Derechos humanos y de los pueblos ante el sionismo

El modelo angloamericano de derechos humanos, fundado en el individualismo posesivo, resultó funcional al capitalismo y al sionismo. Hay una alternativa: reivindicar los derechos de los pueblos presente en el modelo iberoamericano de DDHH.
Fernando Rovetta Klyver
25 may 2026 09:13 | Actualizado: 25 may 2026 11:23

Hemos pasado de una era de cambios a un cambio de era. No sólo en lo ecológico, sino también en lo político, económico, social y cultural. Conviene pensar la complejidad de este escenario de “policrisis” que, además de peligroso, puede albergar -aunque escasas- razones de esperanza. Describiremos (I) tres síntomas del diagnóstico anterior, luego (II) intentaremos analizar sus orígenes en los modelos históricos de derechos humanos y (III) propondremos unas hipótesis sobre su actualidad y la emergencia del sionismo.

I

Un mecanismo de defensa del psiquismo humano es la negación; ahí están los negacionistas del cambio climático, que también niegan el genocidio actual y la dignidad de los más empobrecidos, ya sean personas o países. Preocupa que cada vez sean más, más en número, en soberbia y en deterioro de su condición humana. Prueba de ello es que hayan emergido líderes, como los que reúne Trump para su Plan de Paz para Gaza, cuyo prontuario atenta contra la evolución de la humanidad.

El cambio de era geológica, que entre otros Paul Crutzen llamó “andropoceno”, alude a que el modo de producción y consumo humanos han llegado a generar cambios en la tierra y en la cadena trófica de otras especies, como los micro-plásticos en los mares. Ya planteamos -en otra oportunidad- que sería más correcto hablar de “androceno”, dado el especial protagonismo masculino o patriarcal en este modo de dominio despótico de la naturaleza.

Pero ese cambio, que afecta a nuestro clima y nuestra ingesta, también ha llegado a deteriorar nuestro modo de convivencia basada en reglas. A 80 años de la Carta de la ONU, asistimos a una Nakba (catástrofe) global, según Karmi Bolton. No sólo se niega el derecho internacional, para cambiar el gobierno de otro país, convirtiendo en espectáculo el bombardeo y los secuestros, como ocurre en Gaza hace años; también se desconoce el derecho interno. La fiscal general de EEUU, Pam Bondi, se niega a publicar detalles del caso Epstein que probarían que Trump es un pederasta. En notorio contraste, en el caso español, al Fiscal General se lo destituye por haber presuntamente filtrado una información que ya habían publicado periodistas.

La situación actual es caracterizada por Yanis Varoufakis como un tecno-feudalismo neoliberal y por Edgar Morin como una sociedad sumisa afectada por una policrisis, que se niega -otra vez el síntoma- a ejercer el principio kantiano de la Ilustración que consiste en “pensar por uno mismo”. En la era de la inteligencia artificial es más cómodo confiar en algoritmos que resumen lo que piensa la mayoría. Es decir, estaríamos regresando a lo premoderno, o entrando a la distopía orwelliana: 1984.

II

Si bien los derechos humanos, en tanto que reivindicaciones éticas, tienen antecedentes antiguos y medievales, su dimensión jurídico-política la adquieren al comienzo de la modernidad y se refuerzan en 1945. La emergencia de los Estado-Nación y los Derechos de sus Ciudadanos, todo ello está en crisis ante el poder económico de empresas, bancos y millonarios con activos superiores a los presupuestos de muchos Estados depauperados. ¿Hubo algún “defecto de fábrica” en este proyecto moderno?

Richard Morse en “El espejo de Próspero” sostiene que, en la historia moderna de Occidente no hubo uno, sino dos modelos jurídico-políticos: el angloamericano y el iberoamericano. Éste se pergeñó en el Siglo de Oro español con teólogos como Vitoria y Suárez, mientras que aquel lo sucedió con filósofos como Hobbes, creador del Leviatán, y Locke, defensor de la propiedad privada sin límites. Con estas premisas el modelo angloamericano “prosperó” globalmente desde el s.XVII hasta generar las actuales aporías. Por ello, sugería Morse en 1972 que nos volvamos para ver -en el espejo retrovisor- al modelo iberoamericano que quedó atrás. Algo similar, plantea Aurelio de Prada (2025) comparando la obra de Velázquez y la portada del libro de Hobbes: superar la “mirada Leviatán” y recuperar la “mirada Menina”. Si con aquel los ciudadanos sólo miraban al soberano, en ésta el pintor mira al espectador como invitándolo a participar del escenario político.

Sostenemos que las principales diferencias entre estos modelos están en sus fundamentos éticos y en su relación con el derecho. El fundamento del modelo angloamericano es el “individualismo posesivo” (Mac Pherson), mientras que el del iberoamericano es el “personal(gent)ismo comunicativo” (FRK).

La diferencia es doble: el sujeto del derecho y el derecho propuesto como modelo. El individuo, aislado, es el titular de derechos angloamericanos. Por el contrario, la persona que participa de comunidades, como los pueblos (gentes) son las titulares de derechos iberoamericanos, incluso el ecosistema, según la actual Constitución de Ecuador.

También difieren en el derecho propuesto como paradigmático: la propiedad o la comunicación, porque mientras que apropiarse es una relación que podemos ejercer con las cosas, comunicarse es un modo de relación entre personas o pueblos. Si quisiéramos apropiarnos de personas o pueblos los denigraríamos, mientras que si nos comunicamos con animales o plantas les otorgamos mayor rango ontológico.

La tercera diferencia entre los modelos anglo e iberoamericano se da en su vínculo con el derecho, tanto interno como internacional. Vitoria fue el creador del derecho internacional al reinterpretar el derecho de gentes romano: ius inter homines (Gayo) por iusinter gentes. Este derecho pretendía poner límites a los colonizadores de América, reconociendo el derecho de los pueblos originarios. Suárez, a su vez, fue el principal impulsor de la soberanía popular, que a través de T. Hoocker se plasma en la primera constitución moderna: Fundamental Orders del Estado de Connecticut (1639).

Por su parte, Hobbes propuso un Estado-Leviatán (1651) dotado de soberanía entendida como una potestas soluta, un poder ilimitado que aglutinara los tres poderes estatales más el eclesial, poniéndose por encima de las normas que él mismo creara. En consonancia con ello, el príncipe sería la única autoridad para declarar una guerra, que podía ser ofensiva y en la que primara el principio de eficiencia para lograr un derecho leonino sobre el vencido, según Grocio (1625). De este modo se oponía a la doctrina de Vitoria (1539) que declaraba justa solo a una guerra defensiva, que puede declararla el pueblo, usando de moderación en la violencia y en la victoria. Esto último queda reflejado en el cuadro de Velázquez Las Lanzas, donde el vencedor español evita que el vencido holandés se arrodille, como señaló Aurelio de Prada.

Por su parte, Locke defendió la propiedad privada que no se limitara a lo necesario (como habría propuesto Vitoria), sino que se expandiera en virtud de la versatilidad del dinero. Y, desconociendo los límites razonables que proponía Domingo de Soto al derecho al lucro, Bentham publicó su Apología de la Usura (1787) reforzada por su Psicología del Homo oeconomicus que busca el máximo beneficio propio “cualquiera sea el efecto en relación con la dicha de otros seres similares, uno cualquiera o todos ellos en conjunto”. Lo que es el primer dogma del neoliberalismo actual.

Con tal concepción de los derechos ilimitados a la propiedad y al lucro, la desigualdad a escala global se disparó: el 10 % más rico posee el 75 % de las riquezas, el 50 % más pobre el 2% (PPA 2025), y el 40% medio el 23 %. El neoliberalismo convierte al derecho en siervo del poder económico, las empresas actuales invierten donde hay menos normas que protejan al ecosistema o a los trabajadores, como en la reciente “modernización laboral” impuesta en Argentina. Mientras algunos bancos norteamericanos y europeos invierten en armamentismo, como el Santander, el BBVA y la Caixa, según los Informes 66 (2024) y 71 (2025) del Centro Delàs sobre “La banca armada”.

III

Si bien la confrontación entre modelos proviene de una tesis doctoral, la ofrecemos aquí como herramienta teórica para ponderar los alcances de esta crisis global. Pero si Morse los refería solo a Occidente, cabría ver si pueden aplicarse mutatis mutandi a escala planetaria, y proponer una hipótesis sobre cada uno de ellos.

A ) Según Morse el modelo iberoamericano solo tuvo vigencia en el Siglo de Oro, pero sospechamos que mantuvo su pregnancia en las Cortes de Cádiz o incluso cuando, terminadas las gestas independentistas, Bolívar propuso a la Corona española una relación entre iguales. Con mayor claridad fue recuperado con la Carta de la ONU, cuyo preámbulo (redactado -entre otros- por J. Maritain) habla de “nosotros los pueblos”.

No obstante, la misma Carta, pretendiendo garantizar el “principio de igualdad soberana de sus miembros” (art.2.1), atenta contra él -generando asimetría- al crear el Consejo de Seguridad, integrado por cinco miembros permanentes y con derecho a veto (art.23). Pero, entre estos, si los dos angloamericanos pretenden imponerse por su poderío militar, encuentran un adversario en el terreno económico, cuya hegemonía están perdiendo. Prueba de ello es que, tras denunciar China en el Consejo (05/01/26) que “EEUU ha vulnerado gravemente los principios de igualdad soberana y no injerencia…” al atacar Venezuela, el país asiático ha otorgado a Cuba un paquete financiero de 68 millones de euros y una ayuda alimentaria de 60.000 tn. de arroz. No serán regímenes democráticos, pero sus habitantes y pueblos tienen derecho a alimentarse para poder reclamar soberanía popular.

B) El modelo angloamericano de los derechos humanos -desde el s.XVII- no contempla el derecho de los pueblos, legitima la colonización; no cuestiona al capitalismo, lo legitima al extremo de sostener que “no hay alternativas” (Thatcher), y así reduce el ecosistema a mero subsistema económico que provee materia prima. Con su afán expansionista a cualquier precio y una apuesta incontrolada por el armamentismo y la violencia, parece inspirado más en lo hebreo que en lo cristiano, en el Antiguo Testamento que en el Nuevo. Esto podría explicar la simbiosis entre los gobiernos de Trump, Netanyahu y Milei, masacrando a palestinos o expulsando a inmigrantes como expresión del sionismo-neoliberal, soñando con un resort turístico que en estos días se promociona en FITur de Madrid.

Esta hipótesis queda reforzada por el documentado libro de Stephen Sizer: “Sionismo Cristiano. Hoja de ruta a Armagedón” (2008). Este sacerdote anglicano señala que aún antes que el sionismo judío, relanzado por Theodor Herlz (1896), existió un sionismo cristiano primigenio estimulado por la Reforma, que sostenía que si en el Génesis Dios hizo una Alianza con el pueblo elegido para entregarle una tierra, todo cristiano que pretenda salvarse debe contribuir a que ello se cumpliera. Si aquel sionismo tuvo origen en Inglaterra, después de 1967 se refundó en EEUU, donde llegó a reclutar 100.000.000 de creyentes que vieron en el resultado de la guerra de siete días un signo de los tiempos, frente a su desastrosa guerra de Vietnam (1955-75).

Concluimos: que el capitalismo desde sus orígenes tenga raíces teológicas lo han estudiado desde Max Weber (1905) hasta Walter Benjamin (1921), quien lo calificó como “religión de culto puro” que produce culpa, deuda y ansiedad incesantes. Esto permite postular que asistimos a una metamorfosis agónica de la soberanía angloamericana que pasa del Estado-eclesial al Mercado y regresa para devaluar las democracias y naturalizar las guerras. Para esta simbiosis de poderes económico-político-religioso nada importan los pueblos de Palestina, Cuba o Groenlandia ¿Podrán los pueblos -de los que participamos- defender su soberanía? En el gesto solidario de China con Cuba, ¿se puede ver la emergencia de un mundo bipolar? ¿o multipolar si consideramos los BRICS? Para encontrar respuestas conviene ejercer nuestra capacidad de pensar críticamente y de expresarnos con una libertad que no niegue la igualdad, ni la fraternidad entre personas y pueblos.

Fernando Rovetta Klyver (UCLM-UNT)

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