Opinión socias
Mensaje del año 1 (pensando en Venezuela)
Cada año que comienza es el primero de cuantos viviremos. Vivir para vivir, diría nuestro querido Joan Manuel, que acaba de cumplir 82 años. Cada niño es el tuyo, cada hembra tu mujer. No es una declaración de todopoderoso egocentrismo. No es una declaración de posesión patológica. No es una afirmación misógina. Es sólo la certera intuición de que somos responsables de cada lugar del mundo en que habitamos, de cada persona que conocemos, de cuantos fueron antes, cuantos son en el aquí y el ahora y de cuantos serán en el incierto futuro que se avecina.
No sé qué hicimos en el pasado. Qué hicimos para merecer esto. Este presente insulso y desangelado en el que nos hemos acostumbrado a depositar nuestra confianza en algoritmos que determinan nuestros gustos, nuestras esperanzas y nuestro destino inmediato, sólo inmediato, siempre inmediato, porque más allá de la inmediatez del instante presente, de la compra del momento, no hay futuro.
Podríamos imaginar otro mundo. Tal vez podríamos imaginar otro mundo, pero intentar alcanzarlo supondría perder mucho, quizá todo cuanto tenemos. Perder, por encima de todo, el miedo. Eso es lo que tenemos, miedo. Nos ofrecen miedo a borbotones. Luego nos venden seguridad a un precio muy alto.
Al precio de no permitirnos imaginar otro mundo posible. Pensar otro mundo supondría aceptar que el tiempo existe, que existe la historia, que los horizontes se perciben más allá del estrecho mundo donde vivimos. Renunciar a trabajos de mierda, habitáculos indecentes e impagables, a procrear a la retranca dejando que sean los móviles los que educan a nuestras crías, renunciar a esa semana inolvidable de viaje organizado por la IA a los fiordos, a los confines de la Cochinchina, al desierto de Atacama, o al del Kalahari, si se pone a tiro, si viene a cuento, si se pone al alcance de la mano.
No sé qué hicimos. Sólo intuyo qué no queremos hacer. Qué tememos perder. Y sin embargo cada nuevo año se convierte en el primer año, el año 1 de una nueva era que podemos comenzar a transitar. Cada nuevo año es como el momento del atardecer en el que todo se confunde. No es de noche aún, pero ya tampoco es día. Las esquinas, los perfiles se difuminan. Todo puede ocurrir. Todo es posible. Aún es posible.
Se me ocurre que en estos primeros momentos del año podemos albergar esperanzas, creer que somos capaces de dar un primer paso y emprender el camino. Que somos capaces de pensar, organizarnos y emprender la acción transformadora que nos conduzca a otro mundo de libertad, igualdad y solidaridad que mis ancestros soñaron.
Y se me antoja que aún podemos acabar con el mezquino dios de los mercaderes, omnipotente y omnipresente, que se ha apoderado de nuestra existencia, anteponiendo la competencia por encima de otra cualquiera consideración de los humanos. Y que, ya puestos a la tarea, seremos capaces de acabar con el neoliberalismo político que gobierna la administración de lo que es de todas y de todos.
Esa forma de entender el mundo que nos hace creer que somos individuos separados del resto. Que sólo tenemos que pensar en nosotros mismos. Que somos únicos, irrepetibles, que lo merecemos todo, por encima de todo y de todos, a costa de cualquiera, por encima de cualquiera, antes que cualquiera. Nuestro nuevo dios es el nihilismo y para él todo es relativo. Todo es aceptable si nos viene bien, si viene a favor, si así se nos antoja, si así nos parece.
Se me ocurre que, pese a quien pese, a pesar de los plañideros mediáticos, los todopoderosos tertulianos, los mediocres políticos, todos los ricos del mundo y los maquiavélicos algoritmos, seremos capaces de derrocar a los invasores ocupantes ilegales e ilegítimos de nuestro mundo. Vencer a aquellos que en nombre del dólar doblegan y desangran al mundo, desde la Venezuela invadida al Congo masacrado en silencio, de Groenlandia a Chile, de la India a Palestina, Siria, o Indonesia.
Cualquier año nuevo es bueno para dar comienzo a ese camino. Para tomar buena nota de los agravios sembrados, los miedos acumulados, el dolor soportado. Para convertir todo ese malestar, toda esa insatisfacción en una sola voz y una acción plural, pero compartida, que trabaje a favor de la vida, los derechos civiles, los derechos sociales.
Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!