¿Y quién cuida de un discapacitado en plena guerra?

Mientras las potencias escalan sus conflictos, millones de personas con discapacidad y niños quedan atrapados sin posibilidad de huir. Tolstói y Bart de Ligt ya advirtieron que la violencia nunca protege a los más vulnerables.
Eduardo César Garrido Merchán
9 mar 2026 15:30

Imaginemos por un momento a una persona en silla de ruedas en una ciudad bombardeada. Las sirenas suenan. Todo el mundo corre hacia el refugio. Pero ella no puede correr. Quizá ni siquiera puede moverse sin ayuda. ¿Quién se detiene a cargar esa silla por unas escaleras cuando el cielo se desmorona?

Esta no es una pregunta retórica. Es la realidad cotidiana de millones de personas en Irán, en Ucrania, en Gaza, en Sudán. Mientras las potencias del mundo juegan su partida geopolítica, quienes pagan el precio más alto son siempre los mismos: los que ya eran vulnerables antes de que sonara el primer disparo.

La reciente escalada bélica de Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a poner sobre la mesa una verdad incómoda: la guerra no discrimina, pero sus víctimas sí tienen perfil. Según la Organización Mundial de la Salud, las personas con discapacidad tienen entre dos y cuatro veces más probabilidades de morir en un desastre o conflicto armado que el resto de la población. No porque sean más débiles, sino porque el mundo no está diseñado para protegerlas cuando todo se derrumba.

En Ucrania, tras más de tres años de guerra, organizaciones como Human Rights Watch han documentado cómo personas con discapacidad quedaron abandonadas en residencias mientras el personal huía de los bombardeos. Personas que no podían alimentarse solas, que dependían de medicación diaria, que necesitaban oxígeno o diálisis. La infraestructura sanitaria, esa red invisible que sostiene miles de vidas, es siempre uno de los primeros objetivos militares.

Pensemos en un caso concreto: una persona con autismo severo. Muchas necesitan antipsicóticos u otros fármacos para mantener una estabilidad mínima. Sin esa medicación, pueden sufrir crisis intensas, episodios de agitación, gritos, autolesiones. Ahora imaginemos que la farmacia ha sido destruida, que las cadenas de suministro se han roto, que el cuidador principal ha tenido que huir o ha muerto. Esa persona queda atrapada en un cuerpo que no puede regular, en un entorno de explosiones y caos sensorial que es exactamente lo peor que podría ocurrirle. ¿Quién la sostiene? ¿Quién entiende lo que le pasa? En una guerra, nadie tiene tiempo para entenderlo.

Y luego están los niños. UNICEF estima que más de 400 millones de niños viven actualmente en zonas de conflicto. Niños que no eligieron bando, que no entienden de fronteras ni de alianzas estratégicas. Niños que pierden piernas por minas antipersona y se convierten, de la noche a la mañana, en personas con discapacidad en un país que ya no tiene hospitales donde atenderles.

Porque la guerra no solo abandona a las personas con discapacidad: las fabrica. Cada bomba que cae produce nuevas amputaciones, nuevas lesiones medulares, nuevos traumas que dejarán secuelas de por vida. La guerra es una máquina de generar discapacidad que luego se desentiende de su propia producción.

León Tolstói conoció la guerra de primera mano en Sebastopol y dedicó la segunda mitad de su vida a denunciar la violencia organizada. En El reino de Dios está en vosotros argumentó que toda guerra es un acto de obediencia ciega al poder. Los gobiernos convencen a sus pueblos de que la violencia es necesaria, inevitable, patriótica. Pero ninguna causa, por justa que parezca, justifica el sufrimiento que la guerra inflige a quienes nunca pidieron participar en ella.

El pensador holandés Bart de Ligt desmontó en La conquista de la violencia el argumento central del belicismo: que la fuerza es el único lenguaje que ciertos enemigos entienden. De Ligt demostró que la violencia no resuelve los conflictos, solo los desplaza y los agranda. “Cuanta más violencia, menos revolución”, escribió, señalando que la fuerza bruta perpetúa las mismas estructuras de poder que dice combatir.

Hoy, mientras los misiles cruzan el cielo de Irán y la guerra se pudre en las trincheras de Ucrania, merece la pena hacerse la pregunta incómoda. ¿Quién lleva a un niño ciego al sótano? ¿Quién saca a una anciana con alzhéimer de un edificio en llamas? ¿Quién proporciona insulina en una ciudad sitiada? ¿Quién cambia el pañal a una persona con parálisis cerebral cuando su cuidadora ha muerto bajo los escombros?

La respuesta, demasiado a menudo, es nadie.

La guerra es el fracaso absoluto de la imaginación política. Es la confesión de que quienes ostentan el poder no fueron capaces de encontrar otra salida, o no quisieron buscarla. Y ese fracaso lo pagan quienes menos tienen: los niños, los ancianos, las personas con discapacidad. Cada vez que un líder elige la guerra, está decidiendo que esas vidas no importan lo suficiente como para intentar otro camino.

Tolstói y De Ligt coincidían desde trincheras ideológicas distintas en una misma certeza: la violencia no protege a los vulnerables. Los sacrifica.

Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...