La deshumanización empieza antes del odio

Lo cotidiano no era solo aquello que estábamos dejando fuera de los relatos. Era también el lugar donde, de alguna manera, todas podíamos reconocernos. No en las grandes consignas ni en las identidades cerradas, sino en experiencias mucho más simples y compartidas: cuidar a alguien, llegar cansadas a casa, preocuparse por el dinero, discutir con quien convives, intentar sostener vínculos, buscar momentos de calma en medio del ruido. Esa vida pequeña que casi nunca parece noticia y que, sin embargo, probablemente sea lo que más nos une.
Sara Lamo
17 may 2026 20:18 | Actualizado: 18 may 2026 10:07

Hay conversaciones que se quedan contigo mucho tiempo después de terminar. No porque alguien diga una gran frase ni porque todo encaje de repente, sino porque desplazan algo que ya no consigues volver a colocar del todo en su sitio. Esta empezó casi al margen, hablando con Andrea de Alharaca (medio de comunicación feminista salvadoreño), después de una sesión de trabajo sobre narrativas migratorias junto a periodistas y entidades sociales.

Llevábamos horas hablando de discursos de odio, criminalización, bulos y marcos mediáticos. Todo eso que ya sabemos identificar bastante bien. Sin embargo, la conversación terminó yéndose hacia otro lugar, uno mucho más difícil de explicar. Nos impresionaba darnos cuenta de hasta qué punto nos cuesta reconocer valor en la vida cuando la vida simplemente está sucediendo.

No en el sufrimiento extremo. No en la tragedia que obliga a mirar. Tampoco en las historias construidas alrededor de la utilidad o la productividad. Hablo de algo mucho más sencillo y, quizá precisamente por eso, mucho más invisible: la vida mientras pasa.

Las rutinas pequeñas. El cansancio al final del día. Alguien cocinando mientras escucha un audio de su familia. Una discusión absurda por quién baja la basura. Personas intentando sostener vínculos, criar, llegar a tiempo al trabajo o encontrar un lugar donde sentirse menos extranjeras. Todo eso que ocurre mientras el espacio público parece exigir constantemente intensidad, conflicto o excepcionalidad para detenerse a mirar.

Incluso en contextos atravesados por mucha violencia, la vida nunca queda completamente tomada por el horror. Ni siquiera una guerra está hecha solo de sufrimiento. En medio de todo eso siguen apareciendo el humor, el aburrimiento, las amistades, las contradicciones cotidianas. La vida sigue abriéndose paso en escenas que no terminan de encajar en el relato de la tragedia permanente.

Y quizá fue ahí donde apareció algo importante.

Porque lo cotidiano no era solo aquello que estábamos dejando fuera de los relatos. Era también el lugar donde, de alguna manera, todas podíamos reconocernos. No en las grandes consignas ni en las identidades cerradas, sino en experiencias mucho más simples y compartidas: cuidar a alguien, llegar cansadas a casa, preocuparse por el dinero, discutir con quien convives, intentar sostener vínculos, buscar momentos de calma en medio del ruido. Esa vida pequeña que casi nunca parece noticia y que, sin embargo, probablemente sea lo que más nos une.

La idea parecía sencilla, pero abría algo incómodo.

Muchas veces el espacio público solo parece reconocer ciertas vidas bajo formas muy concretas: la víctima o el ejemplo; la persona amenazada o la persona útil. La persona migrante que merece empatía porque ha sufrido muchísimo o aquella cuya legitimidad parece depender de demostrar cuánto aporta, cuánto trabaja o cuánto sostiene sectores enteros de la economía. Como si una vida tuviera que justificarse constantemente para ser reconocida como valiosa.

Incluso muchos discursos construidos para combatir la deshumanización terminan atrapados, aunque sea sin querer, dentro de esa misma lógica. Cambia el tono del relato, pero no necesariamente la forma de mirar. Seguimos pidiendo pruebas: de sufrimiento, de integración, de esfuerzo, de productividad. Mientras tanto, queda fuera casi todo aquello que realmente compone una vida.

Tal vez por eso aquella conversación conectaba tan fácilmente con ciertas miradas feministas que llevan mucho tiempo intentando nombrar lo que ocurre fuera del foco principal. Los cuidados rara vez aparecen como acontecimiento porque funcionan sosteniendo continuidad. No producen épica; evitan que todo se caiga. Mantienen el mundo funcionando mientras la atención colectiva está puesta en otra parte. Y quizá algo parecido sucede con muchas vidas migrantes, que aparecen en el discurso público convertidas en conflicto, amenaza, tragedia o ejemplo de superación, pero mucho menos como vidas atravesadas por la complejidad cotidiana que cualquiera reconocería en la suya propia.

Deshumanizar no consiste únicamente en insultar o difundir odio explícito. A veces empieza mucho antes, en el momento en que una vida solo se vuelve narrable si puede resumirse en una función clara: víctima, problema, dato, caso de éxito, mano de obra. Todo aquello que no encaja bien en alguna de esas categorías pierde espesor y desaparece del campo de visión.

Quizá el problema no sea solo cómo hablamos de migración. Tal vez tenga que ver también con una dificultad más amplia: la de reconocer valor en la vida cuando no aparece convertida en espectáculo, amenaza o rendimiento. La vida que sigue mientras aparentemente no pasa nada extraordinario. La que sostiene el mundo mientras el mundo mira otra cosa.

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