Opinión socias
El cuento de la propiedad privada
“Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.”
León Felipe
Desde nuestra infancia, no digo “tierna” porque las hay terribles, nos han contado el cuento de la propiedad privada. Pensadores como Adam Smith o F. Hayek, adalides del liberalismo económico, es decir, defensores del capitalismo, nos han dicho que es natural y que hay que defenderla por encima de todo (sí, de todo, incluida la vida). Por eso, quienes hacen las leyes, que no suelen ser quienes no poseen nada, se han empeñado en que sea un derecho recogido en la mayoría de las constituciones del mundo y, además, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, esa especie de sancta sanctorum legal al que se acude como sustento de cualquier demanda de justicia, pero que alberga en su interior una flagrante contradicción, porque convertir en derecho la propiedad privada sin ningún tipo de condición o límite moral, como recoge el Artículo 17, es incompatible con el primero y más importante de sus artículos que dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” La existencia de la propiedad privada hace inviables tanto la libertad como la igualdad de nacimiento y, por tanto, la dignidad.
Los 250 años que han transcurrido desde que Smith escribiera “La riqueza de las naciones”, documento fundacional del capitalismo moderno, y en el que prometía que la “mano invisible” autorregularía el mercado provocando el bienestar de la sociedad, nos han demostrado que es justamente lo contrario lo que ha ocurrido, que no es otra cosa que la acumulación, cada vez mayor, de riqueza en menos manos y el aumento de las diferencias económicas hasta límites escandalosamente inmorales.
Sobra decir, por tanto, que la propiedad privada es la esencia del capitalismo y que sin ella todo su edificio económico e ideológico se derrumbaría. Sin embargo, el cuento acerca de su carácter “natural” es eso, un cuento con el que quienes la defienden llevan engañando desde hace siglos a la humanidad que carece de propiedad, que es la inmensa mayoría. En efecto, en los inicios del género homo, hace casi tres millones de años, los grupos humanos se regían por la propiedad común de la tierra y de los animales que cazaban o pescaban, y es la llegada de la agricultura, hace unos 10.000 años, que trajo la desaparición en amplias zonas del mundo del nomadismo, la que impulsa la creación de zonas de terreno cercadas, aunque, eso sí, pertenecientes en usufructo a la comunidad vinculada a la familia, la tribu o la etnia. Por tanto, en absoluto se puede afirmar que la propiedad privada sea natural, lo que también demuestran las civilizaciones (Mayas, Incas…), sociedades (Aborígenes australianos, Bosquimanos africanos…) y pueblos (Akawaio, Ovahimba…) existentes en los cinco continentes donde la propiedad era comunal, colectiva o en usufructo, es decir, nada que ver con lo que relata el cuento capitalista.
Por otra parte, en el cuento no se distingue entre lo que es propiedad privada de lo que usamos y consumimos (la casa en que vivimos, la comida que adquirimos, las cosas que compramos para usarlas, etc.) de la que se consigue con el trabajo ajeno, como son los beneficios de los dueños de las empresas, de las tierras o de la banca, por ejemplo. La primera propiedad no genera explotación, la segunda, sí. Por lo tanto, no existe un solo tipo de propiedad privada como relata el cuento ni toda propiedad privada es igualmente rechazable.
Estos últimos días en los que las movilizaciones en favor del acceso a la vivienda han generado tanto malestar entre el empresariado, el colectivo de los capitalistas en general y sus representantes políticos (fundamentalmente PP, VOX, Junts a nivel del estado), estos han recurrido de nuevo al cuento de la propiedad privada para justificar que a la gente se la desahucie y que el precio de los alquileres pasen a ser la guillotina que pende sobre la cabeza de millones de personas porque, al fin y al cabo, según ellos, quien tiene la propiedad debe ser libre de cobrar lo que le venga en gana. En vano esperarán quienes sufren estas tropelías que la “mano invisible” venga en su ayuda, porque también es un cuento. Evidentemente, la vivienda solo es una parte del pastel de la riqueza de la que se apropia el capital, pero no es la única: La sanidad, la educación, los servicios, los transportes, la energía, los medios de comunicación, la banca, etc., el mundo que habitamos, en suma, son otras tantas partes de ese pastel, muchas de ellas entregadas gratuitamente o a cambio de ridículas cantidades de dinero, por quienes nos gobiernan o han gobernado, siempre con el cuento del mejor servicio a la comunidad y, sobre todo, el de la defensa a ultranza de la propiedad privada.
¡Que no nos duerman con cuentos!
Julen Goñi. Catedrático de Filosofía.
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