David Bañas
9 mar 2026 18:49

No fui demasiado incrédulo de pequeño; más bien ingenuo. No fui el lector más ávido, ni de libros, ni de noticias, ni el ciudadano más preocupado por el bienestar común. Creo que con 12, 16, o incluso 20 años, quizás es (o era entonces) pronto para juzgar a alguien por su ideología o por su capacidad de reflexión crítica, aunque evidentemente estoy sesgado por mi propia experiencia.

Sin embargo, he de decir que, al no existir Facebook, Instagram, TikTok o Twitter como medios mainstream, no recuerdo haber pasado horas diarias “matando neuronas” viendo contenido que otros, más listos que yo (aunque no necesariamente más inteligentes), creaban para lucrarse a costa de que yo (y muchos otros) lo consumiéramos.

Este no es un artículo optimista. Creo que estamos en un momento histórico que está saliendo del ritmo oscilante que supuestamente hemos repetido hasta ahora. No soy capaz de vislumbrar cómo la polarización cada vez más extrema pueda retroceder. Y no (solo) es cuestión de izquierda o derecha; todos estamos polarizando el debate para recuperar o ganar terreno, porque esa es la naturaleza de nuestra sociedad ahora.

La consecuencia inmediata es el retroceso del pensamiento crítico. Si puedes ver en segundos un vídeo que confirme o desmienta lo que piensas, ¿para qué vas a reflexionar? Otros ya lo hacen por ti. ¿Por qué dudar de lo que ves con tus propios ojos y gastar tiempo en considerar si tiene sentido?

— “Hombre, no me van a mentir a la cara. ¿No? Son esos de en frente quienes mienten constantemente, propagando bulos y desinformación.”

El problema de esta dinámica no se limita a los adultos con supuesta capacidad de razonamiento, o al menos con el órgano cerebral desarrollado. En los niños y adolescentes, esta dinámica puede afianzarse de forma permanente. En una etapa de la vida extremadamente sensible a los estímulos externos, el consumo adictivo de “información‑basura” sin reflexión puede consolidarse como la única forma de entender la realidad. Ya ocurre con frecuencia entre adultos de mi generación; ¿dónde nos llevará la siguiente? Personalmente, tengo miedo de lo que estamos viviendo en primera persona.

Sé que es complejo, quizá antidemocrático, pero la única propuesta que se me ocurre para cortar este avance de la polarización desfrontalizada es regular masivamente el propio diseño de las redes sociales. Obligar a las plataformas a romper su mecánica adictiva. Imagina un marco legal que prohíba la reproducción automática en bucle, que fuerce la inserción de pausas obligatorias o establezca un tiempo máximo al día por usuario. Imagina gravar a las empresas en función de cuánto tiempo logran retener a sus usuarios, desincentivando el modelo de negocio basado en la adicción. Imagina prohibir los clickbaits, que vuelva la lectura pausada, los debates entre adolescentes con pensamientos diferentes, en lugar de etiquetas y bandos. Imagina recuperar la sociedad de las manos de los tecnoligarcas.

Yo sé que esto suena a la típica pataleta nostálgica que todas las generaciones han dicho siempre sobre la siguiente. Ojalá sea simplemente eso. Ojalá equivocarme profundamente y descubrir que esto puede mejorar. Ojalá las 6‑12 horas que pasan nuestros jóvenes absortos en una pantalla de 6 pulgadas sean una moda pasajera, sin consecuencias permanentes para nuestra cultura, y que solo aparezcan como un episodio más en los libros de texto del futuro. No me encantaría descubrir lo contrario y que no hayamos hecho nada para impedirlo.

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