La boca escarlata del cuco: sobre la mercantilización de la psique

“La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”, Margaret Thatcher. Entrevista para The Sunday Times, 1 de mayo 1981.
Sergio Barbero Briones
24 oct 2026 05:11 | Actualizado: 26 oct 2026 09:06

Desde la década de 1970, el capitalismo se ha vuelto más inestable. Una sucesión de crisis cada vez más recurrentes, asociadas a la disminución de la rentabilidad del capital, ha hecho que este, estimulado por avances tecnológicos trepidantes, busque ávidamente nuevos ámbitos susceptibles de ampliar el dominio del mercado. Habiendo alcanzado los confines geográficos —culminación del proceso de mundialización del mercado emprendido desde el siglo XIX— y biomateriales del mundo —pocos reductos de tierra o mar quedan por exprimir—, el mercado ha acabado asaltando lo más inabarcable de la vida: la mente humana.

El anhelo quimérico del capitalismo de aspirar a lo infinito inmerso en lo finito, ha descubierto los versos de Emily Dickinson: “The Brain —is wider than the Sky— […] The Brain is deeper than the sea.” Ya no le bastan tierras, máquinas y dinero (y todas sus inicuas variantes financieras); ansía ahora nuestros deseos, pensamientos, relaciones, experiencias, etc., todo ello atrapado en el tótem de la información digital.  Todo aquello que constituye a la persona se destila como mera información comercializable: “Almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar. Acumulamos amigos y seguidores sin encontrarnos con el otro. La información crea así una forma de vida sin permanencia y duración.” (Han, Byung-Chul, No-cosas: Quiebras del mundo de hoy). Este reto hercúleo del capitalismo es, empero, inviable sin una radical metamorfosis antropológica.

El concepto de estímulo supernormal fue acuñado por el etólogo Nikolaas Tinbergen en la década de 1940. Son los estímulos distorsionados o exagerados ante los cuales el sistema límbico de ciertos animales de mente compleja responde con más vigor que ante un estímulo normal, hasta el punto de poder llegar a menoscabar los estímulos necesarios que anclan a la vida. Este concepto explica por qué el cuco, en nido ajeno, abre su grande boca escarlata seduciendo a la madre de la curruca que le acaba alimentando a costa de sus propias crías; la curruca madre no puede evitar sentirse atraída y responder al estímulo visual intenso y al reclamo auditivo continuo del cuco. La mercancía actual nos embauca como el cuco en nido ajeno. Aunque, en verdad, este atributo de la mercancía siempre ha estado presente; de ahí que Marx, en su celebérrima digresión sobre el carácter fetiche de la mercancía, afirmase que una cosa “en cuanto que se presenta como mercancía se convierte en una cosa sensiblemente suprasensible”.

El giro copernicano de estas últimas décadas es, empero, que nuestra propia vida interior y relaciones interpersonales se convierten ellas mismas en mercancías suprasensibles. Nuestro propio deseo se canaliza a través de su mercantilización; de ahí que se hable de capitalismo libidinal (Amador Fernández-Savater) o capitalismo límbico (David T. Courtwrigh), cuando el deseo degenera en adicción. El capitalismo libidinal y/o límbico actúa, a nivel psíquico, como un gran generador de estímulos supernormales que nos aturden y alinean.

Nuestra psique, transformada en mercancía fetiche, desvía nuestro interés de lo humano profundo a lo humano superfluo. Superfluo, del verbo fluere, fluir, se refería originariamente al líquido que rebosaba la capacidad de un recipiente. Ese rebosamiento de los límites, de lo admisible, es etimológicamente y esencialmente lo sustancial de lo superfluo. Así, el mercado contemporáneo se ha convertido en ese líquido superfluo, esa lava viscosa, que rebasa el oikos, la casa común, y la psyche, la casa del alma, y que en tal desborde derruye las fronteras necesarias para la autorregulación de los deseos, corroyendo dos valores esenciales de la persona: la paciencia y la atención.

 La mercancía se ha convertido, a la vez, en yugo y embeleso, estructura alienante y música narcótica. La mercancía ya no es útil para la persona, sino que la persona es útil como mercancía. Esto conlleva ese arrebato de exhibicionismo extremo, ese escenificarse a nosotros mismos, al decir de Byung-Chul Han, o ese impulso de hacernos empresa de nosotros mismos (Michel Foucault). Desfilamos en innumerables escaparates digitales y abrimos nuestra vida psíquica hacia el exterior mientras la cerramos hacia el interior; aparente oxímoron, pero en verdad quiasmo, ya que en la medida en que más nos descubramos como mercancía ansiando la mirada ajena, más se nos olvidará mirar en nuestro interior. El aserto de hace un siglo de Walter Benjamin: “el hombre se entrega a sus manipulaciones, disfrutando de la alienación de sí mismo y de los demás” (Benjamin, Capitalismo como religión) se convierte en profecía autocumplida. 

Pocos seres en la naturaleza han optimizado tanto la levedad en sus órganos y estructuras como las aves, de ahí su inigualable gracia y belleza: huesos huecos, ausencia de dientes e incluso ojos sin músculos oculares. Sin estas carencias no sería posible que el milano remontase su vuelo acrobático, libre y jovial. De ahí que las aves dediquen gran parte de su tiempo a cuidar su más preciado y grácil don: su plumaje. Son, pues, símbolo de libertad y frugalidad, del ligero de equipaje machadiano. Sin inhibir lo suprasensible y superfluo de nuestra psique, sin limpiar el petróleo que anquilosa nuestras alas, sin ignorar la falaz boca escarlata del cuco, no será posible derrocar a lo que coloniza nuestras mentes. Recordemos, de nuevo, otra enseñanza de Benjamin: “la experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirá de muerte natural”. Y, si no, bien sea por la memoria del vuelo grácil de la infancia, un temblor ante los aires ábregos en el descubrimiento de la fraternidad humana.

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