueba moral del cristianismo contemporáneo. La historia de la pasión de Jesús ocurrió en una tierra ocupada, bajo un poder imperial, en un contexto donde la política y la religión se entrelazaban en la violencia. Esta dimensión nunca ha desaparecido del relato cristiano, aunque la Iglesia institucional ha intentado domesticarla. Hoy, esa geografía no es solo historia, sigue siendo real, atravesada por una ocupación brutal. La pregunta ya no es si la Iglesia ha rezado por la paz, sino qué palabras ha elegido frente a la destrucción de Gaza. ¿Qué fe queda cuando la Iglesia deja de reconocer a Jesús en las víctimas y se acomoda junto al poder que las destruye?

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