Opinión socias
Lo que el paisaje sonoro revela sobre la ciudad
Hay sonidos que prácticamente hemos dejado de escuchar. El tráfico, por ejemplo. El ruido de los motores forma un continuo tan incorporado a nuestra vida cotidiana que muchas veces solo reparamos en él cuando desaparece. Sin embargo, una terraza, unas voces, una campana, una fiesta o una música pueden convertirse rápidamente en objeto de conflicto.
¿Por qué hemos naturalizado unos sonidos y no otros? ¿Quién decide qué puede sonar en la ciudad, dónde y a qué horas? ¿Qué escuchamos y qué dejamos de escuchar? ¿Qué revelan esos sonidos sobre nuestra forma de vida?
Responder a estas preguntas obliga a mirar más allá del ruido entendido simplemente como un exceso de volumen. La segunda parada de Zoopolis TV Tour, el podcast itinerante de Urbanbat, reunió a la arquitecta, investigadora y artista Cristina Palmese; al arquitecto e investigador Zigor Iturbe; a la paisajista Usue Ruiz Arana; y al colectivo artístico CAMARAC. Sus conversaciones permiten acercarse a la ciudad desde un sentido que el urbanismo ha atendido históricamente mucho menos que la vista: el oído.
No todo lo que molesta hace el mismo ruido
La contaminación acústica constituye un problema serio de salud pública. La Agencia Europea de Medio Ambiente estima que casi una de cada tres personas en Europa está expuesta a niveles de ruido del transporte superiores a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. La exposición crónica al ruido contribuye cada año a unas 73.000 muertes prematuras y a 4,6 millones de alteraciones graves del sueño.
Pero un sonómetro no puede explicar por sí solo nuestra relación con aquello que escuchamos. Un sonido cambia de significado según quién lo produce, dónde aparece, cuánto dura o qué relación tenemos con él. No experimentamos igual una música que hemos decidido escuchar que esa misma música atravesando la pared de nuestra casa a las tres de la madrugada. Tampoco es equivalente el ruido de una celebración ocasional al de una carretera que funciona las veinticuatro horas del día.
Ahí aparece el concepto de paisaje sonoro: no como suma de sonidos aislados, sino como resultado de las actividades, relaciones y formas de vida que coinciden en un lugar.
Cristina Palmese trabaja desde hace años sobre esta dimensión sensible de la ciudad. Escuchar permite acceder a una información que difícilmente aparece en un plano: ritmos cotidianos, formas de apropiación del espacio, memorias, conflictos, presencias y ausencias. En sus investigaciones, la escucha se combina con paseos, entrevistas y archivos para entender el espacio urbano desde la experiencia de quienes lo habitan.
Este desplazamiento en la forma de aproximarnos a la investigación urbana puede parecer pequeño, pero transforma las preguntas. Ya no se trata únicamente de saber cuánto ruido hay, sino de preguntarse qué está produciendo ese paisaje sonoro y qué tipo de ciudad expresa.
La forma de una calle también se oye
Zigor Iturbe lleva años escuchando el Casco Viejo de Bilbao. Sus investigaciones muestran algo que resulta obvio una vez formulado pero que pocas veces incorporamos al planeamiento: la forma de la ciudad también produce sonido.
Una calle estrecha y peatonal no se escucha igual que una avenida atravesada por tráfico. Una plaza permite determinadas conversaciones, encuentros y permanencias que una infraestructura viaria prácticamente imposibilita. Los materiales de las fachadas, la anchura de una calle, los bajos comerciales, las terrazas, la movilidad o los horarios transforman constantemente aquello que escuchamos.
El urbanismo modifica, por tanto, el paisaje sonoro incluso cuando no lo contempla en el planemiento. Peatonalizar una calle no significa solamente cambiar cómo nos desplazamos. También hace aparecer sonidos antes enmascarados. Una conversación puede recuperar protagonismo. Pueden escucharse unos pasos, una persiana, una bicicleta o determinados sonidos de otras especies. Al mismo tiempo, trasladar tráfico de una calle a otra desplaza también el ruido y sus efectos.
El trabajo de Iturbe ayuda además a diferenciar entre diversidad sonora y dominancia sonora. Una ciudad puede contener multitud de sonidos y estar, sin embargo, dominada acústicamente por uno solo. No necesariamente porque sea excepcionalmente intenso, sino porque está siempre presente. El tráfico vuelve a ser el ejemplo más evidente. Su persistencia termina convirtiéndolo en una especie de fondo neutro, mientras otros sonidos más ocasionales llaman inmediatamente nuestra atención.
Quizá la pregunta no sea entonces si una buena ciudad debe ser silenciosa. Una ciudad completamente silenciosa podría resultar incluso inquietante. La cuestión es otra: qué sonidos tienen espacio para existir y cuáles terminan ocupándolo todo.
El ruido tampoco se reparte por igual
El paisaje sonoro permite además leer desigualdades que no siempre son visibles. No todas las personas tienen la misma capacidad para evitar aquello que les molesta. Hay quien puede instalar mejores ventanas, elegir dónde trabajar, desplazarse a espacios más tranquilos o abandonar determinados lugares. Otras personas viven junto a grandes vías, trabajan muchas horas en espacios ruidosos o pasan buena parte del día expuestas a sonidos que no han elegido.
Las desigualdades ambientales tienen también una geografía. La Organización Mundial de la Salud advierte de que la exposición al ruido y a otros impactos asociados al transporte afecta de forma desproporcionada a los barrios con menores ingresos, entre otras razones por su mayor proximidad a vías con tráfico intenso. La cuestión no es solamente cuánto ruido produce una actividad, sino también quién tiene capacidad para producirlo y quién debe soportarlo.
Las ciudades no consideran todos los sonidos del mismo modo. Algunos se protegen como patrimonio, cultura o tradición. Otros se justifican por su importancia económica. Otros se persiguen como molestias. Un gran evento patrocinado por una institución, una terraza, unas niñas jugando, una protesta, una campana o un grupo de jóvenes escuchando música en una plaza pueden generar conflictos acústicos, pero la legitimidad que concedemos a cada uno de esos sonidos es muy distinta.
Detrás de muchas discusiones sobre el ruido aparecen así conflictos bastante más amplios sobre clase, edad, género, origen, turismo, actividad económica o derecho al espacio público.
Escuchar también a quienes no hablan
Usue Ruiz Arana introduce todavía otra cuestión: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar que el paisaje sonoro pertenece exclusivamente a los seres humanos?
Las ciudades están llenas de sonidos producidos por otras especies. Aves, insectos y otros animales utilizan el sonido para comunicarse, orientarse o reproducirse. La contaminación acústica humana también modifica esas relaciones.
Desde esta perspectiva, la escucha puede convertirse en una herramienta para pensar una ciudad más atenta a las formas de vida con las que compartimos el territorio. No se trata de valorar esos sonidos únicamente por lo agradables que puedan resultar para las personas, sino de reconocer que forman parte de las condiciones ecológicas de la ciudad y preguntarnos qué condiciones materiales hacen posible que otras formas de vida se comuniquen y habiten también el espacio urbano. Escuchar puede ayudarnos a descubrir que aquello que llamamos silencio quizá no esté vacío en absoluto.
Hacer visible lo que entra por los oídos
El colectivo CAMARAC trabaja desde otro lugar: el arte y la arquitectura como herramientas para hacer perceptible el ruido. Porque existe una dificultad evidente: podemos comprender racionalmente qué significa estar expuestos a determinados niveles de decibelios, pero una cifra no reproduce la experiencia física de vivir rodeados permanentemente por ese sonido.
Proyectos como I Have a Problem, I Hear the Noise o Refugi Sonor convierten esa experiencia en materia artística y espacial. En este último caso, un pabellón instalado en Barcelona en el marco de la Capitalidad Mundial de la Arquitectura buscaba generar un espacio de refugio acústico mediante materiales aislantes y una composición sonora que reaccionaba al ruido exterior. No se trataba solamente de explicar la contaminación acústica, sino de permitir que el cuerpo percibiera la diferencia.
Y quizá ahí reside una de las aportaciones más interesantes de la escucha al debate urbano. Nos obliga a recuperar una dimensión que los mapas, indicadores y estadísticas tienden a simplificar: la experiencia.
Antes de transformar una ciudad, escucharla
Las ciudades nunca van a ser silenciosas. Ni probablemente sería deseable que lo fueran. Una ciudad produce conversación, juego, trabajo, celebraciones, conflictos, música, desplazamientos y encuentros. El problema comienza cuando algunos sonidos se vuelven tan dominantes que impiden escuchar todos los demás, o cuando sus impactos recaen sistemáticamente sobre quienes tienen menos capacidad para evitarlos.
Pensar el paisaje sonoro no consiste, por tanto, en declarar una guerra contra el ruido. Consiste en preguntarnos qué sonidos hemos naturalizado hasta hacerlos prácticamente invisibles; cuáles consideramos inmediatamente molestos; qué actividades tienen derecho a producir sonido; quién puede decidir sobre ellos; qué grupos están más expuestos y qué otras formas de vida quedan enterradas bajo nuestro ruido de fondo.
Quizá el paisaje sonoro sea, precisamente por eso, una forma especialmente reveladora de leer la ciudad. Podemos cerrar los ojos para no mirar. Es mucho más difícil cerrar los oídos. Y tal vez antes de preguntarnos cómo queremos transformar un lugar deberíamos hacer algo mucho más sencillo: detenernos un momento y escuchar qué nos cuenta la ciudad a través de su sonido.
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