Hasta hace poco yo era una lectora bastante disciplinada en mis gustos. Leía novela. Novela negra sobre todo. Y aunque siempre había pensado que los ensayos eran probablemente interesantes, también los colocaba en esa categoría mental de cosas que ya leeré algún día, cuando tenga más tiempo o más criterio o quién sabe qué.
Hace unos meses estaba paseando por la librería El Buscón, en Cardenal Silíceo, que para mí es la mejor librería de Madrid, cuando me encontré una mesa llena de ensayos cortitos. Eran de esos libros que parecen hablarte directamente desde la estantería. Temas concretos, personales, escritos por gente que tiene algo que decir y lo dice sin necesidad de escribir quinientas páginas. Cogí tres. Casi sin pensar.
El primero que leí fue Nadie me esperaba aquí, de Noelia Ramírez.
Habla de crecer entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno. De la vergüenza de clase. De los códigos invisibles que aprendes cuando llegas a lugares donde nadie se parece demasiado a ti. De los acentos, de las formas de hablar, de las referencias culturales que te delatan aunque no quieras. Habla de identidad, pero no de esa identidad sólida y orgullosa que a veces aparece en los discursos. Habla más bien de la identidad como un lugar incómodo, un territorio lleno de contradicciones donde nunca terminas de ser del todo una cosa ni la otra.
Lo terminé y pensé: habla de mi, de mis amigos, de mi familia, de mi entorno.
Soy catalana. Hija de emigrantes. Charnega.
Crecí en uno de esos municipios que Barcelona fue levantando a su alrededor para dar cabida a quienes llegaban buscando trabajo. Ciudades dormitorio, las llaman, como si el plan hubiera sido siempre dormir allí mientras la vida sucedía en otra parte. Mis padres trabajaron muchísimo, como lo hacían todos los de su alrededor, con esa mezcla de esfuerzo y normalidad propia de quienes nunca han considerado que trabajar duro merezca una medalla. Era simplemente lo que tocaba.
En casa hablábamos castellano. También en la calle, en el barrio y con los amigos. El catalán era el idioma del colegio, de TV3, de los letreros y de los trámites administrativos. Lo entendía perfectamente. Lo hablaba razonablemente bien. Pero no lo sentía mío.
Durante mucho tiempo pensé que aquello era una realidad objetiva. Nosotros hablábamos castellano y otros hablaban catalán. Nosotros veníamos de un sitio y otros venían de otro. Era una simplificación enorme, claro, pero las identidades suelen construirse así. A partir de relatos sencillos que nos ayudan a entender quiénes somos y dónde encajamos.
Con los años he pensado mucho en lo cómodas que son esas categorías. Te ahorran preguntas. El problema llega cuando descubres que tú no encajas del todo en ninguna. Que no eres suficientemente una cosa ni suficientemente la otra. Y que buena parte de la vida adulta consiste precisamente en hacer las paces con ese hecho.
Mi dicotomía empezó a los 18 años.
Llegué a una universidad, privada por cierto, y de repente entendí que venía de otro mundo, uno que estaba a tan solo 5 paradas de metro. Todo el mundo parecía haber viajado más que yo, leído más que yo y vivido más que yo. O al menos esa era mi impresión. La sola idea de trabajar mientras estudiaban parecía ajena a muchos de mis compañeros. Yo vendía bolsos por las mañanas y estudiaba por las tardes porque quería tener ahí mis ahorrillos bien para irme de fiesta, bien para comprarme cualquier cosa.
Pero allí aquella realidad me convertía a mí, y a 4 o 5 más que veníamos de entornos similares, en una excepción.
Y entonces apareció también el idioma.
Mi catalán era correcto, pero claramente peor que el de muchos compañeros. Así que empecé a refugiarme cada vez más en el castellano. Durante mucho tiempo pensé que era porque me representaba mejor. Ahora creo que también era porque era el idioma en el que nadie me examinaba.
Porque esa es una de las cosas curiosas de los idiomas. A veces no son solo idiomas.
A veces son credenciales.
Hablar castellano era fácil. Hablar catalán implicaba exponerse. Equivocarse. Sonar menos natural. Revelar de qué barrio venías, quiénes eran tus padres y qué lugar ocupabas dentro de una jerarquía que nadie mencionaba pero que todos parecíamos entender.
Hubo alguna risa cuando cometía errores. No muchas. No especialmente crueles. Probablemente ni siquiera memorables para quienes las hicieron.
Pero yo sí las recuerdo.
Porque la vergüenza rara vez nace de grandes humillaciones. Normalmente nace de pequeños momentos acumulados. De comentarios insignificantes que terminan construyendo una historia mucho más grande dentro de tu cabeza.
Y poco a poco fui dejando de hablar catalán.
No porque renegara de él. No porque tomara una decisión consciente. Simplemente porque era más cómodo no hacerlo. Porque a cierta edad uno aprende muy rápido qué cosas le ayudan a encajar y cuáles le recuerdan constantemente que está fuera de sitio.
Ahora sé que esto no era solo un tema de idioma, sino de algo más.
De la extraña sensación de llegar a determinados espacios y entender inmediatamente qué acentos tenían prestigio, qué referencias culturales se consideraban valiosas y cuáles era mejor no mencionar demasiado. De aprender códigos nuevos y de ir dejando otros por el camino. De sentir orgullo por los tuyos y, al mismo tiempo, intentar parecerte un poco más a lo nuevo que estabas conociendo.
Con veintitrés años me fui a Madrid y el catalán desapareció prácticamente de mi vida. Alguna lectura ocasional, alguna conversación durante las visitas a Barcelona y poco más. No lo echaba especialmente de menos, a decir verdad.
Y, sin embargo, con el paso de los años empecé a descubrir algo extraño.
La tierra tira.
No solo la familia. No solo los amigos.
Tiran las formas de entender el trabajo. Los códigos compartidos. Ciertas maneras de relacionarte con el esfuerzo, con el tiempo o con el dinero. Tiran incluso cosas que nunca habías pensado conscientemente que formaban parte de ti.
Madrid me ha tratado siempre extraordinariamente bien. Es una ciudad generosa, acogedora y abierta. Lo sigue siendo. Pero con los años entendí que echar de menos un lugar no significa necesariamente querer volver a él. A veces simplemente significa reconocer de dónde vienes.
Y creo que fue entonces cuando empecé a reconciliarme con partes de mí misma que había dado por amortizadas.
La reconciliación definitiva llegó con mi primera hija.
Cuando me quedé embarazada tuvimos una conversación aparentemente sencilla: ¿en qué idioma le hablamos?
Mi pareja, que tiene un valenciano perfecto, dijo que prefería hablarle en castellano.
Y yo, sin pensarlo demasiado, dije que le hablaría en catalán.
Todavía hoy no sé exactamente de dónde salió aquella decisión.
No tenía ningún plan pedagógico. No estaba haciendo una reivindicación cultural. No había elaborado una teoría sobre la transmisión lingüística.
Simplemente sentí que tenía que hacerlo.
Como si aquella fuera una oportunidad que no iba a volver a presentarse.
Al principio fue rarísimo.
Me escuchaba hablar y tenía la sensación de estar interpretando una versión alternativa de mí misma. Como cuando encuentras una foto antigua y reconoces a la persona que aparece pero al mismo tiempo te parece casi una desconocida.
Pero seguí.
Y poco a poco el idioma volvió. Y con el idioma volvió algo más.
Porque lo que estaba recuperando no era solo una lengua.
Era una parte de mí.
Una parte que había ido desapareciendo sin que yo me diera cuenta. No por una gran renuncia. No por un conflicto identitario especialmente dramático. Simplemente por la suma de muchas pequeñas decisiones que parecían irrelevantes en su momento.
Ahora vivimos en Madrid. Y me parece una de las ironías más bonitas de mi vida que el catalán sea el idioma que hablo exclusivamente con mis hijas, a seiscientos kilómetros de Cataluña.
Ellas lo asociarán conmigo. Con las mañanas antes del colegio. Con los cuentos. Con las canciones. Con conversaciones que todavía no saben que recordarán toda la vida.
Y me gusta pensar que para ellas será mucho más sencillo de lo que fue para mí.
Porque no tendrán que preguntarse si ese idioma les pertenece. Simplemente les pertenecerá.
Porque cuando les hablo a mis hijas en catalán no siento que les esté enseñando una lengua. Siento que les estoy entregando algo que yo tardé demasiados años en permitirme conservar.
Y manda narices que una parte de esa reconciliación también me haya llegado a través de un cuento infantil.
Mis hijas tienen dos y cinco años, así que ahora mismo paso bastante más tiempo leyendo a Lucía Serrano que a autores como Noelia Ramírez. Y no me quejo, eh.Entre esos libros está Fuera etiquetas, que he leído tantas veces que ya podría recitarlo de memoria. En él, hay una idea que aparece una y otra vez: a las personas no se las puede meter en cajones porque no somos juguetes.
Y cada vez que lo leo pienso que gran parte de mi vida ha consistido precisamente en eso. En intentar entenderme a través de categorías.
Charnega. Catalana. Hija de emigrantes. Castellanohablante. Catalanohablante. Madrileña de adopción.
Como si alguna de ellas pudiera explicar por sí sola quién era. Como si hubiera que elegir. Como si las identidades funcionaran como compartimentos estancos en lugar de como capas que se van acumulando unas encima de otras.
Noelia Ramírez escribe sobre el desclasamiento como un viaje que te deja permanentemente en tierra de nadie. Entre mundos. Entre categorías. Entre versiones de ti mismo.
No sé si yo he llegado al final de ese viaje.
Sospecho que no.
Pero sí sé una cosa.
Durante mucho tiempo pensé que el catalán era una cuestión de lengua. Después pensé que era una cuestión de identidad.
Ahora creo que era una cuestión de reconciliación.
Con mi yo más joven. Con los lugares de los que vengo. Con todas esas partes de nosotros mismos que creemos haber dejado atrás y que, en realidad, siguen esperando pacientemente a que volvamos a buscarlas.
Mis hijas crecerán hablando dos idiomas. Bueno, tres, porque el inglés afortunadamente ya está bastante más presente que en nuestra época, cuando la profesora se llamaba María Jesús y lo más cerca que había estado de un país angloparlante era Gibraltar.
Pero eso es casi lo de menos.
Lo importante es que espero que nunca tengan que preguntarse cuál de esos idiomas les pertenece.
Y si algún día tienen la sensación de pertenecer a muchos sitios a la vez, o de no pertenecer del todo a ninguno, ojalá lo vivan con más naturalidad de la que lo hice yo.
Porque al final no se trata de los idiomas.
Se trata de poder quedarte con todas las partes de ti.
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