Mike Scott: “En cualquier lugar suena la maldita música de los años 80”

El veterano músico escocés Mike Scott continúa liderando The Waterboys, la banda de su vida. Su disco más reciente homenajea a una figura central en la contracultura estadounidense, el actor y director Dennis Hopper.
The Waterboys - 1
Foto: Scarlett Page.
Gracias a Stuart Young y Mathew Viles por su ayuda en esta entrevista.
9 ene 2026 06:00

Todo empezó en 1981 en el barrio de Islington, al norte de Londres, en el ya desaparecido Redshop Studio. Allí, entre cuatro paredes insonorizadas, un joven de Edimburgo interesado en la literatura inglesa registraba sus primeras canciones hechizado por el influjo de Bob Dylan y Neil Young. Eran los primeros años 80 y el viejo imperio se estremecía bajo las órdenes de la Dama de Hierro, la primera ministra Margaret Thatcher. Se cerraban acerías y minas de carbón, crecía la tensión social, aumentaba el desempleo en los astilleros, se fraguaba la Guerra de las Malvinas y se permitía a los inquilinos de viviendas sociales comprar sus casas. Emergía un mundo nuevo y el panorama musical digería a su manera tanta convulsión. Asomaban la new wave y el pospunk, y el Reino Unido se convertía en una ensalada de estilos y tendencias. El joven escocés, de nombre Mike Scott, ya se mezclaba entre esa bohemia londinense, y formaba y deshacía bandas a su gusto hasta que, en 1983, a raíz de un verso de Lou Reed, eligió el nombre definitivo de su proyecto vital: The Waterboys.

Sería absurdo enumerar los músicos que, desde entonces, han desfilado por la banda. Más de una treintena. De hecho, la entrada y salida de miembros ha sido una constante en la trayectoria del grupo. Ninguno dejó una huella imborrable, a excepción del violinista Steve Wickham. A partir de 1985, cuando Scott lo descubrió en una demo con Sinéad O’Connor, Wickham se sumó al grupo, y así nació This is the sea, el tercer álbum, uno de los mejores. La pieza que los catapultó al éxito inmediato fue “The whole of the moon”, que, si en Reino Unido alcanzó el top 26 en la lista de éxitos, en España se convirtió, en la época previa a la ruta del bakalao, en el himno que cerraba discotecas en las cálidas noches valencianas.

Tres años después, el grupo registró otro clásico, el álbum Fisherman’s blues. The Waterboys se consolidaba ya como la banda de folk rock más genuina de la escena musical. Scott era la voz, el alma, la acústica de 12 cuerdas atacada con vigor. Y Wickham, el aliado perfecto, el violín de taberna irlandesa, nervioso, intenso y genial. Durante mucho tiempo, el equilibrio entre Scott y Wickham fue el eje de la banda, la complicidad que sustentaba el sonido Waterboys. Sin embargo, en los años 90, tras el giro más rock que Scott quiso imprimir a las canciones, Wickham decidió tomarse un descanso, aunque regresó en el año 2000. Finalmente, en 2023, cansado ya de girar, el violinista decidió retirarse a una vida más tranquila en la pequeña y bella ciudad de Sligo, situada entre colinas y prados verdes.

¿Cómo iba a afectar su ausencia al sonido del grupo? ¿Se resentiría? ¿Cómo se las arreglaría el incansable Scott para mantener la llama de la banda? Lo hemos podido averiguar asistiendo a la serie de conciertos que el grupo ha protagonizado recientemente en nuestro país. Un auténtico lujo. Hasta siete sesiones para presentar su último álbum, Life, death and Dennis Hopper. El primero, en Barcelona, en la Sala Paral·lel 62, y él último en Alicante, en El Muelle Live. Entre medias, Valencia, Murcia y Pamplona, recalando en Madrid el pasado 1 de diciembre en La Riviera. Tras colgar el cartel de entradas agotadas en varios de estos lugares, no cabe duda de que la banda liderada por Mike Scott vive una segunda juventud.

¿Cómo se las ingenió el bardo escocés? La solución era sencilla: ensancharse y otear el horizonte. Por eso, Scott no ha tratado de suplir la figura de Wickham contratando a otro violinista. Hubiera sido demasiado fácil. Él sabía perfectamente, viejo zorro, que una suplencia hubiera robado credibilidad a la banda. Por el contrario, fiel a la evolución que persigue y lúcido ante la pérdida del genial Wickham, Scott ha acentuado el perfil más rockero de la banda. Una apuesta firme por un sonido más eléctrico, bebiendo de las viejas raíces americanas con órganos vibrantes de negritud. Ritmo y tensión. A falta de belleza celta, Scott tira de músculo y decibelio, de la energía elemental que brota del rock más genuino, cruzando el umbral de las dos horas de concierto si lo considera necesario.

En Barcelona, por ejemplo, la banda atacó de inmediato con la trepidante “Medicine bow” y, a continuación, extrajo la punzante “Be my enemy”. Después siguió con el guiño a Dylan en una sólida “Knockin' on heaven's door” para cerrarla al instante con el inicio de la emblemática “Fisherman’s blues”. Fue el primer estallido de locura serio. Ya saben: gritos, aullidos y pantallas alzadas registrando el momento. Para entonces, los grifos de cerveza de la Paral·lel 62 funcionaban a toda máquina y la banda se adentró en las canciones de su último trabajo. Scott —y este es otro elemento de la segunda juventud— ofrece el material nuevo en la parte central de la velada, como si se negara a sostener el concierto a base de éxitos. Él persiste en evolucionar, en navegar la Gran Música, el calificativo con el que la crítica definió en su día el sonido poderoso del grupo. Luego, bajó la marea, el publicó templó su ánimo y se abrió complacido ante las nuevas canciones. Era un respiro necesario antes del vertiginoso tramo final que nos esperaba. La tormenta se desató con “Don’t bang the drum”, se incrementó con “A girl called Johnny” y combustionó con “The pan within”, que, si antaño fue una pieza perfecta en el violín de Wickham, sonó esta vez rugiente y dilatada, como si estuviera prendida de mercurio, con un Mike Scott pletórico, con gafas de sol y melena encanecida asomando bajo el ala del sombrero vaquero. Hechos los deberes y demostrando el zorro que el artefacto se encuentra en un estado formidable, la banda cerró la velada con “The whole of the moon”. Se elevaron otra vez las luces de los móviles, se cantó y concluyó finalmente el concierto. Complacido, el público fue retirándose lentamente y dejó tras de sí un rastro húmedo de noche grande. ¿De qué está hecha la segunda juventud de The Waterboys? Mirando al matrimonio sesentero abrazado en el centro de la pista medio vacía, besándose entre restos y vasos de plástico, se entendía perfectamente: compromiso, resistencia y obstinación.

A a sus 67 años, Mike Scott luce sello de veterano del rock, de clásico del oficio. Con ese aire bohemio, el líder de The Waterboys mantiene intacto su carisma y su figura esquiva. Pero atiende a El Salto con cierta extraña disposición. Su último disco Life, death and Dennis Hopper, está dedicado a la vida y obra del actor y director estadounidense. Y sonriendo de perfil, recuerda Scott el día en que, caminando por una calle londinense, se topó en una galería de arte con la obra fotográfica de Hopper, figura legendaria de la contracultura americana. De inmediato, quedó fascinado por el ojo fotográfico del actor. Y de aquel fogonazo surgió el álbum. Tras presentarlo en España con éxito rotundo, la banda regresa en 2026 para celebrar uno de sus trabajos más emblemáticos, Fisherman’s blues

¿Qué le cautivó de la mirada fotográfica de Hopper?
Me gustan las fotografías antiguas en blanco y negro, sí, y me cautivó la forma en que Hopper captó la personalidad de las personas que retrataba. Además, todas sus fotografías se tomaron entre 1961 y 1967, lo que significa que aquellos sujetos debieron de ser muy interesantes, ya que toda la década de 1960 fue un periodo deslumbrante.

¿Algo de la vida de Hopper resonó en la suya propia?
No, en realidad no. Su vida fue completamente diferente a la mía, quizá haya algunas similitudes, pero nada importante. Lo que realmente me interesó de Dennis fue que estuvo presente en muchísimos momentos de la historia del pop. Actuó con James Dean en Rebelde sin causa, estuvo en Hollywood a finales de los años 50, en los inicios del pop art, contempló de primera mano la escena de los años 60, etcétera. En fin, todo eso me resultó más interesante que cualquier similitud con mi vida.

Le deslumbra ese movimiento contracultural que vivió Hopper.
Fue un periodo increíble. En la década de 1960 se evolucionó en todos los ámbitos de la vida, desde la política y la cultura hasta la música y la tecnología. Fue una época dorada. Yo, entonces, era un niño, así que crecí pensando que esa evolución era normal y que todas las décadas iban a ser tan increíbles como la de los 60; pero, desde entonces, y a grandes rasgos, todo ha ido siendo una auténtica porquería [risas].

¿Sería necesario un movimiento similar hoy día para salir de tanta vulgaridad?
Bueno, la década de 1960 fue la culminación de una serie de factores. En Estados Unidos, se liberó a los negros que llegaban a las ciudades procedentes de las zonas rurales del sur; se expandieron el rock and roll y el blues y la música eléctrica. Luego, junto a todo eso, apareció la tecnología de la grabación, con la radio y la televisión; en fin, algo sin precedentes. Hubo una confluencia de energías y ahora no existe nada comparable. Supongo que habrá algo en el futuro, no sé, pero, por el momento, ningún periodo puede compararse a aquel. Quizá se asemeje el auge de la tecnología de la información, aunque es un fenómeno y una ecuación muy diferentes.

Siguiendo con Hopper, ¿cree que se ha reconocido suficiente su legado?
Sí, se le recuerda muy bien. Se han realizado muchos documentales sobre su figura, aunque a veces se centran demasiado en el consumo de drogas y en su década perdida. Es más importante que él fuera un pionero en muchos aspectos y que decidiera seguir su propio camino. Y, como he dicho antes, que estuviera presente en tantos momentos cruciales de la cultura pop. Todo eso es cautivador, mucho más que sus años de libertinaje y desenfreno.

Escuché el álbum y me atrapó la canción “Golf, they say”. Igual que Alice Cooper, él encontró en una pasión la forma de alejarse del lado oscuro de su vida.
Sí. En la canción “Golf, they say” hay una frase que dice “la vieja montaña rusa se derrumbó con el fuerte viento” y lo que significa es que la vieja montaña rusa era la forma de vivir y el entorno cultural de los años 60, y el gran viento que la derribó fue el paso del tiempo.

¿Cómo fue el proceso de composición de las canciones?
Se hizo por correspondencia durante la pandemia. Yo enviaba la letra a uno de los miembros de mi banda y, a veces, él componía la música. Otras veces, la componía yo. Íbamos trabajando así, y gran parte del trabajo fue por correo electrónico. Un miembro de la banda vive en Nashville, otro en Londres, y además escribí una canción con Steve Earle, que está en Nueva York; así que hubo muchos intercambios de correos electrónicos con letras y archivos de mp3.

¿Y cómo organizó el material?
Bueno, como la vida de Hopper es tan interesante, resultó fácil destacar los momentos más reveladores, casi que surgió todo de forma natural. Luego, hacia el final del disco, revisé la lista de canciones e intenté identificar posibles huecos. Y entonces me di cuenta de que necesitaba una canción sobre su arte fotográfico, así que compuse la llamada “The tourist”, y justo después advertí que necesitaba otra canción sobre los inicios del proyecto de Easy Rider, y escribí “Riding Down To Mardi Gras”. Esas dos canciones fueron las dos últimas en completar el disco.

¿Componer y trabajar a distancia fue difícil?
Fue increíblemente fácil, y la mayor parte de la composición se hizo muy, muy rápido. De hecho, ha sido la lista de canciones más fácil que he reunido nunca, porque la cronología de su vida dictaba el orden de las canciones.

Leonard Cohen, al que usted admira, afirmó que el origen de las canciones es un proceso misterioso e incontrolable. ¿Le pasa lo mismo?
No. Siento una sensación creativa en el estómago, una llamarada en las entrañas, y entonces sé que debemos empezar a trabajar. Siempre obedezco a esa señal y todo funciona perfectamente.

¿Es algo que le ocurre en cualquier momento? ¿Si va en autobús? ¿Estando con su hija? 
Sí, en cualquier lugar, aunque ya no viajo en autobús.

El disco comienza con “Kansas”, continúa con “Hollywood 55” y avanza hacia el corazón del álbum. Hay una gran mezcla de estilos. ¿Se han vuelto más versátiles The Waterboys con el paso de los años?
Sí, mucho más, sin duda. Si podemos tocar cualquier tipo de música, lo hacemos. Me ha llevado mucho tiempo encontrar músicos capaces de tocar cualquier género, y ahora que los tengo, me los voy a quedar.

Aquellos días en que una canción tenía el poder de “The times they are a changing” o “Blowing in the wind” han pasado a la historia

Usted siempre cuida las letras de sus canciones. Puede sonar ingenuo, pero en los años 60 se creía que una letra podía cambiar el mundo. ¿Aún puede?
No. No lo creo. Puede cambiar, en todo caso, la mentalidad de algunas personas, pero aquellos días en que una canción tenía el poder de “The times they are a changing” o “Blowing in the wind” han pasado a la historia. Aquel momento dio como resultado esa influencia y ese poder, pero eso terminó.

Hay tantos sitios diferentes donde conseguir música que…
Sí, exactamente, eso es. Cuando éramos niños, al menos cuando yo lo era, todos veíamos los mismos programas de televisión y escuchábamos los mismos programas de radio. Y al día siguiente ibas al colegio y lo comentabas con tus compañeros. Me decían: ¿Has visto a ese tipo en Top Of The Pops que se mantenía en pie sobre una sola pierna? O hablabas de Ian Anderson, de Jethro Tull... Es decir, todos teníamos la misma experiencia; pero ahora sucede como en la Torre de Babel, con todo el mundo hablando un idioma diferente, ¿no?

La velocidad que nos mueve es increíble. Sin embargo, no es una velocidad evolutiva, sino solamente de consumo. En realidad, nada evoluciona y el ritmo de evolución de la música es increíblemente lento

Seguramente, sí. Para terminar, querría preguntarle sobre el cambio de la industria musical. Se ha transformado mucho desde que usted empezó.
Hoy en día, la gente tiene muy poca capacidad de atención y la vida de un disco es muy corta. Antes, una banda mediocre como Uriah Heep podía sacar un disco en 1972 y estar de moda durante seis meses en la lista de éxitos. Se hablaba de ellos. Pero, ahora, si sacas un disco, dura dos semanas y se terminó. O un vídeo: dura 24 horas y luego desaparece. Así que la velocidad que nos mueve es increíble. Sin embargo, no es una velocidad evolutiva, sino solamente de consumo. En realidad, nada evoluciona y el ritmo de evolución de la música es increíblemente lento. En todas partes se pone música de los años 80. Me subo a un taxi y en la radio ya suena la maldita música de los años 80. Está estancada. Mi hija me pone mucha música de artistas actuales, como Taylor Swift, Olivia Rodrigo y Tate McRae, son artistas fantásticos, pero todos los álbumes suenan igual. No hay evolución. Solo velocidad, sin dirección. Consumimos música a un ritmo veloz, y pasamos a otra cosa, pero no evolucionamos. No hay crecimiento.

Y entonces, ¿qué le mantiene en la carretera?
No sé, me gusta componer música, escribirla, descubrir cosas nuevas, crear sonidos. Cuando era niño, cada disco de The Beatles era increíblemente diferente al anterior; y cada álbum de Bob Dylan también. La música cambiaba, y para mí eso es normal, y la música de The Waterboys debe seguir cambiando. Así que sigo encontrando nuevos retos en la música, un nuevo límite creativo, seguir avanzando. Soy muy competitivo, y cuando veo lo que hacen otros artistas, pienso “¡Oh, yo puedo hacerlo mejor!”, y entonces lo intento.

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