La ficción no necesita ser verdadera para revelar una realidad histórica

En los archivos quedan nombres, denuncias y fragmentos de vidas que nunca llegaremos a conocer por completo. A veces, una película permite volver sobre esas huellas y nos hace imaginar más allá.
Sabina Mompó Toribio
29 oct 2026 09:35

¿Quién tiene derecho a contar el pasado? El cine y la historia siempre han mantenido una relación compleja. La ficción puede devolver visibilidad a experiencias que la historia ha dejado en los márgenes, pero el encuentro con las vidas reales nos recuerda que el pasado no es materia disponible para cualquier relato: exige imaginación, sí, pero también responsabilidad ante aquello que sabemos, aquello que ignoramos y aquello que no podemos reconstruir.

La bola negra es una de las películas —si no la película— que más atención mediática ha acaparado estos días. Sus directores, Javier Calvo y Javier Ambrossi, la han convertido en el fenómeno cinematográfico del momento. Tras conquistar los festivales internacionales, el filme apunta ahora a la carrera por los grandes premios, con los Oscar en el horizonte. A través de tres hombres cuyas vidas se entrelazan en épocas distintas, el filme construye un relato que conecta a quienes vivieron la guerra, a quienes los precedieron y a quienes todavía hoy arrastran sus secuelas. En un año en que se cumplen 90 del golpe militar contra la Segunda República, vuelve a poner sobre la mesa una cuestión incómoda: cómo y qué contamos sobre las vidas de quienes tuvieron que habitar un mundo que no los quería como parte de él.

La historia de quienes quedaron en los márgenes —de los invisibles, por recuperar la expresión de Fernando Vázquez García y Richard Cleminson— ha ocupado un lugar creciente en la historiografía de las últimas décadas. También lo ha hecho la transmisión entre generaciones, nuestra relación con un pasado que sigue interpelándonos. Pero la memoria no se construye únicamente en los archivos, las universidades o las políticas públicas. También se disputa en las pantallas, en los relatos literarios y en las historias que la sociedad convierte en parte de su cultura popular. ¿Qué ocurre, entonces, cuando la ficción se acerca a las vidas de aquellos que apenas dejaron rastro en los relatos dominantes? ¿Necesita una historia haber sucedido exactamente como se cuenta para ayudarnos a comprender una realidad histórica?

Fui al cine a ver La bola negra y salí pensando en Sebastián y Rafael. En sus miedos, sus deseos y las dificultades de vivir en una sociedad que condenaba su forma de ser y de amar. Después, como suele ocurrir cuando una historia te deja dándole vueltas a la cabeza, empecé a buscar qué había de real en la película y qué parte pertenecía a la ficción. Me encontré con las discusiones que suscitan las representaciones cinematográficas de figuras como Federico García Lorca. Al fin y al cabo, Alberto Conejero también ha tenido que imaginar a Sebastián y Rafael, darles una historia y hacerlos vivir en un pasado que, aunque reconocible, no tiene por qué corresponderse en todos sus detalles con hechos reales.

Claro que, cuando una es historiadora, a veces se lleva estas cosas a casa. Tenía la sensación de que aquella historia me recordaba a algo, así que volví a los materiales de mi tesis doctoral, en la que investigo sobre delitos sexuales durante la Guerra Civil. Fue entonces cuando volví a encontrarme con una historia que había quedado guardada en el Archivo del Juzgado Togado Militar de Zaragoza y que, de pronto, parecía dialogar demasiado bien con la de Sebastián y Rafael.

El expediente nos sitúa en marzo de 1938. Se instruyó entonces un proceso por lo que la documentación judicial describía como “actos inmorales”, una expresión habitual en el lenguaje de la época para referirse a los llamados “abusos deshonestos”. Investigar los delitos sexuales en la Guerra Civil tiene estas cosas: una empieza siguiendo el rastro de denuncias y procedimientos judiciales por abusos sexuales y acaba encontrándose con situaciones que perseguían encuentros íntimos, aparentemente consentidos.

Como la de Martín y Abdela, dos hombres que compartieron una cama en el antiguo Hospital Musulmán de Zaragoza. Este tipo de centros se crearon para atender a los más de cincuenta mil soldados marroquíes que fueron trasladados a la Península para combatir junto a Franco. Abdela, perteneciente a uno de estos batallones, se recuperaba allí de sus heridas del frente; Martín, vinculado a la Milicia Nacional, se encontraba realizando tareas de apoyo en el hospital. Una enfermera y una encargada de la limpieza los sorprendieron, según consta en el expediente, “realizando actos inmorales”. La denuncia llegó a las autoridades y el asunto pasó a enjuiciarse a través de la justicia militar. El proceso penal que se abrió contra ellos es uno de esos documentos que hoy tengo entre manos, y que me ha devuelto a la pregunta con la que salí del cine.

Me resulta difícil no pensar en Sebastián y Rafael. También aquí hay un hospital militar, una camilla y dos hombres. ¿Se conocían Martín y Abdela de antes? ¿Había algo más entre ellos? ¿Volvieron a verse? Los documentos no lo cuentan. El expediente del juicio permite seguir el rastro de la denuncia y reconstruir cómo las autoridades interpretaron lo sucedido, pero poco dice de quienes lo protagonizaron. No sabemos qué sintieron, qué significó para ellos aquel encuentro ni qué ocurrió después. Es una de las limitaciones de los archivos históricos: ofrecen una ventana a estas experiencias de vida, pero lo hacen a través del sesgo de las mismas instituciones que las registraron. La ficción puede imaginar lo que quedaba fuera de ese marco. La historia, en cambio, aprende a convivir con las preguntas que sus fuentes dejan sin respuesta.

Las vidas de Martín y Abdela nunca llegaremos a conocerlas del todo. Sabemos que sus caminos se cruzaron en un hospital militar, que alguien denunció aquel encuentro y que la justicia decidió intervenir. De lo que realmente ocurrió entre ellos, apenas tenemos pistas. Durante décadas, muchas experiencias homosexuales quedaron reducidas a eso: un expediente, una acusación, una condena. Quienes investigamos el pasado tenemos la responsabilidad de interpretar sus silencios y no confundir lo que ha quedado escrito con la verdad absoluta. Pero tampoco podemos llenar sus vacíos a nuestro antojo. Ahí quizá comienza el trabajo de quienes escriben, guionizan o llevan estas historias a la pantalla. Y ahí reside la fuerza de La bola negra: Sebastián y Rafael no necesitan haber existido tal y como Alberto Conejero y Los Javis los han imaginado para recordarnos que hubo otros hombres que tuvieron que enfrentarse a una sociedad que les negaba el derecho a ser quien eran. Porque la ficción no necesita reproducir los hechos exactos para revelar una verdad histórica: a veces basta con devolver la mirada a quienes el pasado dejó a un lado.

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