El mejor amigo del holding

Algunos animales pueden acreditar un entrañable vínculo con los humanos desde tiempo inmemorial. Entre ellos ocupan un lugar destacado especies como el perro, “el mejor amigo del hombre”. Pero, ¿por qué en pleno declive de nuestra simbiosis natural proliferan sin medida en nuestras ciudades? Lo que ha ocurrido tiene mucho que ver con un boyante negocio.
Cesareo Villar Blanco
14 oct 2026 11:35 | Actualizado: 14 oct 2026 13:41

Estamos habituados a escuchar que el perro es el mejor amigo del hombre, y sin duda se trata de una especie que ocupa un lugar muy destacado en nuestra sociedad gracias a su capacidad para expresar afecto y dar compañía. Sin embargo, por más simpáticos y conmovedores que nos resulten sus despliegues de cariño, conviene no olvidar que las capacidades de adquirir vínculos emocionales y de sentir empatía ni son exclusivos de Homo sapiens ni lo son de esos bellos especímenes que convertimos en nuestras mascotas. Esas facultades “superiores” se encuentran en primates o en caballos, pero también se están detectando en urracas, en orcas y hasta en pulpos.

De modo que son muchas las especies capaces de sentir miedo, entusiasmo o afecto que deberían haber recibido una parte de esa atención que a los animales de compañía les sobra. Aunque habrá quien justifique el desbordante interés por los canes fundándolo en aquel vínculo evolutivo que nos unió en la caza o el pastoreo, lo que ocurre es que ni siquiera ese encuentro entrañable nos sirve para explicar su desproporcionada eclosión en los últimos años. ¿Cómo han podido prosperar tanto en las ciudades si ya no podemos desarrollar aquella simbiosis? Hasta hace no tanto nos auxiliaban, correteaban, interaccionaban y se reproducían en nuestros poblados o fincas; hoy, muy pocos vigilan ganado, guardan casas de campo o acompañan en sus correrías a cazadores ociosos. ¿A qué viene su omnipresencia urbana?

Parece que la fructífera alianza ha mutado en algo asimétrico y disfuncional. Un perro es hoy un dócil compañero que cuidamos con devoción y depende de nosotros hasta para defecar. A cambio, soporta nuestra afectuosidad caprichosa, nuestra vida confinada, el aislamiento de la naturaleza y de sus semejantes y una radical anulación reproductiva. Los joviales y audaces herederos del lobo que acompañaban al hombre en entornos silvestres son hoy animales pasivos, capados y confinados para nuestro exclusivo bienestar... Otro tanto le ha ocurrido al gato, que ni siquiera puntuaba como “mejor amigo del hombre” pero ya alcanza a los cánidos en el pasivo ranking de los animales de alfombra. Y todo ha ocurrido en unos decenios. Solo cabe una explicación, la de una exitosa campaña comercial para sacar partido a sus rasgos más apetecibles. Dejando aparte algunas habilidades para ciertas ocupaciones (perro antidroga, de caza…), su aspecto tierno y su comportamiento infantil, junto a una demostrada tolerancia a la aglomeración humana y a la reclusión, propició su reingreso masivo en nuestro ecosistema artificial, individualista y consumista. No se trata de desvirtuar el legítimo y positivo disfrute de los animales, pero si limitamos todas sus pulsiones instintivas, seleccionamos preferentemente su aspecto y sobrevaloramos su expresión gestual convincentemente humana, no parece fruto de la tradicional relación nacida en el neolítico, sino de la promoción de un producto muy vinculado a las emociones del consumidor y con un gran potencial económico.

Admitámoslo, un ejemplar bello, interactivo, complaciente y acrítico que exige pocos compromisos vitales es fascinante como producto. “Es como mi hijo”, aseguran los consumidores; “Te entienden al 100% y sufren cuando estás deprimido”, confirman los vendedores con sus pamplinas científicas. El problema es que eso implica asumir un estatus moral humano para millones de animales. Y así, cuando, felizmente, ya no se consienten sacrificios en las perreras (aunque a jabalíes o a corzos se les extermine sin miramientos cuando “sobran”), se siguen produciendo anualmente 178.000 abandonos de canes porque al fin y al cabo sabemos que humanos, lo que se dice humanos, tampoco son... Esta es solo una de las contradicciones que nos esperan. De momento, mucha gente ya empieza a pasarlo mal porque no logra costear su manutención e, indudablemente, ya acaparan un creciente espacio y consumen abundantes recursos.

En cualquier caso, promover animales superfluos para recrearnos en su posterior humanización no los convierte en familia humana. Considero tan inapropiado llamar “perrhijo” a un cachorro como “hijo de perra” a un niño. No, ni son humanos ni lo necesitan. Olvídense, por cierto, de esa presunta narrativa emocional, recíproca y profunda con los peludines, que solo responde a proyecciones psicológicas del propietario y es ajena a la realidad cognitiva del animal.  De modo que no tiene sentido derrochar en ellos semejante caudal de energía colectiva en forma de sofisticados servicios, cuidados personales, avances científicos y mejoras institucionales para su bienestar, en descarada competencia con necesidades humanas básicas que aún no se cubren. Mientras escasea el agua y se encarecen los cultivos y la crianza de ganado fabricamos piensos caninos; faltan fondos científicos para erradicar la malaria mientras se crean novedosas prótesis animales... Para colmo, el estándar material ya empieza a ser que las mascotas disfruten de filetes de pollo premium y collares antipulgas hipoalergénicos, necesidades que rebasan, con mucho, las exigencias de su biología animal.  

De modo que el perro, más que el mejor amigo del hombre lo es del holding de las mascotas. Así ocurre desde que el “Pet-money” nos vende su tradicional compañía como bonito complemento emocional e incluso como santo remedio contra la soledad geriátrica, el asma infantil o el sedentarismo. Un pack polivalente que factura al año 6.000 millones de euros en España y hace crecer al sector a un asombroso 8,5% anual mediante clínicas veterinarias, piensos vitaminados y tiendas plagadas de cachivaches para peludines en un mundo donde subsisten millones de pobres.

Algo pinta mal cuando estos animales “disfrutan” de hoteles de lujo, de masajes, de tartas de cumpleaños o de asignación económica y régimen de visitas en un divorcio humano; cuando el 45% de los “milenials” los consideran “lo más importante de la vida”; cuando habitan en casi el 50% de los hogares españoles o cuando cada familia se gasta unos 1.600 euros anuales en su cuidado y manutención. Pero no se enfaden conmigo. Enfádense con quienes, un buen día, nos convencieron de que nos sobra amor para meter a millones de herederos del lobo en nuestros pequeños pisos bajo la forma de animalitos juguetones, capados y con un datáfono en la boca.

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