Música
¡Siempre hay espacio para Jello!

¿El cantante de una banda de hardcore punk como alcalde de San Francisco? Lo que hizo Jello Biafra, cantante de Dead Kennedys, hace 40 años era, efectivamente, una broma a medias o, mejor aún, una broma a tomarse muy en serio.

Jello Biafra mayor
29 sep 2019 06:00

Este otoño se celebra el aniversario de una efeméride quizá menor pero no menos interesante. Hace 40 años, Jello Biafra, el cantante de los Dead Kennedys, puso en marcha una campaña imposible para convertirse en alcalde de San Francisco. La idea le vino, dice la leyenda, cuando el batería del grupo, Bruce Slesinger (Ted), le sugirió presentarse aprovechando su carácter bocazas. Dice también la leyenda que Biafra escribió el programa en una servilleta allí mismo, mientras atendían un concierto de Pere Ubu. ¿El cantante de una banda de hardcore punk como alcalde de San Francisco?

Biafra depositó 900 dólares para garantizar la posibilidad de presentarse y se dedicó de inmediato a encontrar 1.500 firmas de apoyo. Las consiguió. Y con ellas, la misma cobertura que el resto de candidatos. El programa: obligar a los empresarios a vestir de payaso en territorio municipal, erigir estatuas de Dan White —el asesino del alcalde George Moscone y Harvey Milk— y permitir a los parques vender piedras, tomates y huevos para poder arrojarlos contra ellas y volver a contratar a los trabajadores del ayuntamiento despedidos y ponerlos a pedir limosna en los barrios ricos (incluyendo el de su contrincante, la demócrata Dianne Feinstein), pero también otras más serias —que son las que el propio Biafra ha destacado en entrevistas posteriores— como prohibir la circulación de automóviles en el centro y potenciar el transporte público, legalizar la okupación de edificios vacíos y sedes de empresas evasoras de impuestos o que los oficiales de policía fuesen elegidos en votación por los vecinos de los barrios en los que patrullarían.

La campaña estuvo a la altura del programa. Con el eslogan de “Siempre hay espacio para Jello” —tomado directamente de la marca de gelatina Jell-O, de la que Biafra tomó el seudónimo—, el candidato se compró un traje de siete dólares en una tienda de segunda mano y se paseó con pancartas con lemas como “Si no gana, me mataré” al lado de “¿Y qué pasa si gana?”, “Jello, porque el conformismo es la muerte” o “Jello Biafra no es más un chiste que el resto de candidatos que se presentan este año”.

Biafra quedó tercero con un 3,79% (6.591 votos). La elección finalmente se disputó en segunda vuelta, en la que se impuso Feinstein. La efeméride acaba aquí, pero quedaos conmigo un momento. La campaña de Biafra era, efectivamente, una broma a medias o, mejor aún, una broma a tomarse muy en serio.

En una entrevista, Biafra criticó la uniformidad del resto de candidatos, todos los cuales tenían puntos de vista “proempresa y conservadores”. California es, ciertamente, un territorio político bastante peculiar: no hay más que recordar que fueron gobernadores de ella dos actores, Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger, y que, antes que ellos, un actor y bailarín, George Murphy, la representó en el Senado. Por cierto, los Dead Kennedys dedicaron toda una canción a Reagan y años después Biafra la actualizó con los Melvins para criticar a Schwarzenegger.


Además, Biafra contaba con el precedente de la llamada batalla de Aspen, la campaña de Freak Power para hacerse con la alcaldía de este municipio de Colorado y, al año siguiente, la candidatura del periodista gonzo Hunter S. Thompson a sheriff de la misma localidad. Pero esa particularidad, en cualquier caso, ha dejado de serlo a medida que los medios de comunicación de masas han ido ocupando un espacio cada vez mayor en nuestras vidas y también, por descontado, en la política.

El fenómeno fue despachado hace unos pocos años por los propios medios como un voto protesta, una muestra de desafección política. Una respuesta rápida, casi un reflejo. Con los políticos cada vez más sometidos a la presión constante de los medios y las redes sociales, el discurso de la mayoría de ellos se modera. Dicho de otro modo, no pueden decir lo que muchas veces piensan, o decirlo como realmente piensan, sin arriesgarse a ser penalizados electoralmente. Los humoristas, en cambio, están exentos de ese riesgo (aunque no, claro, del de ser vistos como bufones que pueden reírse del rey sólo porque su infracción es vista como parte del contrato e inofensiva para el poder).

Que la cuestión no se agota rápidamente lo demuestra el caso del presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, quien antes de llegar al cargo tenía una serie de televisión, El servidor del pueblo, en la que interpretaba a un maestro de instituto escogido por un grupo de oligarcas para convertirse en el próximo jefe de Estado por su potencial populista y antiestablishment.

El personaje interpretado por Zelenski es elegido luego que sus alumnos filtren un vídeo en internet donde carga contra la administración con todo tipo de insultos, convirtiéndolo automáticamente en una sensación en las redes. Mucho se ha debatido si El servidor del pueblo facilitó el éxito de Zelenski, que obtuvo un 73,22% en las elecciones presidenciales de abril. Su partido, que se llama igual que su programa de televisión, también ganó las elecciones parlamentarias de mayo con un 43,16% de los votos. Sin necesidad de ir tan lejos, en Alemania —un país que acostumbra a presentarse como sinónimo de “seriedad”— Die PARTEI, una iniciativa de la revista satírica Titanic, consiguió aumentar su representación en la Eurocámara en los comicios de mayo y ahora cuenta con dos eurodiputados, uno de ellos el exdirector de la revista, Martin Sonneborn.

La cara oscura la encontramos en una tipología de político de derechas, de la que son ejemplo Berlusconi o Trump —acaso también Duterte, pero Filipinas nos queda más lejos, geográfica y culturalmente— que han hecho de los chascarrillos, las declaraciones y comentarios fuera de tono y los one-line joke parte de su estilo inconfundible. La prensa los sigue tratando como anomalías del sistema, pero más que la causa de su degradación son el resultado —un subproducto, si así se quiere— de más de dos décadas de alienación televisiva, celebrity culture y dumbing down (ya sabrá el lector disculpar los anglicismos). Los medios lo agradecen (en voz baja): más audiencia, más tráfico de visitas, más share, más anunciantes dispuestos a pagar más.

La izquierda, mientras tanto, sigue prisionera de aquel castillo del vampiro del que habló Mark Fisher donde no puede haber “ningún tipo de humor” y seguramente menos aún sátira.

“En la izquierda seguimos dividiéndose en escisiones cada vez más minúsculas. ‘¡Cualquiera que no sea vegetariano es automáticamente malo!’, ‘¡Quienes no defendéis el medio ambiente queréis contaminar el mundo!, ‘¡Si no eres gay entonces eres homófobo!’, ‘¿Me miras mal? ¡Eres un racista!’, ‘Usas pintalabios, ¡no puedes ser feminista!’ Dividís, dividís, dividís, dividís, dividís. Y mientras la izquierda se dedica a mirarse el ombligo con sus causas de andar por casa, la derecha viene y se apropia de aquello que corresponde, por justicia, a todos”. Esto es de Jello Biafra. No de 1979, sino de 1998, pero podría ser de ayer mismo y aún valdría. Puede que aún haya espacio para Jello.

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