Opinión socias
No estaba histérica (tampoco de parranda)
Llamar loca a una mujer es un hit muy manido, pero sigue sonando en algunas radios con caspa. El gancho aún funciona bien con ciertos públicos. Como el monstruo del coco con la infancia o como el monstruo de ETA con las derechas del Reino de España. Los mecanismos no suelen desaparecer de raíz: se actualizan, cambian de look, aprenden vocabulario y vuelven al mercado. Como los pantalones de campana y tiro bajo con los que muchas millennials fregamos las calles de lluvia mientras intentábamos sentarnos sin enseñar las bragas.
La moda es cíclica: algunas formas de violencia, también
Durante siglos, al común de las mujeres nunca se les llamó lúcidas ni sabias. Se las llamó brujas, desviadas, nerviosas, exageradas, difíciles, descompensadas, anónimas... Histéricas. La palabra viene del griego hystera, significa útero. Literalmente. Quién quiere sutilezas, pudiendo construir toda una arquitectura de sospecha alrededor de un órgano. En un movimiento, el lugar que hace posible la reproducción de la especie, se convierte en un diagnóstico que degrada la palabra de quienes sostienen la vida. Para Freud, la histeria pasó de ser un cuadro clínico derivado de un trauma de abusos sexuales a puro delirio fruto de la imaginación febril de las pacientes.
Sthendal dejó frases joyita, como esta que sigue detrás de los dos puntos: “la novela es un espejo al borde del camino”. Es extrapolable a todos los movimientos artisticos, corrientes, escuelas y vanguardias. Conforman un relato de los momentos estelares de la humanidad. No hace falta repasar la historia de la psiquiatría para ver una continuidad del sesgo de género. (De hecho, hay serie amarillista sordida ya solo con Freud y Jung). Aunque el caso de Vallejo-Nájera, y su teoría del gen rojo podrido que desaparece (milagro) cuando se integra a bebés robados a sucios rojos en pulcras familias franquistas, bien se merece este guiño. Un saludo para la nieta del presunto psiquiatra del régimen, apodado el Mengele de Franco. El esperpento se va comiendo la realidad y es una pena que el creador de Max Estrella no esté para verlo.
Cambia, todo cambia: los manuales, los diagnósticos y la gramática pública. La vieja histeria puede aparecer en una conversación de trabajo, en un grupo político, en una asamblea, en una redacción, en una familia, en una relación afectiva o en ese pequeño tribunal informal donde nadie firma la condena pero todo el mundo modifica su trato.
Encontrar el momento oportuno para hablar de una herida
Cuando una mujer nombra un daño, sabe que corre el riesgo de verse a sí misma desde fuera, convertida en fantasma de su propio relato. Sabe que entrará en el purgatorio por su tono, por su ropa, por su intensidad, por su biografía previa o por una mezcla pegajosa de todas ellas. Lo sabe porque ya lo ha visto, se lo han contado, lo ha leído. Porque lo aprendió antes incluso de poder explicarlo. Lo vio en su madre antes de conocerlo en sus carne.
La pregunta social se desplaza con una eficacia obscena: deja de mirar la violencia y gira el foco hacia la conducta de quien la sufrió. Su reacción. Su forma de hablar. Si lo dijo demasiado pronto o demasiado tarde. Si lloró mucho o no lloró nada. Si parecía rota o parecía entera. Si cerró lo suficiente las piernas, si fue demasiado amable, si fue demasiado sexual, si fue demasiado seca, si pidió ayuda con demasiada urgencia o con demasiada literatura. Siempre la compostura. Como si el dolor tuviera que llegar peinado. Como si la etiqueta y los buenos modales no fueran también tecnologías de control.
El mecanismo se afila todavía más cuando la mujer no encaja en el modelo de víctima que la cultura hegemónica está dispuesta a consumir sin atragantarse. El ideal de víctima sigue la lógica de la inmaculada concepción: una mujer creíble debe aparecer limpia de contradicción, de deseo, de rabia, de ambición, de placer, de errores, de vida. Si es pobre, migrante, racializada, bollera, trans, puta, loca, demasiado sexual, demasiado seca, demasiado rota o demasiado poco rota, la maquinaria se activa con más facilidad. La herida deja de ser una herida y se convierte en expediente.
Lo perverso es que este desplazamiento sigue operando en espacios modernos, feministas, progresistas, sofisticados. Ya no niega el daño de frente; sería demasiado burdo. Hace algo más limpio, más administrativo, más europeo: convierte a quien lo nombra en una presencia incómoda. Alguien que requiere más explicación que el propio hecho denunciado.
No hay gesto más contemporáneo que declararse contra la masculinidad tóxica mientras se participa en sus formas menores: el rumor, el apartamiento, la lectura interesada del carácter de una mujer, el comentario lateral, la prudencia selectiva, la pedagogía exigida a quien está intentando no desangrarse. La vieja patologización no ha muerto. Ha vuelto laboral, política, clínica, amistosa. Habla de la estrategia. Del cuidado. De la oportunidad. Del clima de grupo. De “no era el momento”.
El problema es que casi nunca parece violencia mientras ocurre. Parece gestión. Parece madurez. Parece sensatez. Ese es precisamente su éxito. La sospecha contemporánea no necesita declarar culpable a una mujer. Le basta con volverla demasiado compleja para ser escuchada. Demasiado intensa para ser justa. Demasiado herida para ser objetiva. Demasiado ella para que su relato pueda circular sin pedir permiso.
Convendría recuperar la vieja palabra histeria: para desenmascararla como operación política. La operación por la cual la mujer que duele, que protesta, que incomoda o que señala una fractura queda degradada a fenómeno. A error de forma. A ruido de fondo.
Simone de Beauvoir escribió que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Charlotte Perkins Gilman había descrito antes, en El papel pintado amarillo, a una mujer reducida a nervios y decorado hasta el borde de la asfixia. En Jeanne Dielman, de Chantal Akerman, basta el espesor de una vida femenina ordinaria para que el sistema entero quede al descubierto, fregando platos. Hay una línea que une todas estas escenas: la mujer convertida en problema por existir con conciencia propia.
La conciencia, cuando habla, rara vez es decorativa
La sororidad empieza donde la cultura nos empuja a sospechar unas de otras, antes que del pacto que nos enfrenta. Como inteligencia política. Como un asunto pendiente, que dificulta el hecho de haber sido educadas para competir entre nosotras. Nos quieren ver arder y sacar rentabilidad del incendio que han provocado. La mejor respuesta sería no señalarse tanto entre iguales y focalizar la energía para organizar la rabia de manera colectiva y proyectarla hacía arriba. Por desobediencia práctica ante una maquinaria repetida. No aceptar la herencia envenenada de una culpa que no nos pertenece.
Este artículo no defiende que haya que creer a todas las mujeres por un mandato moral ni convertir el dolor en certificado automático. Se trata de entender que la sospecha nunca cae en terreno neutral. Algunas voces llegan al espacio público ya cargadas de descuento. Otras voces ni llegan. Porque la credibilidad también se distribuye de forma desigual.
Tal vez, sería deseable dejar las intrigas de la guerra para las partidas de Risk e integrar una idea sencilla muy clara: la víctima que muestra su herida rara vez la está exagerando. Es más probable que se haya censurado lo que sentía. Porque seguramente ha pasado la vida haciendo justo lo contrario: tragar y callar. Como hemos visto hacer a madres y abuelas.
A veces el desorden está señalando un desorden previo.
A veces está fuera de lugar quién está viendo demasiado el lugar.
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