Opinión socias
Sí, efectivamente, la IA apesta a muerte
Fui AI Trainer (en cristiano, entrenadora de la IA) durante un año y medio y en ese tiempo aprendí mucho sobre las tripas de lo que llaman inteligencia artificial. Ahora la observo con desagrado, desde lejos.
Me produce un rechazo visceral, y más aún cuando escucho a mis hijos comentar las cosas que les preocupan y, acto seguido, las soluciones que les ha dado ChatGPT.
Me espanta que en lugar de explorar información por sí mismos o consultar mi opinión —o la de cualquier otra persona— se dirijan a ese ente inanimado detrás del que no hay más que matemáticas y negocio, pero que actúa como si fuera un ser pensante y comprensivo que te llama por tu nombre y trae a colación lo que le has preguntado otras veces, como si te conociera personalmente, con frases del estilo de “como hemos hablado…”
Mucho peor es cuando se inventa la información o se lía con las instrucciones que le das: “Comprendo tu frustración”, te suelta. Pero ¿qué vas a saber tú lo que es la frustración, pedazo de engendro?
Se ha perdido el control
En 2024, a los modelos de lenguaje que auditábamos los corregíamos y penalizábamos cuando se mostraban pseudo-humanos, pretendían dar opiniones o tener sentimientos. Eso estaba completamente prohibido y se nos insistía constantemente en que lo vigiláramos; pero ahora compruebo que cada vez lo hacen con más soltura.
Parece que las reglas han cambiado y los gurús tecnológicos le encuentran más rentabilidad a la idea de que la gente los use como psicólogos. Eso engancha.
Finalmente no necesitaremos ni amigos de carne y hueso, porque los desahogos se harán sobre el teclado en lugar de frente al café.
¿Es eso lo que queremos para el futuro? ¿Da igual cuánto se nos advierta y qué voces autorizadas lo hagan, de los riesgos que conlleva entregarle nuestros datos, nuestros pensamientos y nuestra confianza sin filtro? ¿Nos da igual nuestra seguridad?
Nos la cuelan en cada web, en cada buscador, en cada navegador y en cada aplicación, y lo hacen sin consultar ni pedir permiso. Ayer conseguí liberarme de ella en mis documentos PDF, porque hasta el Acrobat me la había añadido a los papeles de trabajo.
Es tan sutil, disfrazada de “ayuda” (por otro lado completamente inútil) que no nos damos cuenta de lo invasivo de nuestra privacidad que es eso y de lo inaudito que es que ni siquiera se solicite nuestro consentimiento para implantarnos la “herramienta” como un chip en el cerebro, con tanta precaución que tenemos con las cookies. Válgame dios.
A la que te descuidas, a cualquier búsqueda en Google la sustituye el asqueroso chat “Modo IA” y el colmo es tener el logo “Meta AI” sobrevolando tus conversaciones privadas en WhatsApp y que no haya manera de desactivar aquella mosca cojonera ni nadie que lo denuncie.
Otra cosa es en lo que todo esto ha convertido el mercado laboral. Ya nadie es válido si no es experto, si no tiene formación y dominio en la utilización de los cachorros creados por los grandes magnates de la cosa. Se necesita periodista, pero que sepa manejar la IA. Olvídate si no. ¿Es el fin del periodismo como lo conocemos, o ganaremos la batalla los resistentes? Depende de nosotras y nosotros, pero, en todo caso, eso sí, el negocio de los másteres y formaciones a la carta sobre el asunto está servido. “Todo está conectado”, como revelaba la serie alemana Dark.
El avance es diario y la impunidad completa
La IA es la verdadera invasión. No son los pobres migrantes los que están reemplazando a la población europea, son los Grok y los Gemini que nos meten por los ojos en nuestros ordenadores, en nuestros móviles y en nuestras vidas, empachándolas de frases de autómatas: “Parece que este documento es largo, ¿quieres que te lo resuma?”. “Parece que este texto está en inglés. ¿Traducir?”
Como diría Fernán Gómez: ¡A la mierda!
Por eso leí con tanto alivio hace unos meses un titular bajo el que se publicaba una entrevista al filósofo francés Éric Sadin, paladín de la lucha contra el invento: “La IA apesta a muerte”, decía.
Me lancé de cabeza a leer. Y ¡cuánta razón tiene! Habría que prohibirla, defiende Sadin, porque amenaza las bases de la civilización humana.
En ese momento me sentí mucho menos sola.
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