La pianista catalana Clara Peya
La pianista catalana Clara Peya. Foto: ®Roc Pont.

Clara Peya y el arte como lugar de curación colectiva

La pianista y compositora catalana publica su decimoquinto trabajo, ‘Nuca’, un álbum de aspiración sanadora en el que homenajea al “músculo de la empatía, porque la nuca tiene esa capacidad de girar y ver las cosas de otra forma y, sobre todo, ver a la otredad”.
6 may 2026 06:00

Desde sus inicios hace casi un par de décadas, la música de Clara Peya siempre ha sido difícil de clasificar en una industria —palabra tan adversa para una artista de vocación artesana— tan habituada a la simplificación vía etiquetado. “No entra en los festivales de verano, ni en los eventos donde la gente está de pie, porque requiere de escucha, porque tiene que ver con el ritual, tiene que ver con cosas muy pequeñas que solo se perciben en plena escucha, más allá del estilo”, comenta.

Esa falta de adscripción a un género musical y a un formato escénico masivo es lo que, de hecho, le permite volar sin ataduras para expresar su voz (sin palabras) a través de las notas que emanan de las teclas de su instrumento. “No siento que esté encasillada en ningún tipo de grupo, me siento parte de muchos y de ninguno. Eso también es motivo de soledad, pero a la vez también es motivo de libertad: hay algo de este camino más libre que muchas veces me lleva a la soledad”.

Su manera de crear y las limitaciones que conlleva —“me propongo hacer una cosa concreta, tengo claro cómo va a ser y nunca me sale, jamás”— han de alinearse, por necesidad, con su forma de ser, estar, sentir, pensar y comportarse en ese universo creativo suyo tan impregnado por el componente emocional. “No me puedo desvincular de cómo estoy y de cómo soy. Me es imposible. Creo que, por culpa de ello, hay una cosa que es bonita, porque hay algo de autenticidad, de verdad, es real, porque no puede ser de otra manera. Por otro lado, me obliga a trabajar mucho la autoestima, porque si no me quiero, no puedo querer lo que he hecho”, reconoce.

Por fortuna, si la virtud de componer canciones es algo que se revela y desenvuelve en un plano más bien individual e íntimo, es la inclinación por compartir y hacer partícipes a los demás la que implica a su creadora, a las voces colaboradoras y también a las personas que practican una escucha activa, consciente, de su música. “He trabajado con gente tan diferente que lo que siempre he visto como un gran defecto —no poder cantar mis propias canciones— ahora lo veo como una virtud. Me ha hecho colectivizar y abrirme a la generosidad y, sobre todo, a la humildad. Decir: yo he hecho esta canción y la vas a cantar tú, la harás tuya y la cantarás como quieras. Yo he hecho mi parte, tú haces la tuya y luego hay una parte compartida que, cuando alguien la escuche, también será suya. Entender este proceso como algo que va del yo al nosotros es una entrega absoluta. He tenido la oportunidad de aprenderlo, o de estar aprendiéndolo, a través de este gesto colectivo”.

Como reconoce la pianista, nada tiene que ver el hecho de actuar en solitario —su álbum anterior Solilòquia tenía esta perspectiva: “Es como un juego, que es ponerte al límite, es correr riesgos, es fascinante porque es como un diálogo contigo misma”— con el altruismo que implica hacerlo acompañada de personas afines con las que empatiza, a las que ama y con las que decide vincularse. “Si tengo un equipo con el que me entiendo profundamente, con el que hay amor, y hacemos una gira o un concierto, eso se multiplica, porque la relación ya tiene una profundidad. Tocar con las otras personas amplía ese espacio. Genera un lugar que te obliga a mirar al otro y a compartir algo que lo colectiviza más. Y, para mí, es un ejercicio más humilde y que tiene que ver con la generosidad también, con el momento en el que estoy, en el diálogo entre la libertad y la soledad”.

El piano de Clara Peya, en llamas
El piano de Clara Peya, en llamas. Imagen cortesía de Nuria Gascón.

Como apasionada de lo escénico —“me encanta el arte en vivo, porque es muchísimo más efímero que cualquier cosa encapsulada”—, otro de los proyectos en los que pone su música al servicio de las artes es la compañía teatral Les Impuxibles, una iniciativa fundada en 2011 que comparte con su hermana, la bailarina y coreógrafa Ariadna Peya, en la que ambas ejercen, a su vez, de cocreadoras e intérpretes. “Para mí, lo que es muy importante en ambas propuestas es tener un marco donde poder enmarcar una temática, sentir que aquello que haces no es simplemente tu pedrada, sino que puede colectivizarse. Por tanto, muchas veces necesita, o a mí me gusta que tenga, una temática, un marco, un motivo que lo englobe todo, que vaya hacia una dirección, que tenga un sentido. Que desde lo que dice se pueda crear algo para debatir, para generar pensamiento crítico sobre los males de época que tenemos”.

Esta toma de conciencia y compromiso con la realidad de aquellas personas que sufren las consecuencias devastadoras de las guerras y el hambre fue la que le impulsó a formar parte de la abigarrada tripulación que se embarcó, si bien no culminó su itinerario, rumbo a la Franja de Gaza en la Global Sumud Flotilla desde el puerto de Barcelona el 31 de agosto de 2025. “Lo de la Flotilla me llega porque una amiga me pide si le puede dar mi teléfono a una amiga suya que está en el movimiento. Yo pensaba que era para tocar o hacer un vídeo. Me escribió y me dijo que necesitaban gente que quisiera subir y que tuviera cierta repercusión. Me dijo: tú eres muy activista, hace tiempo que te pronuncias por Palestina, y hemos pensado en ti”, recuerda.

La motivación personal que aduce Peya para embarcarse en la citada “misión humanizadora” se fundamenta en una profunda pérdida de fe en la que hasta entonces había sido su profesión como música, una duda que, con excesiva frecuencia, aflora y se manifiesta en la conciencia de muchas creadoras. “Creo que la gran cosa es darme cuenta de que yo ya no tenía ganas de tocar el piano, de salir al escenario y ya empezaba a ver que lo que hacía no tenía sentido. Y esto yo creo que es el punto de inflexión más fuerte y el que me animó a subir a la Flotilla”.

Y, aunque la experiencia pudiera considerarse como transformadora en el plano personal y colectivo, tampoco le hizo recuperar la esperanza perdida en lo que hasta entonces le había permitido aferrarse a la vida: la música. “Creo que es porque había perdido la fe y pensé que ir con la Flotilla igual me la devolvía, que no fue así. Hubo un momento en que yo perdí la fe, la fe en el mundo, en las cosas… Perdí la fe. No la encontraba en nada, ni en las pequeñas cosas de la vida. Porque había perdido la fe en la música, que ha sido mi faro durante toda mi vida realmente. Al perder la fe en la música y entender que esto no podía cambiar nada, me activé de otra manera, de forma más directa”.

A su retorno de la experiencia en la Flotilla, en enero de 2026 se hizo partícipe de la campaña “Boicot a Spotify”, a la que se adhirieron decenas de músicos, entre ellos algunos que habían trabajado en proyectos anteriores de la pianista como el bajista Vic Moliner o la vocalista y multinstrumentista Magalí Sare, y que denunciaba la vulneración de derechos de autor, la promoción de contenidos generados por inteligencia artificial y las pírricas cantidades con que esta plataforma remunera a los creadores que se prestan a compartir su música, entre 0,001 y 0,003 euros por reproducción. “No estoy en esta plataforma porque creo en la humanidad y no estaba tranquila formando parte de esta estructura. Deseo tocar toda la vida y continuar realizando conciertos; ya no tengo anhelo de éxito. En coherencia con quién soy y cómo pienso, no puedo aceptar que mi trabajo sea prácticamente gratuito. Existen otras maneras de compartir la música”.

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