Opinión socias
El cuidado no cabe en el trabajo
No fue solo el cuerpo el que se abrió. Fue el mundo el que crujió entre mis piernas.
Parir no terminó en el paritorio. Abrió una grieta en el tiempo, en el lenguaje y en la forma de estar. Desde ahí escribo: para nombrar un desajuste que es íntimo y político a la vez. La distancia entre la vida que se sostiene y el mundo que no sabe sostenerla.
Después del parto no llegó el alivio prometido. Llegó el temblor. La pregunta que se instala en la madrugada: ¿quién soy ahora? No es solo un cambio de etapa. Es una fractura. El tiempo se descompone, el deseo se desplaza y el nombre ya no sirve del todo. Y, sin embargo, el mundo sigue como si nada. Como si no hubiera ocurrido nada importante.
El sistema nos quiere iguales que antes: productivas, disponibles, rápidas. Que volvamos pronto, que no interrumpamos. Como si el cuerpo que sangra, amamanta y no duerme pudiera encajar sin resto en la lógica de siempre. Pero no puede.
Lo entendí la primera vez que salí sola con el carro. El trayecto era el de siempre y, sin embargo, todo se volvió hostil: bordillos que no bajan, puertas que no esperan, semáforos que cambian demasiado rápido. El espacio público dejó de ser neutro. Nunca lo había sido. Está diseñado para cuerpos autónomos, sin cargas, que no paran y no cuidan.
Empujar un carro por la ciudad es una forma de conocimiento. Te muestra lo que no estaba previsto. Te enseña que la lentitud no es un fallo individual, sino un problema político. Que hay vidas que no han sido pensadas.
En casa, el cuerpo seguía abierto. Sangraba. Amamantaba. Sostenía. Se habla del cuidado como amor, como entrega, como instinto. Se habla menos de lo que desgasta: del cansancio que no se resuelve durmiendo, de la dificultad de existir fuera de la función, de la forma en que el yo se diluye en una niebla persistente.
Cuidar, cuando no se sostiene colectivamente, deshace. No por el vínculo con la criatura, sino por el vacío alrededor: la falta de red, de lenguaje, de reconocimiento. Por la ausencia de estructuras que acompañen lo que está ocurriendo.
Se repite que hace falta una tribu para criar. Pero la tribu no aparece por arte de magia. No basta con el deseo de acompañar. No basta con el amor. La red no es instinto. Es construcción. Y cuando no se construye, el cuidado recae —una vez más— sobre los mismos cuerpos.
Los datos lo confirman. En España, las mujeres asumen de forma mayoritaria el cuidado cotidiano de hijos e hijas. No es una elección individual. Es un reparto estructural que organiza quién sostiene la vida y quién puede seguir produciendo como si sostener no existiera.No es una anomalía.Es el diseño.
Ese diseño también se mide en tiempo: las mujeres dedican de media más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres, en torno al doble según la Encuesta de Empleo del Tiempo del Instituto Nacional de Estadística (últimos datos disponibles).
A esa desigualdad se suma otra menos visible: la de clase y la de origen. Muchas veces, para que algunas mujeres puedan conciliar, otras —frecuentemente migrantes— sostienen los cuidados en condiciones precarias, sin derechos y lejos de sus propias redes. No es una cadena de decisiones aisladas. Es un sistema que se apoya en trabajos invisibles para seguir funcionando.
Cada año, el 1 de mayo ordena la conversación en torno al empleo, los salarios y las jornadas. Es necesario. Pero deja fuera una pregunta incómoda: qué cuenta como trabajo y qué queda al margen. Porque mientras medimos lo que se produce, seguimos sin medir lo que sostiene la vida cuando el empleo termina.
También en los permisos se revela el límite: días tasados para duelos o cuidados urgentes, como si la vida pudiera ajustarse a un cómputo fijo. Cuando no cabe, se vuelve problema individual.
No basta con organizarse mejor. No basta con dormir cuando el bebé duerme. No basta con poner límites.
Cuando el problema es estructural, las soluciones individuales llegan tarde y mal. En ese desajuste aparece la culpa: la sensación de no estar a la altura, de no hacerlo bien, de no llegar a todo. Pero la culpa es funcional. Desplaza la responsabilidad y convierte en fallo individual lo que es una falla del sistema.
El problema no es que no sepamos organizarnos. Es que intentamos sostener la vida en un sistema que no la prioriza.
Y eso tiene consecuencias en los cuerpos, en los vínculos y en la salud. También en la forma en que habitamos el espacio. Aprendí a moverme de otra manera: a buscar calles más anchas, bancos donde parar, lugares donde entrar sin incomodar. No era estrategia. Era supervivencia.
Y, aun así, en medio de esa hostilidad, aparecen gestos: una puerta que alguien sostiene, una mirada cómplice, un mensaje a tiempo. Pequeñas interrupciones de la lógica dominante.
Hacer espacio no siempre es levantar la voz. A veces es quedarse. Ocupar sin pedir permiso. No acelerar el paso. No esconder el cansancio. Cada gesto, por mínimo que sea, abre una grieta.
La pregunta, entonces, no es cómo encajar mejor el cuidado en el sistema actual, sino si estamos dispuestas a seguir llamando “trabajo” solo a aquello que se paga y se mide. Ampliar esa definición no es un matiz semántico: es una decisión política que afecta a derechos, tiempos y vidas. Si no lo hacemos, seguiremos llamando “trabajo” a lo que depende de que otras sostengan la vida fuera de derechos.
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