¿Por qué lo llaman posverdad cuando en realidad quieren decir miedo?

Con el advenimiento de lo que pomposamente llaman la era posverdad han encontrado la excusa perfecta para seguir dándole a una de sus aficiones favoritas

Cebrian
Juan Luís Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa y consejero delegado en El País. Archivo El Salto

publicado
2017-09-05 15:31:00

A pesar de que la policía de Canadá se había mostrado reticente a ofrecer datos sobre los dos detenidos por el atentado en una mezquita de Quebec con el objetivo evitar especulaciones, el 30 de enero varios medios españoles publicaron una serie de informaciones basadas en una filtración. El País aludía al “origen marroquí” de “al menos uno de ellos”. Finalmente el único acusado era aquel cuyo lugar de nacimiento daba igual.

Sobre esas mismas fechas El País publicaba el artículo “España también tiene noticias falsas”. Entre los ejemplos citados para ilustrarlo no aparecían el currículum amañado de Monedero, el listado de calles a eliminar por el ayuntamiento de Madrid o la relación de Podemos con la agresión a Rajoy en Pontevedra. Todas estas informaciones eran falsas y fueron publicadas por el propio diario.

Las noticias que sí recoge el artículo tienen en común su éxito en redes sociales y que proceden de “pequeños blogs” cuyo “negocio consiste en viralizar en Facebook”. Los ejemplos que tienen la culpa de que “hayan aparecido casos de posverdad” en España vienen de un portal humorístico y de un digital de ultraderecha, que debe ser a lo que se refiere el artículo con jugar “al límite” publicando artículos como “¿Por qué las feministas son más feas que las mujeres normales?”.

El reciente interés de los medios por las noticias falsas y esto que han decidido llamar posverdad se justifica en la incidencia de éstas en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Según David Alandete, director adjunto de El País, la victoria de Trump se basó “en pequeñas localidades de Florida, Ohio o Pensilvania donde el republicano logró ganar, no en grandes ciudades como Nueva York o Los Ángeles, donde las cadenas de televisión y las portadas de los diarios aún ayudan a discernir qué es cierto y qué no”.

En esas pequeñas localidades no debe de haber tele ni quioscos y claro, informándose por internet no hay quién se entere. Lo dice en un artículo titulado “Cómo combatir la posverdad” en el que concluye que la solución es que las redes sociales cambien su algoritmo para dar preferencia a un editor “con estudios y trayectoria periodística” frente a “la interacción del lector”. La culpa es de los usuarios de las redes sociales.
Queda fuera del análisis el hecho que desde éstas y algunos de esos pequeños blogs se hayan destapado un buen puñado de mentiras publicadas. Fotos de armas incautadas en manifestaciones –extraídas de operaciones anteriores o directamente de internet–, documentos de supuestos pagos a políticos que resultaron ser cortapega de YouTube o el reciente caso Nadia, del que El País se hizo eco sin mencionar que el origen de su descubrimiento estaba en un blog.

[Me pasan a través de Twitter (malditas redes) un tuit de Josu Meza, el autor del blog malaprensa, en el que indica que un periodista de El País había escrito mensajes en esa red social cuestionando el caso con anterioridad a la publicación del tema en su blog.]

A pesar de ello, o quizás por eso mismo, desde 2011 hemos salido a columna de opinión diaria sobre lo malo que es internet. Los tuiters mataron a Rita Barberá y algo tuvieron que ver con cualquier cosa que, desde entonces, no cuadre con las expectativas de los principales opinadores.

Con el advenimiento de lo que pomposamente llaman la era posverdad han encontrado la excusa perfecta para seguir dándole a una de sus aficiones favoritas. Atizar a unas redes que, antes de que todo fuera populismo y a la mentira empezaran a llamarla posverdad, ya aparecían en sus páginas como un problema.

Quizás tiene que ver con que desde el inicio de la crisis las ventas de los principales diarios generalistas han caído en más de la mitad. Ante esta situación las redes sociales se han convertido en el nuevo quiosco y la libertad de elección que ofrece el mercado ya no parece tan buena idea.

Pero es que, además, la comunicación ha cambiado y ahora ese lector al que siempre suponías satisfecho puede tener la desfachatez de no estar de acuerdo. Lo mismo ya no todo cuela y se te ven las costuras, ya sean éstas fruto de las prisas por publicar, de los sesgos en el personal de la redacción o de presiones explícitas. Perder privilegios, en cualquier caso, siempre ha dado mucho miedo.

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