En la era de la tecnología no es suficiente tener una habitación propia

El día a día, el ruido, las notificaciones constantes y la economía de la atención están haciendo que cada vez tengamos menos capacidad de crear.
Anastasia Kondratieva
7 feb 2026 17:32

Vamos a suponer que trabajas en una oficina, que tienes un horario medianamente estable y la vida laboral tan solo ocupa cierta parte de tu tiempo: de lunes a viernes, de 8 a 17. Tienes un sueldo decente que te permite llegar a fin de mes sin lujos y a veces consigues ahorrar una modesta cantidad antes de que te llegue la siguiente nómina. Solo los factores enumerados hasta ahora ya serían suficientes para determinar que estamos hablando de una persona bastante afortunada. Si eres millennial además, es probable que te encuentres en ese limbo de los 30 y 40 y pocos donde todavía tienes la sensación de que podrías modificar tu rumbo vital, que todavía estás a tiempo.

Durante tu juventud has cumplido tu parte: has sacado notas aceptables en el colegio, has hecho la selectividad, después un grado superior o una carrera y poco a poco has terminado teniendo un puesto relativamente estable en una oficina haciendo algo que no odias del todo. Con este recorrido y si finalmente has decidido que no vas a tener hijos como mucha gente de tu generación, te encuentras inquieta. Expectante. Ahora que la vida no parece una conquista constante tienes la sensación de que podrías dedicarte a hacer algo que realmente te gusta fuera del horario laboral, algo que siempre has querido hacer y hasta ahora solo ha podido ser un hobby que has dejado y retomado de forma errática dependiendo de tu tiempo, tu estado de ánimo y tu economía. Imagina que tu gran pasión es escribir una novela.

Entre semana, hasta que consigues llegar a casa son muy pasadas las seis de la tarde. La mayoría de los días siempre hay algo que hacer: citas médicas y gimnasio (porque hay que cuidar de tu salud), compra semanal (porque tienes que ir a varios supermercados para poder comprar lo que quieres sobre todo si intentas cuidar los ingredientes), limpiar la casa (porque aunque no hay mucha gente en casa sabes que si no eres constante se te va a ir de las manos). Eso si no contamos los imprevistos, el coche, el piso, renovar las gafas, renovar alguna prenda de tu armario…así que entre semana podemos descartar un espacio dedicado a la creatividad. Decides que podrás encontrar algún hueco los fines de semana y así es: te sientas delante del ordenador para escribir. 

A los pocos minutos el cerebro empieza a mandarte señales de incomodidad: hay demasiado silencio. Coges el móvil y buscas tu app de música pero por el camino te das cuenta de que tienes varias notificaciones de Telegram e Instagram. Cuando terminas de contestar los mensajes pendientes y pasas a Instagram, la máquina tragaperras del feed te mantiene embobada durante unos minutos enlazando videos de gatitos y recetas rápidas de airfryer que procedes enlazar en la conversación contigo misma con la intención de cocinarlas algún día. Te acuerdas de que lo que ibas a hacer era poner algo de música pero antes de llegar a la app en la pantalla ves que han llegado correos del trabajo. No deberías mirarlos, ni siquiera deberías tener el correo del trabajo en el móvil pero si quieres conseguir esa subida de sueldo del 3% sabes que no te vendrán mal puntos extra y estar siempre atenta. Mientras lees el correo en cuestión te entran varios mensajes de Telegram más y un audio de una amiga que dura 4 minutos. Lo pones de fondo mientras terminas de leer el correo y apuntas mentalmente varias cosas que tienes que mirar mañana nada más llegar a la oficina. Un amigo te pasa un enlace diciendo que se ha muerto uno de tus actores favoritos. Te entristece mucho y abres Youtube para ver aquella escena de tu película favorita y después enlazas con un par de vídeos más de entrevistas con el fallecido y el algoritmo te acaba sugiriendo una cuenta de una youtuber que hace vídeos semanales sobre curiosidades del cine. Miras un minuto de varios de ellos y decides seguirla.

Han pasado casi dos horas desde que te sentaste a escribir y por fin consigues zafarte lo suficiente de tu móvil para centrarte en la pantalla del ordenador. Inspiras profundamente y comienzas a escribir. Pero no sale absolutamente nada. De fondo no paras de darle vueltas al correo que te ha llegado del trabajo, a la previsión de tiempo de mañana, al estado precario de tu caldera que ya te ha avisado que puede fallar en cualquier momento, al paquete de Amazon que tienes que devolver, a la compra de Aliexpress que tenías pendiente en tu cesta virtual. Cuanto más te atascas a la hora de escribir más vistazos le echas al móvil y finalmente terminas poniendo una serie de fondo para ver si eso te anima. Claudicas media hora después y te pasas al sofá.   

Decía Virginia Woolf que para poder escribir una novela una mujer necesitaba una habitación propia y dinero. Hoy, además, lo que necesita es silencio y un cerebro capaz de soportarlo.

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