Ajmátova frente al Gúlag

Tiempos duros, extremos, tuvieron que vivir Ajmátova y sus compañeros de pasión poética. Tiempos duros para los poetas que pueden volver a repetirse de un momento a otro. Las libertades creativas, de expresión y hasta de pensamiento están en juego.
Francisco Javier López Martín
18 jul 2026 13:32 | Actualizado: 18 jul 2026 16:00

Fueron una extraña generación poética. Se dieron en llamar acmeístas, portadores del conocimiento más elevado. De alguna manera expresan algo parecido a lo que el conceptismo representaba como respuesta al culteranismo. Frente al simbolismo ruso, hermético, a menudo incomprensible, se alzan los acmeístas, con su poesía directa, clara, humana, dolorosa, o alegre, pero expresión de la esencia escondida de la vida.

Anna Ajmátova se especializa en la figura de Pushkin, padre de la literatura moderna rusa, con su discurso limpio y claro, con su defensa de la libertad del creador, en su oposición a los zares, es uno de los referentes para muchos acmeístas, que tendrán que enfrentarse a los  nuevos zares rojos, a la dictadura estalinista. Para ellos, reivindicar a Pushkin se convertía en una manera de denostar a Stalin. De resistir al estalinismo.

En aquel grupo, al que llamaron Taller de los poetas, además de Nicolai Gumiliov, primer marido de Anna Ajmátova, que acabó fusilado por la Checa  (la policía política de los bolcheviques) en 1921, condenado a muerte por acusaciones de conspiración, se encontraban otros poetas como Osip Mandelstam y, en su entorno de influencia, se moverán Marina Tsvietáieva y hasta Boris Pasternak, de distinta extracción creativa, pero interactuando siempre en el mismo espacio y tiempo.

Para mí han sido grandes descubrimientos humanos y poéticos tardíos. He tendido siempre hacia los poetas españoles del 98 y del 27. Hacia los latinoamericanos de larga y cercana trayectoria. He explorado a poetas más próximos en el tiempo, gente de la tierra.

Me han apasionado los del 50. Ángel González, Francisca Aguirre, José Hierro, Gloria Fuertes, o Gil de Biedma, Gabriel Aresti. He saboreado la creación poética de Manuel Rico, Luis García Montero, o de Adriana Serlik, Esperanza Párraga, o Javier García Cellino.

Sin embargo no me había detenido en Anna Ajmátova, en su amigo Mandelstam, en Marina Tsvietáieva, o en Boris Pasternak, más allá de las andanzas de su Doctor Zhivago, incluidos los poemas  para Lara incluidos en la novela, su premio Nobel, la magnífica película y la famosa conversación con Stalin a cuenta de Mandelstam.

Adentrarse en este mundo de Ajmátova es internarse en los gulags, en los lugares de destierro, en las cárceles. Se cuenta que Stalin, aspirante eterno a intelectual y poeta, concurrió a uno de los encuentros acmeístas, en el que no salió bien parado al recitar sus poemas y en el que fue ayudado por una Ajmátova que ejercía como anfitriona.

Desde entonces el amor-odio de Koba el Temible, como se conocía a Stalin, marcó la vida de Anna Ajmátova, investigando cada paso que daba, cada poema que escribía, destruyendo cuanto la rodeaba, siendo desterrada a Tashkent, en Asia Central, pero respetando su vida. Mitad monja, mitad puta, decían de ella en los círculos de poder soviético.

Ya quedó dicho que su primer marido, Nikolai Gumiliov, uno de los fundadores del acmeísmo, acabó fusilado en 1921. Su segundo esposo, Vladimir Shileiko, también poeta acmeísta y experto traductor del sumerio al ruso de La Epopeya de Gilgamesh, se separaron tras cinco años de convivencia, mantuvieron una buena relación epistolar y murió joven, de tuberculosis, en 1930.

En cuanto a su tercer marido, Nikolai Punin, pasó por varias detenciones, interrogatorios, procesos, hasta acabar muriendo en un gulag, allá por 1938. Pero quizá lo más duro para Anna fue el sufrimiento al que fue sometido su hijo Lev Gumiliov. Detenciones, arrestos, años de condena en el Gulag. Interminables días haciendo cola, junto a otras madres, para visitar al hijo. Madres que la incitaron a escribir sobre aquella tragedia, siendo el origen de Requiem, un poemario del desgarro y resistencia al estalinismo.

Obligado a alistarse en el ejército ruso, Lev llegó a participar en la toma de Berlín, pese a lo cual volvió a ser arrestado, condenado a 10 años e internado en un Gulag en Siberia. Sólo tras la muerte de Stalin y el famoso XX Congreso, fue rehabilitado y retomó su carrera científica como arqueólogo, geógrafo, historiador, orientalista y estudioso de las etnias de los pueblos esteparios, tártaros, mongoles, túrquicos, contribuyendo al desarrollo del eurasianismo, con componentes antisemitas. 

Pero Ajmátova resistió. Venía de una sólida cultura clásica y una formación en Derecho y Literatura. Vivió, en París, un apasionado romance con el aún desconocido pintor italiano Amedeo Modigliani, quien nos ha dejado algunos magníficos retratos, cuadros, dibujos de ella, algunos de los cuales conservó durante toda su vida.  Allí se adentró en el conocimiento de poetas como Verlaine o Baudelaire.

No huyó de la Revolución, decidió quedarse, ser voz del pueblo ruso y pasó el resto de su vida en modestas habitaciones de casas comunales, entre Leningrado (Petersburgo), Moscú, o Komarovo, un pequeño pueblo en el golfo de Finlandia. Resistió a las guerras. A la Mundial, la Civil, de nuevo otra Mundial y a las purgas estalinistas antes, durante y después de cada guerra.

Durante aquellos años memorizaba los poemas, porque sus apartamentos estuvieron siempre vigilados por micrófonos, burlando así los registros y el asedio de la Cheka, reconvertida luego en KGB. Escribía un apunte de verso, se lo enseñaba a un visitante que lo memorizaba. Luego el papel iba a la lumbre, Así se conservaron la mayoría de sus poemas. en la memoria de unos cuantos buenos amigos.

Luego entraba en juego el Samizdat. Las copias mecanografiadas que circulaban de mano en mano y acababan siendo enviadas al extranjero gracias a periodistas, diplomáticos, que las entregaban para su publicación a editores interesados. Este método, el Tamizdat permitió que poemarios de Ajmátova, como Requiem, fueran publicados en Munich, en 1963, indicando claramente que se publicaba sin la autorización de la autora, para evitar persecuciones y represalias.

Se han cumplido 60 años de la muerte de Anna Ajmátova. Murió un 5 de marzo de 1966. Un ataque al corazón. Un sanatorio cerca de Moscú. Burlando las intenciones de las autoridades soviéticas, fue acompañada por miles de personas en el funeral, en la catedral de San Nicolás, en Leningrado.

Un entierro en el cementerio de su último lugar de residencia, Komarovo.  Una tumba visitada asiduamente por las nuevas generaciones de poetas. Esta pasión del pueblo ruso por la poesía y por sus poetas, merecería, probablemente, otros muchos artículos sobre el dolor, la pasión, la muerte, la guerra, las torturas.

En los peores años de las purgas, las sacas, los secuestros, el gulag, Stalin se encargó de que a Ajmátova no le ocurriera nada irreparable, procuró evitar las detenciones, los interrogatorios, registros, procesos, condenas, campos de concentración, exilios. Pero, al tiempo, se ocupó de que sus esposos, su hijo, sus amigos, sufrieran sin tregua hasta la muerte y fueran dejando su huella de dolor en ella.

Tiempos duros, extremos, tuvieron que vivir Ajmátova y sus compañeros de pasión poética. Tiempos duros para los poetas que pueden volver a repetirse de un momento a otro. Las libertades creativas, de expresión y hasta de pensamiento están en juego.

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