Opinión socias
El pensamiento utópico no es una utopía, sino una necesidad
Entre quienes somos conscientes de las dinámicas destructivas que actúan en el planeta —ecológica, cultural, política, militar— se comparte una sensación: la de que una corriente poderosa nos arrastra hacia el abismo. Mientras nos agarramos a las plantas de la orilla imaginar cómo podría organizarse mejor la humanidad no es tarea fácil.
Quienes hace unos años gritábamos con ilusión “¡otro mundo es posible!” ahora tememos que, efectivamente, otro mundo —mucho peor— sea posible. Adoptamos una actitud conservadora, intentando proteger algunas nociones que creíamos consolidadas: que nadie vale más que nadie, que la justicia social es deseable, que nadie está por encima de la ley. Que los países deberían cooperar para abordar los problemas globales, porque si cada uno tira para su lado, todos acaban peor. Estamos jugando mal el dilema del prisionero y previsiblemente nos encontramos con la tragedia de los comunes.
Sin embargo, no ha de cundir el desánimo. A pesar de que muchas cosas ya están perdidas, y otras virtualmente perdidas por la inercia que arrastramos, el futuro no está escrito: la historia es generosa en sorpresas y bandazos.
Por tentador que resulte escrollear hasta la náusea o entregarnos al hedonismo efímero que nos propone el presente sin cesar, podemos proponernos mirar la realidad en toda su crudeza, y al mismo tiempo permitirnos ilusionarnos con todo lo que todavía es posible.
Quizá lo más necesario hoy no sea desplegar una pancarta en una central nuclear, pintar un jet o empuñar un fusil, sino simplemente creer que otro mundo mejor podría estar cerca. Creer lo que escribió la escritoria india Arundhati Roy no es un tontería: “Otro mundo no solo es posible, sino que está en camino. En un día tranquilo, puedo oírlo respirar”. Y ahí no debemos conformarnos con el tecnosolucionismo, ni con un dudoso Nuevo Pacto Verde. Eso sería salir a empatar. No aspirar más que a parchear un sistema en descomposición.
Para pasar a la ofensiva -si se me permite la metáfora- cuando nos situamos a contracorriente, no hace faltanadar más rápido. Hecho, nos faltaría el aliento enseguida. Quizá lo más sensato sea detenerse un instante, sacudirse la ansiedad de dejar de hacer, hacer, hacer, aunque sea por un momento…
Con ese valioso tiempo podemos imaginar cómo podrían ser las cosas de otra manera. Porque si no somos capaces de imaginarlas, no podremos evocarlas, ni cargarlas de emoción, ni, por tanto, hacerlas realidad. Con prisas y a lo loco no vamos a cambiar el mundo, y además, seguramente reproduzcamos inconscientemente los patrones del mismo sistema que queremos cambiar.
Imaginarlas, sin embargo, aunque necesario, no es suficiente. Para que esos horizontes funcionen deben sentirse alcanzables. Nuestro trabajo colectivo consiste en hacer que lo deseable deje de parecer absurdo, pase a ser posible, luego plausible y finalmente probable. Así lo muestra el conocido “cono de futuros”.
Como en la cuántica, en el mundo social la observación modifica lo observado. Si percibimos la Renta Básica Universal, el transporte público gratuito o las asambleas ciudadanas como algo a nuestro alcance, nos levantaremos del sillón a buscarlas. Si las vemos lejanas o imposibles, un rápido análisis coste-beneficio nos conducirá a la resignación. A razonamientos como «para lo que me queda en el convento» o «total, nada de lo que hagamos va a servir para más que para sentirnos peor» sirven como coartadas para validar esa resignación. Sentir que podemos y debemos implicarnos en cambiar las cosas puede ser difícil, pero también puede dar sentido a nuestras vidas y nutrirlas de color.
ya visible a nuestro alrededor la paulatina descomposición de la narrativa que ha sostenido las “democracias occidentales” según la cual existen reglas de juego razonables y que el sistema es capaz de resolver los problemas que enfrentamos. Ese vacío es un río revuelto donde pescan cazadores de crédulos, quienes explotan el miedo para lograr poder o quienes, como nuevos señores feudales, se amparan en la fe tecnológica, nuestra religión moderna. Narrativas conspiranoicas, que siempre han existido, crecen en este contexto.
Un orden (o desorden, según se mire) radicalmente nuevo está en gestación. Y puede ser una buena noticia o no, según el futuro que construyamos o permitamos emerger.
Ese hueco, ese horizonte de posibilidad, puede y debe ser aprovechado por quienes compartimos al menos una idea en común: cubrir las necesidades humanas dentro de los límites del planeta, y disponer de abundancia de tiempo para cultivar nuestros vínculos más preciados y nuestro propio ser.
Algunas personas ya se afanan en esa tarea, pero no en el sentido deseable. Escenarios que antes parecían absurdos —como la pérdida del voto femenino— se vuelven hoy plausibles gracias a figuras como Peter Thiel. Otros, como la colonización de Marte, siguen siendo tan delirantes como siempre, pero ganan verosimilitud mediática.
La linterna del imaginario colectivo se ha desplazado hacia la derecha con fuerza en la última década, aunque sus raíces aún son frágiles. Las promesas con que se granjearon nuevas adhesiones no parecen cumplirse, y el poder de la extrema derecha es más frágil de lo que aparenta. Steve Bannon, gurú del trumpismo, lo decía sin rodeos: “Es necesario tomar las instituciones antes de perder las elecciones; podría ser nuestra última oportunidad de mantenernos en el poder”.
Resumiendo: vamos perdiendo, pero el partido sigue. El futuro, como la lluvia, siempre vuelve. Conviene sembrar buenas semillas que, aunque no broten de inmediato, sí podrán hacerlo tras un aguacero. Y tormentas, tenemos tremendas en el horizonte.
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