La amistad en tiempos productivos: cuando el reloj desplaza a los afectos

La promesa de la modernidad tardía era clara: la tecnología nos liberaría. Sin embargo, el efecto ha sido, en muchos casos, el contrario. La aceleración constante ha comprimido la experiencia cotidiana hasta el punto de convertir el tiempo en un bien escaso. Y como suele ocurrir con los bienes escasos, su distribución no es neutral.
Marta Ruiz López
27 abr 2026 09:20

Mi amiga Elena vino ayer desde Holanda con el objetivo de pasar unos días con nosotras y con su familia. Su venida me hace reflexionar sobre el tiempo que hace que no nos vemos todas las amigas en la plaza de nuestro barrio para hacer absolutamente nada. En otro tiempo, no necesariamente mejor, pero sí distinto, quedar con una amiga no requería una negociación logística digna de una cumbre internacional. Hoy, en cambio, basta abrir cualquier aplicación de mensajería para comprobarlo: agendas saturadas, respuestas tardías, planes que se posponen indefinidamente en un cruce eterno de otras prioridades que deben ser resueltas. No es solo una cuestión de falta de tiempo; es un síntoma más profundo de cómo se organiza la vida contemporánea.

En una lógica donde la productividad y el rendimiento dominan, el tiempo dedicado a los amigos aparece como improductivo, prescindible, aplazable. Quedar sin motivo, conversar sin objetivo, compartir el silencio o el aburrimiento: todo ello parece chocar con una cultura que exige resultados medibles incluso en la esfera privada.

La consecuencia es una transformación silenciosa de la amistad. No desaparece, pero se adapta. Se fragmenta en mensajes breves, en reacciones rápidas, en promesas de encuentros que rara vez se concretan. La presencia se sustituye por la disponibilidad intermitente. Estamos localizables, pero parece que hace tiempo que no estamos presentes. 

Este fenómeno no puede entenderse sin atender a las condiciones materiales que lo sostienen. Jornadas laborales extensas, precariedad, necesidad de estar siempre conectados para no quedar fuera del mercado. El tiempo de vida termina subordinado a las exigencias del sistema productivo. Hoy, esa subordinación no se limita al espacio de trabajo: invade el ocio, la intimidad y, por supuesto, la amistad.

A esto se suma una ilusión contemporánea: la de que la conexión digital puede sustituir el encuentro. Las redes sociales y las plataformas de mensajería permiten mantener un contacto constante, pero ese contacto no siempre equivale a vínculo. La amistad necesita algo más que intercambio de información: requiere tiempo compartido, continuidad, comunidad. Elementos que escasean en un entorno dominado por la interrupción y la urgencia. La amistad se convierte en una actividad residual, relegada a los huecos que deja una agenda diseñada para otros fines.

La pregunta, entonces, no es si queremos ver más a nuestros amigos, supongo que nadie negaría que volver a recuperar esos espacios nos traería mayores elementos positivos a nuestra vida, sino qué estamos dispuestos a sacrificar para hacerlo. Porque recuperar el tiempo para la amistad implica, en muchos casos, ir contra la corriente que impera y que nos arrastra: rechazar la lógica de la disponibilidad permanente, aceptar cierta improductividad, defender espacios de lentitud.

En una sociedad que mide el valor en términos de rendimiento, dedicar tiempo a los amigos puede parecer un lujo. Pero quizás sea, más bien, una forma de resistencia. Una manera de recordar que no todo lo importante puede optimizarse, y que algunas de las experiencias más valiosas solo existen cuando dejamos de contar y empezamos, simplemente, a no esperar a nada a cambio. 

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