Ceuta y la educación moral de la infancia

Kohlberg, psicólogo evolutivo, nos enseñó cuál es el proceso por el que adquirimos los valores que nos orientan en nuestra conducta. Lo sucedido este verano en Ceuta, y cómo sea relatado, formará parte de la construcción moral de las infancias y adolescencias de hoy.
Ricardo Fandiño
5 ago 2026 15:02 | Actualizado: 5 ago 2026 22:04

No nacemos sabiendo distinguir lo justo de lo injusto: aprendemos a hacerlo. Es la sociedad la que nos enseña valores, a través de la familia, la escuela, el barrio, los medios de comunicación, las redes sociales, lo que se dice, lo que se calla, lo que se muestra, lo que se oculta. Nacemos moralmente heterónomos -dependientes de lo que otros nos dictan como bueno o malo- y vamos, si todo evoluciona bien, construyendo una autonomía moral propia. Lawrence Kohlberg, el gran teórico del desarrollo moral, describió ese recorrido como una escalera de seis estadios. En los niveles más bajos la buena o mala conducta se distingue en función de las consecuencias que tiene para uno. En los niveles intermedios, lo correcto se confunde con lo legal: obedecer la norma, respetar el orden establecido, es en sí mismo el criterio moral. En lo más alto está la moral postconvencional, donde esa identificación se rompe: la ley deja de ser el techo del juicio moral y pasa a ser solo un instrumento, revisable, que puede y debe medirse contra valores que no dependen de ella -la dignidad, la vida, la igualdad-.

De ahí sale todo el razonamiento que sostuvo los juicios de Nuremberg. Su logro real no fue solo castigar a unos responsables concretos: fue instalar la idea de que la impunidad tiene un límite, que un acto contra los derechos humanos, por más que sea amparado por el poder, puede ser nombrado después como intolerable y tener consecuencias para sus autores. Nuremberg fue, efectivamente, un artefacto imperfecto -un juicio de vencedores que no incorporó la perspectiva colonial ni otros crímenes de los propios aliados-, pero esa defensa de los derechos humanos sobrevivió a sus limitaciones como principio.

En el mundo en que crecen las infancias y adolescencias de hoy, ese criterio parece estar ausente. La norma ya no precede ni limita la decisión, se redacta después, a medida, para blindarla. Se declara zona de excepción lo que no lo era, se construye la ley alrededor de lo que el odio al otro o el interés económico ya habían decidido. El sexto estadio de Kohlberg -el que analiza la norma según un criterio de ideales universales- está lejos de hacerse valer. No hay un Nuremberg en nuestro horizonte.

Según Kohlberg, las infancias y adolescencias no tienen todavía un aparato moral terminado; lo están construyendo con los materiales que el mundo les pone delante. Y esos materiales, este verano, son, entre otros, los que nos ha dado Ceuta, donde a finales de julio unos 70.000 migrantes cruzaron desde Marruecos en apenas 24 horas con más de un centenar de personas muertas en el intento. Un chico o una chica español que ve esas imágenes en el móvil ve a gente de su edad buscando la vida que él ya tiene, siendo tratada de inmediato como masa objetualizada -cifra de una llamada crisis, argumento en una disputa diplomática- casi nunca como sujetos con historia y con nombre. Y sobre todo, aprende un vocabulario. Se le habla de ilegalidad, no de la pobreza; de inseguridad, no del hambre; de guerra, no de desigualdad. Cada una de esas sustituciones traslada la pregunta de “por qué alguien se juega la vida por esto” a “cómo se evita que crucen la frontera”, y ese desplazamiento es también una lección sobre qué valores importan y cuáles no merecen ni nombrarse.

Pero este ejemplo no es único. De Gaza, las imágenes que llegan cada semana muestran cuerpos de niños de su edad, contados como cifra. En Estados Unidos, operativos como los de ICE ofrecen la misma lección: personas tratadas como categoría a expulsar, no como individuos con historia. Realidades que comparten un mecanismo: el rechazo al otro no nace solo del miedo, se induce, mostrando primero al diferente como categoría -migrante, extranjero, ilegal- y nunca como persona, como igual, como vida. Esa inversión -la etiqueta antes que el rostro- es la misma lógica que sostiene el bullying que tanto parece preocuparnos, con razón, cuando aparece en nuestras aulas.  El odio y la violencia contra el otro se justifican a partir de la diferencia, de la frontera. Bifo Berardi, en “Pensar después de Gaza”, ha descrito el riesgo de que ese mecanismo de señalamiento y eliminación del diferente erosione la propia capacidad de pensar con humanidad sobre lo que ocurre, llevándonos a un punto de no retorno.

La igualdad, la dignidad, la vida como valor que no se negocia: eso es lo que está en juego cuando decidimos qué mostramos y qué callamos, especialmente ante quienes todavía están construyendo su brújula moral. No hay que transmitirles el triste diagnóstico moral actual como destino. Si la moral se aprende, como enseña Kohlberg, también se puede seguir enseñando que que hay una diferencia entre lo legal y lo justo que merece ser sostenida, y que nombrar al otro por su rostro y no por su etiqueta sigue siendo, siempre, una elección disponible.

Sostener esos valores frente a las nuevas generaciones es una responsabilidad colectiva, que compromete a la familia, la escuela, las instituciones que educan y las que legislan. Se trata de ofrecer a las infancias y adolescencias  puentes, vínculos, motivos para pensar que un futuro con dignidad, con igualdad, con límites que cuenten, con la posibilidad real de convivencia, es posible.  Porque si el desarrollo moral empieza en la infancia y no termina hasta la vida adulta, lo que hagamos ahora —qué nombramos, qué callamos, qué instituciones defendemos— no es un comentario sobre el mundo que les dejamos. Es, literalmente, el material con el que están construyendo su perspectiva moral.

Ricardo Fandiño Pascual es doctor y psicólogo clínico, coordinador xeral de ASEIA (Asociación para a Saúde Emocional na Infancia e a Adolescencia)

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