Marta Ruiz López
28 sep 2026 19:02 | Actualizado: 29 sep 2026 17:05

La bola negra se ha convertido en uno de los estrenos más destacados del cine español reciente. Las historias que cuenta, enlazadas por una magnífica dirección, vuelven a situar al cine español en un lugar desde el que el espectador no solo puede contemplarlo, sino también reconocerse en él, y dejarse interpelar por lo que sucede en la pantalla.

Las historias que atraviesan la película hablan de deseo, de miedo, de pertenencia y de rechazo. Hablan, también, de una memoria LGTBI que durante demasiado tiempo tuvo que aprender a existir en los márgenes, a esconderse de los otros, a guardarse en algún cajón que contenía mucho más de lo que parecía.

Hay algo profundamente político en todo ello, pero también humano. Porque hablar de derechos no consiste únicamente en enumerar leyes. Detrás de cada uno de ellos hay cuerpos. Hay personas que alguna vez tuvieron que preguntarse si podían entrar, si podían quedarse.

Sin necesidad de adentrarnos en los secretos de la trama, la película abre con una imagen difícil de olvidar. Carlos, un joven perteneciente a una familia acomodada, cuenta a su padre que ha intentado ser admitido en el prestigioso casino de Granada. Allí, la pertenencia se decide mediante un procedimiento tan sencillo como simbólico: una bola blanca significa aceptación; una negra, rechazo.

Carlos recibe la negra. Y, de pronto, todo un mundo cabe dentro de ella.

La bola negra deja de ser un objeto y se convierte en una frontera difícil de traspasar. En la marca que separa a quienes pueden entrar de quienes deben permanecer fuera. En la pequeña pieza con la que una sociedad puede decidir qué cuerpos considera dignos de pertenecer y cuáles deben quedarse al otro lado de la puerta.

Porque existen cuerpos que reciben el insulto antes incluso de encontrar las palabras para nombrar su propio deseo. Cuerpos que crecen sabiendo que hay algo en ellos que otros consideran motivo de vergüenza. Y quizá lo más peligroso sea pensar que todo esto no pertenece únicamente a la memoria de nuestro país.

Nos gusta imaginar que la historia avanza siempre hacia delante. Que cada generación hereda un mundo un poco más libre que el anterior. Que los derechos conquistados permanecen ahí, firmes, como piedras sobre las que ya nadie puede volver a levantar un muro. Pero la historia no siempre avanza en línea recta y, desgraciadamente, hay cuerpos que se pueden volver invisibles en un retroceso de nuestras libertades. Carlos intenta entrar en un casino pero todavía hay partes de muchos Carlos que se borran para atravesar una frontera, para conseguir un trabajo o simplemente para regresar a casa.

Aunque quizá uno de los prismas desde los que puede leerse la película sea la memoria, esta no termina en el pasado. Toda memoria empuja hacia el futuro y abre, también, un horizonte de posibilidades. Por eso no basta con que las puertas estén abiertas. Hay que impedir que vuelvan a cerrarse. Hay que recordar quiénes quedaron fuera. Hay que nombrarlos para que no vuelvan a desaparecer.

Porque cuando una sociedad empieza a olvidar a quienes tuvo que expulsar, también empieza a olvidar hasta dónde puede volver a llegar el rechazo. Y frente al olvido, mirar y reconocernos es una forma de resistencia.

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