Opinión
Susan George, una gigante del movimiento por la justicia global
Susan George fue siempre mucho más que una escritora. Hablar de ella es hablar de la historia de las luchas de las de abajo contra la globalización capitalista y el neoliberalismo, contra el poder corporativo y las injusticias estructurales.
La recordaremos con cariño como una compañera y figura clave con la que tuvimos la suerte de compartir numerosas batallas del movimiento por la justicia global: la lucha contra el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial: la cancelación de la deuda del Sur global; el Acuerdo Multilateral de Inversiones; la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el Acuerdo General de Comercio de Servicios (AGCS) —que mercantilizó y profundizó la privatización de los servicios públicos en el mundo entero—; los paraísos fiscales; los transgénicos; la Directiva Bolkestein; la Constitución Europea; la financiarización; y el tratado transatlántico de comercio e inversión (TTIP).
Susan no se limitaba a estar: intervenía, contribuía a construir movimiento y, sobre todo, caminaba con nosotras y nosotros en las plazas, en las aulas, en los grupos de trabajo improvisados de madrugada y en los acontecimientos que cambiaron la vida de muchas personas: Seattle (1999), Porto Alegre (2001) y otros Foros Sociales Mundiales.
Tenía una habilidad para enlazar análisis y acción colectiva: escribir para alimentar la estrategia, y hacer campaña con la claridad de quien sabe por qué importa cada pequeña victoria. Combinaba un rigor académico que no se encerraba en torres de marfil con una generosidad que la hacía accesible. Siempre dispuesta a compartir tiempo, a leer un borrador, a firmar un manifiesto o a participar en una charla con estudiantes.
¿A cuántas iniciativas, investigaciones y asambleas dieron vocabulario sus textos para nombrar las injusticias, mapear las relaciones de poder y encontrar motivos para actuar? Demasiadas como para contarlas aquí. Susan nos dejó una máxima que se convirtió en consigna: “Estudia a los ricos y poderosos, no a los pobres e impotentes”, escribía en How the Other Half Dies.
Decir que fue una referencia política es cierto, pero insuficiente. Susan fue, sobre todo, una presencia constante y lúcida, alguien que estaba ahí cuando hacía falta pensar, empujar, sostener o simplemente reírse en medio de la dureza del desorden global.
El “no” a las guerras de Vietnam y Argelia
Susan Vance Akers nació el 29 de junio de 1934 en Akron, Ohio. Fue hija única de Edith y Walter Akers. En 1956 se casó con Charles-Henry George, fijó su residencia permanente en Francia y crió a tres hijos. Falleció el 14 de febrero de 2026, a los 91 años, rodeada de su familia.
Se licenció en Francés en el Smith College (Estados Unidos) y en Filosofía en la Sorbona (Francia). Realizó su doctorado en Ciencias Políticas en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad de París. Posteriormente trabajó como consultora para varias agencias especializadas de las Naciones Unidas y colaboró con numerosas organizaciones.
A pesar de una socialización relativamente apolítica, Susan se convirtió en activista como respuesta a la guerra de Francia en Argelia y a los crímenes de lesa humanidad de los Estados Unidos en Vietnam. En 1967 se unió al Comité parisino-americano para Detener la Guerra (PACS), un grupo que fue prohibido en 1968 y desmantelado por la fuerza por el gobierno francés en 1973.
Una reunión especial en París
En octubre de 1972, Susan organizó una cena con los fundadores del Instituto de Estudios Políticos (IPS), Marcus Raskin y Richard Barnet —quienes quienes habían abandonado la administración Kennedy al constatar que una transformación sistémica solo podía venir del poder de los movimientos sociales—, junto a figuras políticas e intelectuales francesas opuestas a la guerra de Vietnam. Unas veinticinco personas se reunieron esa noche en la Closerie des Lilas de París, un lugar cargado de historia, para debatir la creación de una entidad de carácter internacionalista.
Un año después abrió sus puertas en Ámsterdam el Instituto Transnacional (TNI), una red de académicas y académicos activistas comprometidos. Susan ayudó a organizar su primera conferencia en 1974, justo después del golpe de Estado en Chile y el asesinato de Salvador Allende, y desempeñó un papel fundamental en su desarrollo inicial. Permaneció estrechamente vinculada al TNI durante el resto de su vida y fue su presidenta honorífica permanente y única.
Sus libros y la clase de Davos
Susan fue una académica-activista independiente cuyo trabajo expuso los horrores del sistema global. Escribió con pasión sobre justicia social y democracia, y se implicó incansablemente en la construcción de alternativas justas, democráticas y sostenibles.
A lo largo de décadas escribió 17 libros y un sinfín de ensayos y artículos de opinión. Sus textos fueron herramientas de combate que inspiraron a miles de personas a pasar a la acción.
Tras asistir en 1974 a la Conferencia Mundial de la Alimentación en Roma, profundamente decepcionada por un proceso dominado por la agroindustria, publicó Cómo muere la otra mitad del mundo (1976). Allí mostró cómo el capitalismo global genera hambre y cómo multinacionales, mercados internacionales y deuda externa despojan a las poblaciones de tierra, recursos y soberanía alimentaria.
En Un destino peor que la deuda (1987) explicó que la deuda externa del Sur global no es un problema técnico ni inevitable, sino un instrumento político deliberadamente construido para perpetuar el dominio del Norte.
En El informe Lugano (1999), una brillante “ficción factual” de la que Icaria ha sacado ya 14 ediciones, expuso con ironía la lógica de las élites para preservar el capitalismo mediante políticas tecnocráticas, autoritarias y antidemocráticas (privatizaciones, recortes sociales, securitización, control de la información, uso de la ecología como coartada, etcétera). Su análisis de la “clase de Davos” transformó la forma en que muchas activistas comprendemos el poder económico.
Fue también una investigadora que supo anticipar. Sus textos sobre la captura corporativa de la política, sobre cómo las élites moldean la percepción colectiva o sobre la alianza entre sectores ultraconservadores y ciertos discursos políticos —como en Hijacking America (Secuestro de América: cómo la derecha religiosa y secular cambió la opinión de los estadounidenses, 2008)— nos pusieron sobre aviso de lo que llegó más tarde con el trumpismo.
En Los usurpadores - cómo las empresas transnacionales toman el poder (2015)sostuvo que el poder corporativo es un rasgo estructural del capitalismo contemporáneo, y que enfrentarlo requiere recuperar soberanía democrática, imponer reglas vinculantes a las empresas transnacionales y reconstruir el control público sobre la economía. Hoy, con el ascenso de oligarcas y tecnofeudalistas, este diagnóstico resulta más vigente que nunca.
Otras obras más recientes fueron ¿De quién es la crisis? ¿De quién es el futuro? (2010), Nosotros, los pueblos de Europa (P2008) y Otro mundo es posible si... (2004).
El sociólogo, activista y político filipino Walden Bello nominó a Susan George para el Premio Right Livelihood (también conocido como el Premio Nobel Alternativo) en 2006. “No solo merecía ese premio, sino también el Premio Nobel de Economía, en lugar de muchos de los irrelevantes neoclásicos que lo reciben habitualmente”, escribió Bello en un mensaje tras conocer la muerte de Susan.
Una amenaza que impactó en nuestras vidas
Escuché hablar de Susan por primer vez en relación al Acuerdo Multilateral de Inversiones (MAI, por sus siglas en inglés), un tratado negociado en secreto en la OCDE a partir de 1995, con una fuerte participación de grupos de presión empresariales como la Cámara de Comercio Internacional, y orientado a otorgar derechos extraordinarios a las corporaciones transnacionales. Se pretendía reemplazar miles de tratados bilaterales de inversión existentes con un marco único que protegiera de manera amplia los derechos de los inversores extranjeros y liberalizara las inversiones internacionales.
Bajo la lógica del MAI, las empresas podrían desafiar leyes nacionales que afectaran sus ganancias —incluyendo regulaciones ambientales, laborales o de salud pública— a través de mecanismos de arbitraje internacional, eludiendo los tribunales locales.
A partir de 1997, se desató una protesta internacional de ONG, movimientos sociales, sindicatos y activistas, que lograron visibilizar el tratado y presionar para que varios gobiernos, empezando por Francia, retiraran su apoyo. Susan fue una voz clave en el movimiento para derrotar el MAI o AMI. En diciembre de aquel año, participó en importantes coloquios en Francia para alertar a la opinión pública sobre sus posibles riesgos democráticos.
Uno de los documentos que ayudó a desenmascarar aquél contubernio fue El MAI: una guía para el ciudadano, publicado por la Internacional de Servicios Públicos (PSI-ISP) y escrito por Maude Barlow, coetáneo de Susan y presidenta del Consejo de Canadienses, un grupo de defensa de los derechos humanos, el medio ambiente y la democracia.
Tal como Susan y tantas otras advertían hace más de 30 años, las normas de comercio e inversión acabaron limitando la capacidad de los gobiernos para legislar y regular en favor del interés público. Se probó que los cientos de acuerdos que incluyen, entre otras, el mecanismo de solución de controversias inversor-Estado (ISDS), obligaron a numerosos Estados a pagar indemnizaciones millonarias a grandes compañías por medidas para proteger la naturaleza, los derechos laborales o la salud.
Tal fue la movilización social e indignación contra los tribunales privados de arbitraje, en relación al acuerdo UE-Estados Unidos (TTIP), que en 2015, la entonces comisaria de Comercio de la UE, Cecilia Malmström, reconoció que ISDS era el “acrónimo más tóxico en Europa”. Años más tarde, se logró que la UE abandonara el Tratado de la Carta de la Energía (TCE).
De TNI a Attac
La campaña contra el MAI (1997-1998) fue, tal vez, la primera gran victoria del movimiento que se oponía a la globalización neoliberal y un catalizador para que naciera la Asociación para la Fiscalidad de las Transacciones Financieras en Ayuda a los Ciudadanos (Attac). En ese contexto, en diciembre de 1997 Le Monde Diplomatique publicó un editorial proponiendo un movimiento ciudadano contra el poder de los mercados financieros, lo que desemboca en la creación de Attac Francia en junio de 1998, donde Susan ejerció como vicepresidenta entre 1999 y 2006 y presidenta honoraria hasta su muerte.
Susan contribuyó a la orientación política de Attac: señalar que el problema no eran tratados aislados, sino una arquitectura global de poder corporativo, financiero y comercial construida al margen de la democracia. Su capacidad para traducir mecanismos complejos en análisis claros fue clave para convertir Attac en una organización de educación popular crítica y de movilización sostenida.
Su trabajo fue central en las campañas contra la privatización de servicios públicos, en particular para establecer las “zonas libres de AGCS”.
En 2004, Attac decidió oponerse a la Constitución Europea y como vicepresidenta de Attac Francia, acompañó a la organización en su crítica a la Unión Europea (UE) y desempeñó un papel central en la campaña. En su opinión, el tratado promovía el neoliberalismo, la pobreza, la inseguridad y el desempleo masivo. El 29 de mayo de 2005, en la mayor participación electoral jamás registrada en unas elecciones relacionadas con la UE, el 55 % de los votantes franceses rechazó el texto.
Recuerdo una mezcla de serenidad y determinación para denunciar el déficit democrático, la gestión de la crisis del euro y las políticas de austeridad. Alguien que explicaba con paciencia los procesos políticos de la UE y el desprecio de sus élites hacia la voluntad popular y una falta de democracia con el Tratado de Lisboa —un reempaquetado de la Constitución Europea tras los referendos perdidos en Francia y los Países Bajos—.
Más tarde, fue una referencia imprescindible en las campañas contra los tratados de libre comercio e inversión como el TTIP o el CETA, donde Attac recuperó —con Susan como memoria viva— las lecciones estratégicas de la lucha contra el MAI.
“Por supuesto que puedo sentirme desanimada. Pero no creo que haya perdido el tiempo”, decía en la entrevista recogida por Éditions du Seuil en 2020. Y añadía: “Creo que los efectos de una acción, y más aún de la acumulación de acciones, pueden producirse en cualquier momento y, a menudo, cuando menos se espera”. Ese no era optimismo vacuo; era la perseverancia. Su apuesta por la acumulación de acciones fue enseñanza y consigna: no abandonar, aun cuando el paisaje pareciera hostil.
Captura empresarial de la UE
Susan también fue una aliada incondicional y fuente de inspiración para el Observatorio de la Europa Corporativa, un colectivo de investigación que emergió al calor de las movilizaciones “Alternative Eurotop” y las Marchas Europeas contra el Paro, la Pobreza y la Exclusión Social —que pusieron en jaque la cumbre que cerraba el Tratado de Ámsterdam— en junio de 1997. Un mes antes publicaron el informe Europa, Inc. – Relaciones peligrosas entre las instituciones de la UE y la industria.
El origen de Corporate Europe Observatory se remonta a diciembre de 1993, cuando la organización juvenil Aseed (Action For Solidarity, Equality, Environment and Development) ocupó las oficinas de la Mesa Redonda Europea de Industriales (ERT). Durante la acción, las activistas encontraron documentación que evidenció la gran influencia que ejerció esta asociación compuesta por los directores ejecutivos de las empresas más grandes en las políticas de las Comunidades Europeas. Lo contaron en Misshaping Europe (La deformación de Europa), una publicación que sembró la semilla de una larga trayectoria para exponer el lobby corporativo en la UE.
Susan formó parte de la junta del observatorio desde sus inicios y permaneció en ella durante dos décadas acompañándola en innumerables campañas y dejando una huella profunda. Ya se tratara del comercio global, la gobernanza económica o la arquitectura institucional diseñada para privilegiar los intereses del poder corporativo en todas sus formas.
La última vez en Madrid
La última actividad pública que compartimos fue el seminarioEuropa, concentración de riqueza, concentración de poder en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense. Explicó con la misma lucidez de siempre por qué la cuestión de la concentración de poder no es una curiosidad académica sino una cuestión de supervivencia democrática.
Guardo un correo suyo, del 3 de julio de 2018, que avala la ternura y la humildad de su trato cercano. Gratitud para quien ha dado tanto.
Gracias por cada libro, por cada conversación, por cada marcha compartida. Sus pasos no se borran: su ejemplo permanece en las redes que tejió —TNI, Attac, Corporate Europe Observatory y tantas otras organizaciones— y en la gente joven que hoy toma su obra como punto de partida para elaborar nuevas estrategias.
Seguiremos estudiando a los poderosos, para desenmascarar su corrupción, abrir grietas en cada uno de sus muros, organizar contra-poder y no perder la centralidad de la justicia social y ambiental.
Que descanses en paz, querida Susan.
TTIP
Trump, resultado de 40 años de neoliberalismo
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