¿Qué machacamos en el gym?

A día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una pieza clave en la socialización exitosa de una idea de salud y bienestar que, paradójicamente, adolece de invisibilizar el origen de nuestros malestares.
Juan Cruz López
5 mar 2026 10:30

Se han convertido en un elemento reconocible del espacio urbano. Sus fachadas no pasan desapercibidas: colores sólidos y llamativos, vinilos publicitarios con mensajes motivacionales y modelos esbeltos. Con amplios ventanales y locales insonorizados, sus diseños arquitectónicos respiran una modernidad solemne. Además, ahora que forman parte de grandes grupos empresariales, hasta se anuncian en televisión. A la entrada, tornos para fichar; se diría que dan cuenta del momento en el que hay que poner a producir el cuerpo.

Los gimnasios, claro está, siguen siendo el lugar adecuado para rendirle culto a cierta idea de salud, pero también se han convertido en espacios de sociabilidad donde exhibir el éxito en la carrera por lograr un cuerpo fit, o, en el peor de los casos, dar cuenta de la fe en el progreso personal y la voluntad de cambio. Porque se diría que, a día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una institución del capitalismo de pantallas a través de la cual perseguimos una optimización permanente de nuestra marca personal; un ejercicio de branding capaz de combinar elementos de la filosofía clásica, con disciplina militar y una compleja maraña de tendencias nutricionales.

Y no se trata solo de cuerpos musculados… Pareciera que la preocupación obsesiva por nuestro bienestar y nuestra imagen corporal, se inserta a la perfección en los discursos del crecimiento personal y la autosuperación que, al mismo tiempo que aumentan nuestro capital social y nuestra escala de valor en las aplicaciones de citas, alimentan el scroll de las redes sociales, facilitan la extracción de nuestros datos y multiplican los beneficios de la industria del coaching y la psicología positiva.

Porque somos muy conscientes de que nuestra imagen comunica. Y lo somos, además, en un momento en el que se compite ferozmente por el tiempo y la atención de otros. Por eso, quizá, aprovechamos cualquier pedazo de nuestra piel para contarnos cuentos, para lanzar mensajes al exterior. En este contexto, da pánico pensar en los miles y miles de cuerpos de clase obrera, machacados por el trabajo y la ansiedad, que lucen tatuado un mensaje no consumado nunca: carpe diem.

Nuestra imagen comunica, decimos, y añadimos, como lo ha hecho siempre. Pero si pensamos en el gimnasio, en su historia más reciente, resulta inquietante pensar que son los menos quienes los usan para entrenar el cuerpo de cara a la práctica deportiva continuada. Efectivamente, a pesar de las apariencias, el gimnasio se ha desconectado de su genealogía. Porque sí, vamos al gimnasio para cuidarnos y mantener la forma necesaria para la competición, pero también para machacarnos; nos tiramos a los aparatos con el ánimo de reparar algo que estuviera roto, con la intención de agotarnos, desfogar, olvidarnos de los problemas de una manera sana y consecuente con nuestros deseos de transformación (individual).

Nos atraviesa el mantra de que acudir al gimnasio una hora al día es una forma de autocuidado. Y podemos verlo así. Pero invertimos tanto tiempo en reparar lo que hace en nuestras vidas un sistema desquiciado, creemos tanto en ello, que ya ni cuestionamos el origen de nuestros problemas. Y no, no hablamos del capitalismo como sistema. Es que no tenemos ni diez minutos para hablar con nuestros compañeros de trabajo de cómo mejorar nuestra situación en el curro, dejamos que sean otros quienes luchen contra el cierre del consultorio de nuestro barrio o ignoramos que tenemos en nuestras manos un margen de actuación que podría cambiarlo todo... Y ese todo, nos afecta directamente, también a nuestro cuerpo, también a nuestra salud mental y física.

Por mucho que intentemos minorizar el daño, la historia nos enseña que no hay escapatoria posible si nos pensamos solos, que no hay soluciones que partan del individualismo egótico y solipsista que nos está vaciando por dentro.

Llegados a este punto de la reflexión, pensamos que no puede haber cuerpos sanos en una sociedad intoxicada por el veneno de la desigualdad y la cultura del privilegio. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad tutelada por los valores del capital y avocada al desastre ecológico. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad que se desprecia a sí misma, porque desprecia la vida.

Y lo anterior no quiere decir que aboguemos por descuidar el cuerpo, sino justo lo contrario. Debemos pensar en cuidarlo desde una perspectiva materialista que no lo piense aislado y que tampoco lo idealice. Precisamente por eso, debemos pensar en cuáles son los discursos que nos animan a moverlo de una determinada manera, en unos determinados espacios, para unas determinadas finalidades. Frenar el proceso de total desposesión al que nos está sometiendo el capital, empieza por pensar cómo nos relacionamos con nuestro propio cuerpo, y eso implica analizar políticamente qué papel juegan los gimnasios en la socialización de una idea de salud y bienestar que no cuestiona el origen de nuestros malestares.

Juan Cruz López, editor de Piedra Papel Libros

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