El último martes de enero del año pasado, como cada último martes de mes durante los últimos 15 años, nos concentramos frente a la puerta azul del Centro de Internamiento de Extranjeros de Valencia exigiendo su cierre. El CIE estaba dentro del complejo policial de Zapadores. El portón del complejo, inmenso, suele estar abierto porque entran y salen constantemente coches y furgones policiales. Un portón abierto para un lugar opaco, hermético, cerrado y que encierra. Aquel martes, frente al portón, éramos unas treinta personas, las recalcitrantes. Ese día fue especial, las allí reunidas hicimos un pacto: el siguiente mes cada una de nosotras acudiría a la concentración acompañada de otra persona: una amiga, un vecino, una compañera de trabajo, un familiar.
Así fue como en febrero ya éramos el doble. Y las allí reunidas revalidamos el compromiso del mes anterior. En marzo ya éramos algo más de un centenar. La cosa iba tomando cuerpo. La manera de convencer a la gente para venir era sencilla, empleábamos argumentos poco elaborados: “El CIE está mal”, “Ningún ser humano es ilegal”. Íbamos sumando a gente. Algunos manifestaban sus dudas: “Pero, ¿realmente vamos a conseguir que los cierren?”. “No lo sabemos – contestábamos – pero ese no es motivo para no venir”. Otros se iban por las ramas: “Lo realmente importante ahora es la unidad de la izquierda”, “Quiero contribuir a que las cosas cambien, pero no tengo tiempo, no sé por donde empezar”. Infatigables, contestábamos: “Mientras los partidos de izquierda se ponen de acuerdo (se pelean), puedes ir haciendo camino sumándote a las concentraciones por el cierre del CIE”, “Puedes empezar viniendo todos los meses a la concentración, no te quitará más de una hora”.
En tiempos de redes sociales, influencers, vídeos virales, stories; el boca a boca, lento pero inexorable, encontraba su lugar. Es verdad que, al principio, la edad media de nuestras concentraciones no tenía nada que envidiar a la de una misa de domingo. Pero, poco a poco, la gente más joven se fue sumando, algunos arrastrados al principio por padres o profesores. Luego, cuando fue acercándose la primavera, le fueron cogiendo el gustillo (quizás habían descubierto que ligar y luchar por la justicia social podían ir de la mano). Las compas migrantes, que en los primeros meses tenían miedo de acercarse a la boca del lobo, fueron animándose. En septiembre ya éramos tantas que nos sentíamos con fuerzas para frustrar una intentona de la policía por pedir documentación a nuestras compañeras.
En octubre fuimos una barbaridad. Las compañeras de la Campaña por el cierre de los CIE, que entraban dentro semanalmente para acompañar a personas encerradas, nos contaron que desde dento del CIE se escuchaban nuestros gritos: “Tancarem, tancarem, el centres d’internament!”. Los últimos martes de mes se estaban convirtiendo en una auténtica fiesta. Se sentía la emoción, el calor de tantos cuerpos juntos por acabar con la ignominia. Ese calor humano nos permitió capear los meses de invierno, cuando a las 19.00, hora a la que nos concetrábamos, ya era de noche y hacía frío. En noviembre batimos record y ya éramos decenas de miles. No solo se escuchaba nuestra voz, sino que temblaban los muros del CIE.
Y finalmente, en diciembre de 2026, ocurrió: cerró el CIE de Zapadores. Algunos piensan que fue cosa del gobierno que, ante la presión popular y viendo que se acercaban las elecciones generales, quería salvar los muebles. Pero no fue el gobierno. Fuimos nosotras. Y me atrevería a decir que, más que cerrarlo, conseguimos abrirlo. Ocurrió así:
En diciembre éramos tantos en la concentración que prácticamente no cabíamos en la calle. Y de pronto, un manifestante, empujado sin querer por otos, cayó dentro del complejo policial. Su cuerpo, sin pretenderlo, había cruzado la frontera y estaba dentro. Otros manifestantes, sin pensarlo, acudieron para ayudarle a ponerse en pie. Ya eran cuatro dentro. Los policías de la garita de entrada, atónitos, no sabían que hacer. Otros compañeros, viendo lo que sucedía, comenzaron a colarse. De repente estábamos entrando al CIE como un torrente de agua que ha encontrado un hueco por el que colarse, imparable sin que nadie pudiese hacer nada para evitarlo. Abrimos las puertas y las celdas. Algunos, presos de la pasión y el entusiasmo, abrazaban a todo el mundo, incluso a los policías con cara de pocos amigos. Los internos del CIE dejaron de serlo, porque se mezclaron con la marea que éramos. Ahora éramos todos personas, ni legales ni ilegales, simplemente personas (a los policías no les pasó lo mismo, ellos eran fáciles de identificar porque conservaban sus uniformes). Abierto el CIE, salimos de allí todas juntas en una inmensa manifestación que recorrió las calles de Valencia proclamando la buena nueva: “Hem obert, hem obert el centre d’internament!”, “Han eixit, han eixit els nostres amics!”
Al día siguiente, el último miércoles de diciembre de 2026, los semáforos siguieron funcionando, la gente madrugó para acudir al trabajo, quien podía permitírselo encendía la calefacción para disfrutar con sus hijos de las vacaciones navideñas, la policía continuaba con sus redadas racistas. La vida siguió, quedó demostrado que el CIE no servía para nada. Al día siguiente de que abriésemos el CIE para cerrarlo por siempre, el mundo siguió funcionando con los mismos defectos y problemas de siempre. Ahora que habíamos cerrado el CIE, seguía quedando mucho trabajo por delante.
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