Gianni Q. Zecca
9 mar 2026 14:27

Culpable. Me declaro culpable, Señoría. Culpable por haber empadronado fraudulentamente –así lo define el Departament de Salut de la Generalitat– a Toni y Gabriela en mi apartamento –que además no es el mío, sino el de un propietario muerto de pasta que supravive en Mallorca indigestándose con el dinero de mi alquiler. Pero ahí están, tanto Toni como Gabriela, empadronados en mi casa y con una tarjeta sanitaria que a Gabriela le ha permitido curarse y a Toni sobrevivir.  


Gabriela ~

La conocí un sábado de 2021. Me contó que desde hacía un tiempo se había ganado un puesto privilegiado en la entrada de una cadena de panaderías donde, cada mañana a las ocho, desplegaba su alfombra de cartón, se cerraba como un puño en el caparazón de su abrigo rojo y se hacía pequeña y triste para inaugurar un nuevo día en su oficio de mano tendida. Éste sí, el oficio más viejo del mundo.  

– Un café solo.

Insistí. 

– Bueno –cedió– pues un café largo. 

Con un castellano arrancado a mordiscos, me contó que desde hace ocho años malvive en Barcelona, no muy lejos de ahí, con Toni, su pareja, en un «piso mucho frío y mucho dinero pedir» –una frase que repetía como un mantra.

Le pregunté dónde estaba ese piso, y ella levantó el brazo derecho intentando indicarme un lugar cercano, dejando al descubierto las heridas abiertas que la calle había dejado en las costuras de su abrigo. Intenté descifrar el movimiento de su mano para guiarme con la imaginación entre las callejuelas que me indicaba, pero nuestras miradas chocaron enseguida en una mueca de incomprensión y desazón, y Gabriela, desquiciada ya, se levantó de un arrebato y empezó a malcorrer hacia la calle que me había indicado hasta desaparecer en la confusión de los sábados.  

Volvió a los pocos segundos, con un chancleteo enfadado y acompañada de un hombre que arrastraba su cuerpo desencajado, casi tropezando a cada paso con la manta que desbordaba bajo su brazo derecho (aunque, poco después, descubrí que sus tropiezos no se debían precisamente a la manta). 

– Él, Toni, novio –dijo Gabriela agotada. Y volvió a su oficio de mano tendida derivándome con ademanes afilados a Toni, su departamento de comunicación particular.


Toni ~

Toni mascullaba algo más de castellano y al fin pudimos comunicarnos de alguna manera. Me contó que malviven en un bloque de pisos inacabados y ocupados por un connacional de oficios cuestionables que les extorsiona mensualmente 120 euros a cambio de un cuarto que no supera los nueve metros cuadrados. Sin luz. Ni calefacción. Ni duchas. Ni cocina. Ni muebles. Y ni siquiera agua corriente. Sólo muchas ratas, un colchón marrón muy marrón en el suelo y un baño que comparten con una decena de desconocidos, y cuando necesitan desechar sus necesidades se sirven de una jarra de agua que rellenan en una fuente pública. Toni, además, es diabético tipo uno. Insulinodependiente. Y la única insulina que recibe se la envía su madre septuagenaria –diabética también– desde su país, hasta que algún día esto –inevitablemente– se acabe. 

– ¿Y luego qué harás? –pregunté. 

– Morir ¿no? –contestó encogiéndose de hombros con una mueca de obviedad.

Silencio. 

La solución, me cuenta, sería empadronarse, pero no dispone ni sueña con suficientes ahorros como para pagar los 400 euros que le piden para un falso empadronamiento, trámite que le permitiría el acceso a la sanidad pública, es decir, insulina y vida eterna. O al menos así sería hasta que siga pagando cada año la misma cuota a su alcahuete y cumpla su noble deber de contribuyente en el mercado negro de la desesperación. 

Corre mucha calle en las venas de Toni y sabe muy bien que el empadronamiento es un trámite gratuito, pero en ocho años nadie se había mostrado dispuesto a ayudarle sin cobrar por ello.    

Me ofrecí para empadronarlos en mi piso. Y costó mucho trabajo convencerles de que no había nada más que altruismo en mis gestos. Ardua tarea la de confiar en un desconocido después de ocho años a la intemperie de la indiferencia. Pero insistí. Y ambos, finalmente, aceptaron.

Toni agradeció algo más escéptico y se alejó arropado en su cotidiana resignación, tropezando a cada paso con una cojera ya demasiado evidente como para no preguntarle. Me contestó enseñándome su tobillo. Tenía el tamaño de una naranja porque llevaba seis años roto, desde que se lo malcuraron en un hospital de Badalona. Un yeso hasta la rodilla. Nos vemos en un mes. !Uy¡ esto no tiene buena pinta, habrá que operar. Luego otro médico del mismo centro concluyó todo lo contrario, y mientras ellos debatían sus quehaceres deontológicos, Toni iba arrastrando su tobillo a lo largo de seis años de calle hasta perder casi por completo su movilidad. 

Ninguno de los dos médicos volvió a contactar con Toni. 


Toni y Gabriela ~

Toni y Gabriela se conocieron en la estación de tren de su pueblo. Creen recordar que era el 2013 o algo así, que fue más o menos el año en el que el tiempo se les comenzó a desdibujar. Él era un joven de sueños pequeños. Tenía 27 años y un porte militar. Vestía vaqueros claros y un polo ajustado, una cabellera corta y frondosa y unos ojos vivos enmarcados por unos pómulos sonrosados y carnosos. Gabriela se acercó. Le pidió un cigarro, y él accedió. Le preguntó si estaba sola. 

– Sí –dijo ella. 

– ¿Pero sola sola? –quiso asegurarse él. 

Hubo un silencio. Y finalmente ella también accedió. 

Gabriela tenía 36 años y una vida devastada. El nuevo milenio la acogió arrebatándole el marido de un infarto y sus planes de madre con un fibroma uterino que la llevó a una desastrosa histerectomía. Perdió su trabajo de limpiadora de escaleras en condominios particulares, porque –dice– la limpieza ya es cosa de ricos. Y en su país ya no hay ricos. En menos de un año, Gabriela ya no era Gabriela. Su rostro limpio y de mirada maternal se convirtió en un calco de la desesperación, la misma desesperación que la llevó a aquella estación. Y puede que no fuera precisamente para subirse a un tren. 

– Vente conmigo y nos ayudamos –le propuso Toni. 

– ¿Es verdad? –le pregunté a Gabriela. 

– Sí –me dijo avergonzada encerrándose en su pecho para esconder su sonrisa despoblada y sus ojos empapados. Y quise pensar que en aquel momento, en aquella estación, Gabriela se conmovió igual antes de decirle a Toni que sí, sí a todo, que aceptaba irse con él. Pero con dos condiciones: que le esperase tres días para empaquetar su vida anterior y que le diera otro cigarro. 

Tres días después, puntuales como en las peores películas, partieron hacia España, la tierra prometida. Hasta que España no mantuvo su promesa.

Habían pasado ocho años desde aquel tren. Y lo único que les había quedado era el tabaco y la desesperación, los únicos dos vicios que acabaron uniéndolos. 

Las ratas ~

Volví a las dos semanas a la calle de siempre para asegurarme de que Toni hubiese recibido su dosis de insulina pagada también con mis impuestos. Pero no encontré a ninguno de los dos. 

Los busqué, pero en vano. Entonces recordé los gestos desbocados de Gabriela e intenté adentrarme en las callejuelas cercanas en busca de la vivienda y probar suerte. Cuando la encontré me sorprendió ver que era tal y cómo me la intentó explicar Toni. Al menos lo que quedaba de ella. Era una callejuela en la zona alta de Barcelona. Una calle limpia y ordenada, adornada en sus dos bandos con macetas siempreverdes y casetas simétricas y blanquísimas como la sonrisa de vuestros niños y niñas. En medio, un lengüetazo de asfalto negro y nuevo abría paso a las cuatro patrullas que apoyaban dos unidades de bomberos. La fachada de un bloque de pisos inacabados había cedido. Al parecer, dos de los pilares cilíndricos que soportaban el peso de dos plantas de andrajos e indigentes se habían rendido, vomitando hacia la calle una avalancha rojiza y polvorienta de ladrillos, cemento, cristales, cajas de ropa, añicos de baldosas, restos de comida, una silla destartalada y un colchón marrón muy marrón. 

Pregunté a un agente. 

– No, no había nadie. Sólo ratas –respondió.

Epílogo ~

Me los he vuelto a encontrar hace unos días, arrastrando sus vidas en las mismas maletas. Y me han contado que Gabriela pudo curarse un problema en la cadera, que Toni recibe insulina regularmente y que dentro de unos meses le operarán el tobillo que la misma sanidad catalana le destrozó.

En suma: siguen sobreviviendo, que en su caso no es poco. Al menos hasta que el Departament de Salut de la Generalitat decida a ellos arrebatarle la tarjeta sanitaria y a mí imputarme por un delito que supone penas de hasta tres años de prisión. 

Aún así, Señorías de la Generalitat, si este es nuestro delito, hemos decidido que seguiremos delinquiendo.


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