Opinión socias
Título: Fascismo: la infección que aprendimos a tolerar. Subtítulo: Cuando el sistema inmune democrático deja de responder.
Hay momentos históricos que no anuncian su llegada, no producen alarma inmediata, no activan reflejos defensivos. Se instalan. Se adaptan. Y cuando el cuerpo social reacciona, ya es tarde. Hoy volvemos a estar en uno de esos puntos de infección. El virus no es biológico y quizá por eso resulta más peligroso: circula sin síntomas claros en una sociedad entrenada para gestionar la inmediatez, no para sostener procesos largos de cuidado, memoria y responsabilidad.
Durante la pandemia de la COVID no teníamos mapa, pero sí conciencia de amenaza. El sistema inmune colectivo —a pesar de sus límites, errores, tensiones y desigualdades— logró activarse para proteger a los más vulnerables, aceptar restricciones y reconocer la interdependencia. En la crisis actual ocurre lo contrario. La infección nos resulta familiar. Tiene un lenguaje reconocible, promesas simples, soluciones rápidas. Y quizá precisamente por eso, el reflejo defensivo democrático permanece inhibido.
El fascismo, ayer como hoy, no irrumpe como una ruptura explícita, sino como normalización del deterioro. Se presenta como eficiencia, orden o protección frente al caos. Pero su verdadero efecto no es fortalecer el cuerpo social, sino debilitarlo desde dentro, erosionando los vínculos que permiten la vida común. Por eso, las organizaciones políticas que no protegen el sistema de bienestar ni el contrato democrático resultan más peligrosas que el propio virus: no solo no contienen la infección, sino que desmantelan los mecanismos que permitirían responder a ella.
Cuando se recortan derechos, se precariza la vida y se degrada lo público, el cuerpo social pierde capacidad de resistencia. El sistema de bienestar no es un lujo ni una concesión ideológica; es parte del sistema inmunológico de la democracia. Sin él, la sociedad se fragmenta, se vuelve vulnerable al miedo y más dispuesta a aceptar soluciones autoritarias a cambio de una falsa sensación de seguridad.
La democracia no colapsa de un día para otro. Se atrofia cuando deja de cuidarse. Ignorar esta lección histórica no es neutralidad: es abrir la puerta a una infección que, una vez normalizada, resulta mucho más difícil de erradicar.
Por Vanessa Vilas-Riotorto
Psicóloga clínica y experta en Neuropsicología
Máster en Gestión Hospitalaria y de Servicios Sanitarios
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