La guerra que no se explica: neocolonialismo, hegemonía y la sangre que no sale en los titulares

Hay preguntas que uno aprende a no hacer en voz alta. No porque no tengan respuesta, sino porque incomodan demasiado. ¿A quién beneficia que este conflicto no termine? ¿Por qué los mismos gobiernos que se llenan la boca de derechos humanos firman contratos de armamento con quienes los vulneran? ¿Desde cuándo sabemos mirar hacia otro lado con tanta eficiencia? Este texto no pretende responder a todo. Pretende, al menos, formular las preguntas correctas. Porque mientras sigamos creyendo que lo que ocurre en Oriente Medio es un conflicto religioso incomprensible, seguiremos siendo exactamente lo que este sistema necesita: espectadores.
Irene Castillo
30 mar 2026 09:15


Para entender lo que ocurre en el Levante hay que alejarse del mapa regional y mirar uno mucho más amplio. El ascenso de China ha redefinido la competencia global, y Oriente Medio ocupa el centro de ese tablero. No por su cultura, sino por lo que hay bajo el suelo y por las rutas que atraviesan su geografía.


Irán controla el estrecho de Ormuz, por donde transita más del 20% del petróleo mundial. Una parte clave del suministro energético chino depende de esa vía. Cualquier conflicto que la altere impacta en los precios de la energía y en la estabilidad industrial global. La conclusión es incómoda: la presencia estadounidense en la región no responde solo a intereses locales, sino a la necesidad de sostener su hegemonía frente a quien la desafía.

Las sanciones a Irán no son únicamente presión política. Funcionan como advertencia: quien desafíe las reglas puede quedar fuera del sistema financiero internacional. Pero este desafío tiene efectos imprevistos. Ha acercado a Irán a China y ha impulsado el uso del yuan en transacciones energéticas, cuestionando la fuerza del dólar. El sistema del petrodólar empieza a mostrar grietas.


El imperio sin ocupación

Vietnam dejó una lección clara: la ocupación directa desgasta. Desde entonces, el poder no ha desaparecido, ha cambiado de forma. El control ya no necesita tropas permanentes; se ejerce mediante sanciones, dependencia económica, influencia financiera y presencia militar estratégica. Estados Unidos mantiene bases en puntos clave del Golfo y una capacidad de intervención inmediata que condiciona cualquier equilibrio regional. Israel, en este esquema, actúa como aliado militar central.

Aquí encaja el concepto de neocolonialismo: no como dominación territorial visible, sino como una red que determina qué economías prosperan, qué gobiernos son viables y qué conflictos continúan. Un sistema que no necesita conquistar territorios porque controla las condiciones en las que estos existen.

Los Acuerdos de Abraham, presentados como avances diplomáticos, consolidan ese concepto. Formalizan relaciones entre Israel y varios países árabes mediante cooperación tecnológica, militar y estratégica, especialmente frente a Irán. Más que resolver tensiones, reorganizan el tablero bajo una lógica de alineamientos.

El relato y lo que oculta

El discurso dominante presenta estos conflictos como enfrentamientos religiosos: suníes contra chiíes, islam contra Occidente. Esta lectura no es inocente. Simplifica un escenario complejo y despolitiza la realidad. Convierte las geopolíticas en choques culturales y vacía de contenido las resistencias.

Actores como Hezbolá o Hamás son reducidos a expresiones de fanatismo, cuando también forman parte de una lógica de equilibrio frente a una superioridad militar evidente. Irán no actúa solo como actor ideológico, sino como potencia que intenta desafiar ese orden.

Mientras tanto, el foco se desplaza. Se discute identidad, religión o terrorismo, pero no se pregunta quién se beneficia de que el conflicto persista.

Palestina: el terreno, no el actor

En esta ecuación, Palestina no es tratada como sujeto político, sino como espacio donde otros proyectan poder. El pueblo palestino queda atrapado en un conflicto que no controla y que nadie parece interesado en resolver.

No estamos ante un problema sin solución, sino ante uno sostenido deliberadamente. Esa diferencia es clave.

Bombardeos a infraestructuras civiles, bloqueo de recursos básicos, desplazamientos forzados. Y, frente a ello, una comunidad internacional incapaz de actuar. El veto en organismos internacionales no es una anomalía: es parte del diseño del sistema. Protege a quienes cuentan con respaldo de poder, independientemente de sus acciones.

Ni Washington ni Teherán sitúan a Palestina como prioridad real. Y en ese vacío, la violencia se normaliza.


Lo que preferimos no ver

Hay un punto en el que los datos dejan de ser cifras y se convierten en algo insoportable. Gaza representa ese punto. No como titular, sino como acumulación de nombres, de familias, de vidas que desaparecen de los registros.

Cuando un sistema necesita la muerte sistemática de civiles para sostenerse, no estamos ante un error ni ante daños colaterales. Estamos ante una agenda diseñada.

Lo que ocurre en Palestina no puede reducirse a autodefensa ni a seguridad. Es una ocupación prolongada, sostenida en el tiempo y respaldada por quienes tienen capacidad de detenerla y no lo hacen. El derecho internacional no falla cuando se viola. Falla cuando quienes deben hacerlo cumplir deciden que no les conviene.


Nombrar lo que ocurre

El coste de decir esto es real. La crítica política se confunde con prejuicio, y el debate se bloquea antes de empezar. No es un error: es una estrategia. Sirve para desactivar cualquier cuestionamiento incómodo.

Nombrar la ocupación como ocupación, exigir coherencia con el derecho internacional, no es tomar partido en un conflicto: es negarse a aceptar su prolongación.

El pueblo palestino no necesita que se le explique la resistencia. La ejerce desde hace décadas, en condiciones extremas. Su situación no es un conflicto identitario, sino la respuesta de una población a la que se le niega el derecho a existir plenamente en su territorio.

Lo que nos toca asumir

Entender Oriente Medio exige mirar más allá de los relatos simplificados. No es un escenario caótico ni irracional. Es un espacio deliberadamente estructurado por intereses globales.

La pregunta ya no es quién controla la región. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocer nuestra posición dentro de ese sistema. Porque la indiferencia no es neutral. Es una forma de participación.

Y mientras sigamos mirando sin cuestionar, el conflicto no solo continuará. Funcionará exactamente como debe.


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