Opinión socias
Crónica de un despilfarro evitado
Hace quince años, el debate político y social en Extremadura estaba secuestrado por una gran quimera industrial: la Refinería Balboa en Tierra de Barros, impulsada por el magnate del acero Alfonso Gallardo. Vendida como el maná que sacaría a la región del atraso histórico, aquella planta de petróleo se convirtió en el totem intocable de un régimen político que regó el proyecto con alfombras rojas, respaldo institucional y dinero público.
Hoy, con la perspectiva que otorgan los datos del sector energético global y los informes de organismos como Concawe, McKinsey o Rystad Energy, la verdad histórica es inapelable: si la refinería se hubiera llegado a construir, hoy no solo sería una gigantesca ruina industrial y un sumidero de fondos públicos, sino un activo totalmente obsoleto e incapaz de competir en el mercado internacional.
El festival del dinero público: regar con millones una quimera
El proyecto de Balboa nunca se sostuvo sobre criterios estrictamente de mercado, sino sobre la connivencia del poder político regional. Aquellos que hoy se rasgan las vestiduras con la gestión económica fueron los mismos que impulsaron, aplaudieron y financiaron el delirio de Gallardo.
Por la alfombra roja de los defensores desfilaron sin filtros los expresidentes de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Guillermo Fernández Vara, quienes convirtieron la refinería en una cuestión de Estado regional. Vara llegó a comprometer fondos públicos para sufragar hasta el 20% del coste total del macroproyecto, mientras la Junta participaba alegremente a través de instrumentos públicos como la extinta Sociedad de Fomento Industrial de Extremadura (Sofiex), inyectando millones de euros de los contribuyentes en un pozo sin fondo que luego costó años desmantelar y rescatar contablemente (como los 10 millones inyectados que obligaron a maniobras de desinversión pública).
Si ese dinero público se hubiera materializado por completo en la obra, hoy la factura la estarían pagando las familias extremeñas mediante el rescate de un stranded asset (activo varado): una mole industrial condenada al cierre técnico.
Obsolescencia técnica: por qué Balboa habría nacido muerta
Los datos del refino europeo y norteamericano demuestran que el modelo de Balboa era una anomalía anacrónica incluso antes de empezar a excavar en Tierra de Barros:
La debacle del refino en Europa: Desde 2009, el sector en el continente ha sufrido una cura de adelgazamiento forzosa ante la presión ambiental y la competencia. Europa ha pasado de 117 a 88 refinerías (perdiendo 39 plantas) y ha visto recortada su capacidad en 120 millones de toneladas anuales. En este escenario de contracción, abrir una nueva planta de interior era un disparate absoluto.
Cero competitividad en conversión profunda: Mientras que la industria moderna en EE. UU. cuenta con un 67% de su flota optimizada con alta conversión profunda —permitiendo producir derivados de alto valor y máxima flexibilidad—, el refino europeo apenas roza el 30%. Una refinería tradicional de diseño clásico en Badajoz habría carecido por completo de la complejidad técnica necesaria para sobrevivir en un mercado global hipertecnologizado y sujeto a la inteligencia artificial y al mantenimiento predictivo.
El lastre geográfico: Las refinerías punteras se sitúan en enclaves portuarios y costeros que facilitan el acceso barato al crudo internacional (como la Costa del Golfo en EE. UU.). Instalar un complejo petrolero en el interior de Extremadura, lejos de los grandes nodos logísticos y con un acceso al crudo cada vez más restringido y caro en Europa, garantizaba unos costes de transporte y aprovisionamiento inasumibles.
Una victoria para el sentido común (y contra el despilfarro)
Afortunadamente, la resistencia de la Plataforma Ciudadana Refinería No, los colectivos ecologistas y el sentido común frenaron a tiempo aquel delirio decimonónico.
Mirar hoy al pasado de la mano de los informes de Rystad Energy evidencia que el apoyo incondicional de Ibarra, Vara y el poder económico regional a la Refinería Balboa no era una apuesta por el futuro, sino un intento de mantener respiración asistida a un modelo fósil, ineficiente y ruinoso. La paralización del proyecto no solo salvó el paisaje y los regadíos de Tierra de Barros; evitó que Extremadura cargara con una losa de deuda pública descomunal destinada a subsidiar la chatarra del mañana.
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