Opinión socias
El bazar
Ante las dudas de no saber cómo continuar con la exposición ya recogida en los tres anteriores artículos, creo que lo mejor es hacer(me) la autocrítica (o parte de ella) e intentar ponerle fin a esta pretenciosa broma de mal gusto.
Sí, he reiterado por activa y por pasiva la necesidad de crear un nuevo lenguaje a través de un nuevo sujeto político que amplíe horizontes y, de ser posible, nos haga más fuertes en esta lucha de clases. Es cierto que, de forma muy liviana, ya fue comentada el arma de doble filo que supone el usar como nuevo sujeto político al consumidor. Un concepto que nace de las vísceras más antiguas del capitalismo.
Pero, ¿qué ocurre si ese lenguaje (y la forma de interpretarlo) ya está dominado por el capitalismo? ¿Es posible regresar a un punto en el que podamos hacer nuestro el lenguaje, ganar la base de la batalla cultural y así ejercer el poder sobre el capital para ir derrocando todas sus demás estructuras? ¿Hasta qué punto estamos ya derrotados y nuestros comportamientos están alineados con el rol que tenemos que ejercer dentro de esta sociedad y que asumimos silenciosamente?
Empecemos a contestar a todas estas preguntas, justo al revés de como fueron planteadas.
¡Expongámonos al reflejo espejo! Quienes por aquí pasan para estar informados, ser conscientes de la realidad y lograr un posicionamiento más comprometido con el mundo, ¿no estamos ejerciendo un rol? ¿Acaso no buscamos, en ciertos momentos, esa superioridad moral en comparación con alguien xenófobo, por ejemplo? ¿No anteponemos, por tanto, nuestro ego al ejercicio de un acto sustancialmente cambiante de la realidad?
Si los partidos políticos que nos representan (sic) nos ametrallan con ese proyecto común, la necesidad de unidad, etc. ¿No es más que una falsa solidaridad y la búsqueda de un frágil espacio común en pro de su ascenso individual como personaje público? Porque algo en lo que jamás debemos olvidarnos (¡Oh! Aquí me tenéis ejerciendo el rol de moralista de izquierdas: la solidaridad no pide nada a cambio. Si lo hace, no es solidaridad. Es necesidad de exposición pública. Pero también de soledad al no verse uno reflejado en la mirada del otro. ¿Nosotros no somos también símbolo mercantilizable?
Vale, demasiadas preguntas. ¡Sigamos entonces! Como ser alineado, también caí en el reel donde Marc Giró defendía la posibilidad de que el espectro de la izquierda pudiese adquirir bienes de lujo y permitirse caprichos; lo cual entronca con la pretensión del consumidor como sujeto político. Pero todo ello, me hace dudar de si realmente ese derecho que también tenemos viene determinado por las ganas de adquirir ese bien/servicio, o por nuestra egolatría de colocarnos en una situación superior a los demás (la envidia es un sentimiento transversal a la condición humana y materia prima indispensable para una emoción tan tóxica como la felicidad), o porque en el fondo, deseamos sentarnos en la misma mesa que el capitalista. Ahí está esa frase tan manida de que el poder corrompe.
¿Qué necesidad hay de actualizar cada poco tiempo nuestro smartphone? (¡Preparaos! Llega el sistema de leasing de Apple, la lobotomización última del FOMO tecnológico). El lenguaje que creemos como propio nos hace ver como necesidades situaciones y cosas que no lo son. Nuestra condición como consumidores está sometida a los designios del capital. Estamos expuestos a su cámara de la tortura que se readapta las 24 horas del día para no darnos un respiro. Se nos vende una libertad sólo satisfecha a través del propio acto de consumir. Nuestro tiempo libre sigue condicionado a alimentar la maquinaria capitalista, desde la vejez a la infancia. Porque primero morimos en el acto de nacer y después representamos el papel de nuestras vidas en base a unos estereotipos (¡maldita la gracia!) que son las representaciones individuales de una ideología opresiva. Un servicio costumizado al gusto del consumidor. Nuestro deseo es fruto del consumo.
El capitalismo ha colonizado hasta nuestra propia existencia. Y el papel de consumidor es la antesala previa a la búsqueda de un nuevo lenguaje que nos sea propio. El uso que propongo del término consumidor no consiste en la reconquista del lenguaje ya perdido y de la reapropiación de espacios.
Visto de otra forma, el objetivo inicial no es dar un paso más en la lucha de clases a través de la victoria mediante el uso del termino consumidor (todo encapsulado en el mismo lenguaje de origen capitalista); sino que consiste en provocar o acelerar esa derrota y así alcanzar la victoria. Si nos confirmamos como consumidores, acabaremos diluyéndonos en ese término provocando nuestra propia muerte y sólo así surgir como una nueva entidad. Pensemos, por ejemplo, en los dadaístas, quienes usaron el lenguaje para subvertirlo y crear uno nuevo. Radical y por momentos, inteligible. Pero nos quedamos en el embrión. Rompiendo esas estructuras dejaremos de ser maleables y el lenguaje comienza a ser propio, dejando de ser mercantilizable.
En resumen, si el capitalismo no solamente organiza nuestra producción sino también nuestro tiempo, nuestros deseos y nuestra representación de nosotros mismos, quizá la lucha ya no pueda limitarse a conquistar mejores condiciones dentro de esa representación. El consumidor sirve como categoría política precisamente porque permite ampliar el sujeto de la lucha; pero esa misma amplitud revela sus límites, pues descubrimos que el consumidor no es una identidad emancipada, sino una identidad producida por el propio capital. Por ello es el salto al vacío que necesitamos para ir al alcance de la utopía soñada.
El siguiente paso: si incluso nuestros deseos, nuestro tiempo libre, nuestra identidad y nuestra oposición pueden ser integrados en el circuito capitalista, ¿qué queda fuera?
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