Rocío Abella
25 jun 2026 11:08 | Actualizado: 25 jun 2026 13:40

Hay una prueba sencilla para saber si eres buena madre. Es la siguiente: si en algún momento del día has pensado en ti misma, has fallado.

No importa si llevas tres años durmiendo mal. No importa si dejaste tu carrera, tus amigos, tu cuerpo, y una versión de ti que ya no reconoces en el espejo. No importa si estás presente, si eres paciente, si quieres a tus hijos con una intensidad que a veces asusta. Si en algún momento has querido un rato para ti, si has suspirado cuando te han llamado mamá la decimoséptima vez en diez minutos, si has pensado “necesito descansar”, entonces ya sabes dónde estás parada: en el banquillo de los acusados.

La culpa materna es un sistema de vigilancia extraordinariamente eficiente porque no necesita vigilantes. Las madres se lo hacen solas. Internalizan el tribunal, memorizan el reglamento, y se juzgan con una severidad que ningún juez externo se atrevería a aplicar. Es casi admirable, si no fuera tan devastador.

La madre que trabaja siente que abandona. La madre que no trabaja siente que se pierde. La que da el pecho culpa a la que no puede o no quiere. La que usa pantallas se odia. La que grita se odia. La que no grita sospecha que está reprimiendo algo. Es un sistema cerrado, hermético, sin salida posible, diseñado con la precisión de una trampa, porque independientemente de lo que hagas, hay una voz que ya tiene preparado el cargo.

Y encima se llama instinto. Como si la culpa fuera natural, inevitable, parte del paquete. Como si viniera de serie con la maternidad y no de décadas de expectativas imposibles apiladas una encima de otra hasta formar una estructura que aplasta.

Pensemos ahora en el padre. No en todos, evidentemente, pero sí en el marco que a la mayoría le han ofrecido y que demasiados han aceptado sin rechistar. Le han dicho que con poco basta, que aparecer ya es mérito, que cambiar pañales es excepcional y no rutina. Y en lugar de rechazar ese trato por lo que es, una expectativa que le infantiliza y le recorta, muchos lo han firmado con comodidad. La trampa existe porque alguien decidió quedarse dentro de ella.

Fíjate además en el vocabulario, que no miente nunca. Él “ayuda” en casa. Ella “gestiona”. Él “cuida” a los niños un rato. Ella simplemente “es madre”, las veinticuatro horas, sin verbo que lo acompañe porque el verbo ya está dentro del sustantivo. Ese lenguaje no es inocente ni accidental: describe un acuerdo que alguien propuso y alguien aceptó. Y los acuerdos, a diferencia de los instintos, se pueden renegociar. Requiere querer hacerlo.

Porque no es que los padres sean incapaces de sentir culpa. Es que muchos no se la buscan. No abren ese cajón. No se preguntan si están haciendo suficiente, porque la pregunta en sí requiere un nivel de autoexigencia que nunca les enseñaron a aplicarse, y que tampoco nadie les reclama. La culpa materna tiene industria propia: libros, podcasts, grupos de WhatsApp, artículos de revista, conversaciones de sobremesa. La culpa paterna no tiene ecosistema porque demasiados han preferido no habitarlo. Y eso, también, es una decisión.

Y ahora es cuando algún padre que está leyendo esto se remueve en la silla. “Yo no soy así. No todos los hombres. Yo me implico, yo estoy presente, yo soy de los buenos.”

Vale. Bien. Oye, en serio, bien.

Ahora quédate un momento con esa sensación. Con ese reconocimiento que esperas, esa palmadita implícita, ese “por ti no va esto, claro”. Quédate con ella y pregúntate de dónde viene. Porque si de verdad eres de ese porcentaje que asume la co-responsabilidad de verdad, no la de Instagram sino la de los miércoles a las ocho de la mañana, entonces llevas el peso mental de saber qué talla de zapato tiene tu hijo, que el jueves hay que entregar un trabajo sobre el mamut, que ya es la tercera vez que tu hija vuelve con un agujero en el pantalón del uniforme y que toca llamar al colegio, que se acabó el zumo, que la revisión del médico es la semana que viene y que aún no has llamado para pedir cita.

Si haces todo eso, enhorabuena. Estás haciendo lo que hay que hacer. Se te otorga exactamente el mismo reconocimiento que recibe una madre por hacer lo mismo: ninguno. Porque no es un mérito extraordinario. Es la base. Es el mínimo. Es lo que significa tener hijos.

¿Frustrante? Bienvenido.

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