Dominique A: “Una canción no va a cambiar el mundo, pero puede ser parte de la discusión”

No es fácil encontrar una obra tan sólida, profunda y versátil como la de Dominique A. Y conviene aprovechar la oportunidad para charlar con él, porque sigue siendo un creador preclaro, de los que iluminan el camino cuando se pone oscuro y ofrece refugio cuando arrecia.

El músico francés Dominique A
El músico francés Dominique A. © Vincent Delerm

publicado
2018-05-18 06:00:00

El músico y escritor francés Dominique A, de 49 años, lleva tres décadas en el tajo y ha publicado una docena de álbumes, pero su firme pulso creativo le ha convertido en referencia ineludible del pop francófono. Su relación con España viene de lejos: aquí se jalea cada nuevo lanzamiento y se disfruta de su intenso directo casi desde el principio. No sin motivo, porque el de Provins es un artista característico que ha forjado un lenguaje personal en el que conjuga elementos del after-punk, de la riquísima tradición nuevaolera francesa y, por supuesto, de la chanson.

Toute latitude, distribuido en nuestro país vía Popstock!, es el primero de los dos álbumes que publicará en 2018. Un estimulante cancionero de rock autoral con pátina electrónica y textos de elevado voltaje emocional. Uno de los más especiales que ha publicado hasta la fecha. En octubre verá la luz La fragilité, segunda tabla de tan prometedor díptico sonoro, de cariz intimista y acabado acústico. Nos atiende desde París, con la gira de presentación del disco recién empezada y de buen humor, incluso cuando la traviesa línea telefónica juega a caerse.

Has dicho que nunca te quedas del todo satisfecho con tu trabajo. Que necesitas estar buscando constantemente a través de las canciones. ¿Esta relación con la música es sana o enfermiza?
Sana, sana. Sí, es lo que se merece el arte. Pero tampoco creo que las cosas deban hacerse sufriendo o peleando, sino con placer. Incluso cuando las canciones o las letras no sean felices, o sean un poco duras, la alegría proviene de estar haciendo música.

¿Esa satisfacción es la que da energía para seguir haciendo música después de más de dos décadas?
Por supuesto. No conozco a ningún artista que esté completamente satisfecho con su trabajo. Puedes decir que este disco te salió mejor que aquel, que tratarás de hacerlo mejor la próxima vez. Pero lo realmente satisfactorio es seguir teniendo el deseo de hacer algo nuevo. Tienes que tener cierto grado de desafección hacia tu obra. Lo peor es cuando haces algo de lo que no te apetece conservar nada. No es frecuente, pero incluso eso te puede dar la energía para seguir intentándolo. No empecé a hacer música con la idea de ganarme la vida con ella, nunca fue la idea pasarme la vida haciendo canciones. Las motivaciones son otras, siempre artísticas.

Explicas que este nuevo ciclo de canciones es el resultado de buscar en tu viejo cancionero y mezclar material muy rítmico con atmósferas delicadas.
Al principio trabajé con una caja de ritmos. Pero luego entraron los dos baterías, Etienne y Sacha, y pensé que ese tipo de sonido no encajaba con el del álbum. Trabajando con los ingenieros de sonido, Dominique y Géraldine, nos dimos cuenta de que no nos podíamos librar de la caja de ritmos. Quizá por esa atmósfera tan especial. Me di cuenta de que quería un disco de tempo animado, que fuera un no parar, que fuera empujando a las canciones, algo que no tuviera fin.

¿Tenías algún modelo en mente cuando empezaste a trabajar con esa caja de ritmos?
No exactamente. Ningún disco en particular. En realidad todo fue ponerme a jugar con ella, como un crío. Quizá lo que más me gustaba es que no sonaba demasiado a los años 80. Es un aparato de Berlín, quizá suena más a Cluster o Kraftwerk, un sonido muy alemán. Pero supongo que los gustos de cuando era pequeño volvieron a mí de alguna manera.

Hay una conexión sonora entre este disco y La musique, ¿no te parece?
Desde luego. La musique es un disco más sintético. Tampoco tenía entonces la idea de hacer un álbum electrónico, solo que salió así con mucha naturalidad. El hecho de utilizar este tipo de materiales, teclados y máquinas, hace que sea similar a La musique, y quizá a partes de Remué o de La fossette. Este nuevo disco está hecho con una banda, con personas, pero no suena así. Ellos trajeron esa cosa especial, impresionista. Curiosamente, es un álbum hecho por una banda que no suena como tal.

¿Dirías que de alguna manera estás regresando a tus raíces, a los tiempos de La fosette, pero añadiendo todo lo que has aprendido en 25 años de trabajo?
Sí, aunque eso es un poco inquietante. Siendo honesto, no me gusta esa idea de volver al pasado o a los discos que ya he hecho. Lo que me interesa es hacer algo realmente nuevo, que no haya hecho antes. Pero entiendo que al final haces lo que puedes. Que no puedes llevar tus propios límites todo lo lejos que te gustaría. Lo que es importante para mí es el resultado, tener algo lo suficientemente bueno, algo de lo que me pueda sentir orgulloso. Si eso es así, tampoco le doy demasiadas vueltas. No soy un buen oyente de mis discos.


Es uno de los trabajos más enérgicos y potentes que has hecho, y aseguras que los lugares en que tocas habitualmente, como teatros y centros culturales, fueron un factor decisivo a la hora de afrontarlo.
Sí, por eso mismo decidí hacer dos discos. Este para tocarlo en salas de rock y hacer mucho ruido. Creo que no es natural ver a un grupo de rock, con esa energía, sentado en una silla. Así que decidí hacer dos discos y dos giras diferentes. Sonido rock con este disco y con la banda al completo y una gira acústica yo solo por teatros con el segundo álbum. Es un problema esto. Hoy día mucha gente no está tocando en el contexto adecuado. Cada vez soy más sensible a ello. Honestamente, no creo que tenga sentido tocar en un teatro con todo el despliegue rockero. Pero solo es mi opinión. En este momento es muy importante para mí poder separar ambas cosas.

“Désert d’hiver” es una buena canción sobre incomunicación y sobre cómo podemos llegar a acostumbrarnos a la infelicidad. ¿En qué se inspira?
En un suceso en la familia de mi novia. Su padre murió y fuimos a un pueblo extraño, el típico destino de vacaciones, todo muy artificioso, como falso… Un gran espacio con un montón de casas en el que también vive gente durante todo el año, lo cual me sorprendió muchísimo. Me puse a pensar en cómo podrían ser las relaciones de la gente que vive en un sitio así una vez pasa la temporada de vacaciones. Es una ficción, tiene las clásicas historias de saber demasiado de los otros vecinos, de conocer las viejas historias entre la gente en un lugar tan especial.

La canción “Toute latitude” incluye versos como “no tenemos compromisos, nada que importe”. ¿Te preocupa cierta deriva nihilista en nuestra sociedad?
[Duda durante varios segundos y resopla antes de contestar] Mis letras son bastante fatalistas a menudo, porque también yo lo soy de alguna manera. Cantar sobre este tipo de sentimientos te permite librarte de ellos. Quería hacer una canción sobre el hecho de que teniendo muchas posibilidades distintas escoges una y no la abandonas. Es una canción sobre perder esas otras opciones. No sé si es desesperada, creo que es la pura realidad. Te decía que hacer una canción te ayuda a librarte de ciertas cosas malas, pero no siempre expresan de manera definitiva lo que pienso sobre las mismas.


“La mort d’un oiseau” es una de las canciones más delicadas que hayas escrito. Pero también expresa cómo eres incapaz de comprender el mal que reside en el ser humano. ¿Has perdido la fe en la especie?
No, no, de ningún modo. Se trataba de contar algo que me pasó, una cosa muy pequeñita, intentando decirlo de forma muy precisa, muy sencilla y natural. Me pregunto por qué la muerte de ese pajarito me produjo una emoción tan fuerte. Creo que es porque la idea de sufrimiento, la idea de hacer sufrir a la gente de forma consciente… es una gran cuestión en realidad… No se trata tanto de perder la fe en la especie como de no permanecer pasivo. La canción habla de cómo frente a algunas ideas y algunas situaciones somos incapaces de reaccionar. De cómo nos sentimos completamente perdidos frente a la idea del Mal.

El ecologismo también aparece ahí. Y en “Se décentrer”. Como también aparecía en “Contre un arbre”. ¿Le das muchas vueltas al asunto?
Quizás es porque he conocido a gente realmente consciente sobre el tema, empezando por mi novia. He participado en conciertos relacionados con el movimiento ecologista y cada vez soy más sensible al sufrimiento de los animales, a todas las cosas que les hacemos. Cada vez se ha vuelto más evidente el no tener miedo de hablar de ello y el no tener miedo de hablar de ello en las canciones. No se trata tanto de contribuir con nuevas ideas como de participar del montón de ideas que ya existen. De participar de la discusión sin llegar a decir algo definitivo. Quiero formar parte de esa conversación. Una canción no va a cambiar el mundo, pero puede ser parte de la discusión.


En “Corps de ferme à l’abandon” exploras nuevas formas de expresión para tu voz. ¿Estás de acuerdo?
Sí. Llegué a la conclusión de que tenía que hablar, porque toda esa letra era imposible de cantar [se ríe] Me gustaba tanto la letra que tampoco quería prescindir de ella. La canción me recuerda un poco a grupos franceses de los 90 como Mendelson o Diabologum, que usaban mucho el spoken word con letras muy potentes. No tenía esa intención pero, de forma inconsciente, estaba buscando ese espíritu tan de los 90.

En esta canción reaparece la idea del Mal. De un Mal que permanece, pase el tiempo que pase.
Es una canción bastante autobiográfica. Está basada en los recuerdos de infancia sobre una granja que conocí. Era un sitio al que iba a jugar con mis primos cuando estábamos de vacaciones. El caso es que hace tres años regresé allí, la granja estaba abandonada y me di una vuelta, era un día soleado de agosto. Me quedé en shock por la cantidad de sensaciones negativas que me llegaban. No era de noche ni nada parecido, pero me dieron ganas de salir corriendo. Es como si la granja estuviera encantada, llena de viejos fantasmas y malos rollos. No soy una persona esotérica, pero sí soy sensible a los sitios. Y creo que hay lugares que de alguna manera te repelen, como es el caso. En la letra hay un poco de dramatización, pero está basada en la realidad.

¿Conectar esa idea del Mal que permanece en el tiempo con la actualidad política tendría sentido para ti?
¡Es muy interpretativo por tu parte! [vuelve a reír] No es que esté en desacuerdo, pero no era lo que quería plasmar en la canción. El mal acompaña a la humanidad desde siempre. El mal viaja en el tiempo, va y viene a los sitios. Pienso en el Bataclan de París. Está abierto de nuevo, pero para mí sería imposible tocar allí. Tocar en un cementerio. Y me sorprende que haya gente capaz de hacerlo. Yo no podría.

¿Cómo te sentiste cuando Emmanuel Macron ganó las pasadas elecciones en Francia?
La situación era tal que…había mucha ansiedad… estábamos contentos porque ella no había ganado. Cuando todo pasó, dijimos “¡uf!”. Pero es que la situación en Francia era muy especial. No estoy contento con la situación política, creo que los problemas siguen estando ahí, que el asunto es privatizar todo lo posible, que es un gobierno conservador, que el escenario es malo y que está pasando lo mismo que en otros países.

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