Música
Alberto Alcalá: “En mis canciones intento desterrar la idea de amor romántico y tratar a la mujer de igual a igual”

El cantautor Alberto Alcalá mezcla la música brasileña, la cubana y el flamenco para construir canciones que huyen de la pureza.

El cantautor Alberto Alcalá, en una sesión de grabación de su segundo disco, 'Tragaluz'
Alberto Alcalá, en una sesión de grabación de su segundo disco, 'Tragaluz'. Ana Rubio Chacón

publicado
2018-03-13 07:00

La guitarra y la voz de Alberto Alcalá crean canciones para ser disfrutadas preferiblemente en las distancias cortas de las pequeñas salas y los bares, donde se siente cómodo. Nació en Antequera (Málaga) en 1986 y nunca ha dejado de lado su vertiente andaluza, ni en su arte ni en su persona, aunque los ha nutrido con otros muchos sitios y sus gentes, como Granada, Madrid o Barcelona, lugares en los que ha vivido.

Entre concierto y sesión de estudio, charla con nosotros sobre Tragaluz, su segundo trabajo discográfico, financiado al mismo tiempo en solitario y en comunidad, por medio de micromecenazgo o crowdfunding. En él se mezclan la música brasileña, la cubana o la flamenca —pero sin purezas, como suele apostillar—, en una atmósfera íntima que, con delicadeza y perseverancia, traza tanto las líneas de los sonidos como de los silencios.

¿Dónde empezaste a aprender música y cuándo a vivir de ella?
Empecé en Antequera con un profesor de flamenco, a los once años. Lo dejé poco después, aunque continué tocando la guitarra. Lo de cantar fue más tardío.

Allí ya hice algún concierto, pero fue en Granada donde la música se convirtió en el medio de manutención hasta hoy. Durante un tiempo lo estuve compaginando con los estudios de Filología Hispánica, hasta que opté por dedicarle más tiempo y empeño a la música.

¿En qué tipo de espacios diste los primeros pasos?
Tanto en bares y salas pequeñas como en certámenes de canción. Estos eran concursos en esencia, porque aunque quieran quitarle la parte de competencia, en su funcionamiento está muy presente. Igualmente, nos permitieron hacer un tejido independiente de salas, creado por compañeros que concebíamos el oficio de una forma parecida. En esos años hice algunos de los que hoy día son mis mejores amigos.

¿Siguen siendo estos concursos vías de proyección para los jóvenes cantautores?
Cuando empecé había más, aunque era época de supuesta bonanza económica. Había gente muy comprometida con la canción y con la cultura en su ciudad; y gente que montaba un concurso de cantautores para justificar con cultura otros despilfarros.

Entre esos circuitos que fuisteis construyendo has girado, aparte de en muchos sitios de la península, en algunos escenarios en el extranjero.
Desde 2015 he ido tres veces a Cuba. La primera a un taller de composición; la segunda a un festival de música, y la tercera al Festival de Cine de Gibara, en homenaje al director Humberto Solás. También a Francia, con un amigo, Gastón Pose, que vive en Burdeos y que es muy generoso conmigo. Él me animó a que mostrara mi música en ese circuito suyo. En ambos casos observo que lo que llama más la atención de mi música es el costado andaluz.


Aunque mezcles de todo, porque igual haces flamenco que bossa nova, swing… En tu concepción del género canción entra prácticamente todo.
No puedo hacer ningún género de forma pura. Puedo usar el compás de la bulería para hacer una canción, pero no estoy haciendo una bulería como la haría alguien del flamenco, no podría aunque quisiera. Y con otras músicas pasa lo mismo. En ningún momento he pensado en componer con los clichés de un género concreto.

Parto de un trozo de letra, armonía,ritmo o melodía, y sobre ella construyo una canción que acaba pareciéndose más a un género musical o a otro. Lo único a lo que me siento sujeto es al formato canción que, por suerte, es muy permisivo.

Independientemente de la estructura musical, la parte lírica es fundamental, como el contenido poético de tus canciones.
La literatura es importante para mí, tanto la narrativa como la poesía. En mis canciones casi siempre hay algún mecanismo de abstracción de la realidad en las letras. Ese ingrediente me lo autoimpongo, aunque tengo muy presente que yo soy escritor de canciones, no poeta.

También hay una cierta tendencia a la denuncia, a lo social.
Una vez le escuché decir a Javier Krahe en una entrevista que para reprobar una actitud bastaba con mostrarla. A Krahe hay que hacerle mucho caso.

De alguna forma, la otra vía, más directa digamos, de hacer denuncia, puede caer a veces en lugares comunes o en una temática demasiado naif.
Me daría mucho pudor asumir un rol aleccionador. Yo hago canciones y la mayor parte de mi tiempo lo dedico a eso, con todo lo que conlleva. No puedo tener la información ni la credibilidad de alguien que trabaje con los problemas sociales a pie de calle. Pero sí puedo, por ejemplo, como hago en todas las canciones de amor de este disco, intentar desterrar la idea de “amor romántico” y de tratar a la mujer de igual a igual.


Cinco años después del primero disco, Ensayo y error (2013), te has embarcado en la grabación de un segundo, fraguado a fuego lento. ¿Cómo han sido esos años?
El primero fui a presentarlo a tantos sitios como pude durante un par de años. Después comencé a tocar en Madrid todos los sábados en La Fídula, donde pude montar un repertorio de otros autores e ir mostrando las nuevas composiciones.

Para este segundo, hace tiempo me decidí a grabarlo y trasvarios intentos cayó en mis manos el disco Lo que no estaba escrito (2015) del brasileño Leo Minax. Vi que lo había producido él mismo, le mandé unas canciones, le planteé la posibilidad de producir el mío y aceptó. Ya hemos empezado a grabar en el estudio de Gonzalo Lasheras en Madrid y estoy muy contento de poder trabajar con ellos y con los músicos, Javier Colina en el contrabajo y Borja Barrueta en la percusión.

Una vez encontrado productor y estudio, llega lo más problemático: la financiación. Para este álbum has elegido el micromecenazgo o crowdfunding. ¿Es la primera vez que lo haces? ¿Qué ventajas has observado con respecto al contrato discográfico?
En el primero tenía un poco de dinero ahorrado y lo empecé a grabar con Diego Guerrero, cuando en mitad del proceso apareció Nader Tabasian, un señor iraní que andaba montando un sello en España, Oído Records. Firmamos un contrato y ellos asumieron el resto de costes del disco, incluidos los de booking y promoción.

En este tuve la opción de que me lo financiaran, pero no me apetecía de nuevo meterme en contratos, derechos de autor, etcétera. Este quiero hacerlo y moverlo yo; si me duermo, ya sé a quién echarle la culpa.

No quieres contar con la industria discográfica ni depender de ella.
No, aunque tampoco soy un músico al que la industria le esté tentando, ni me dejo tentar, como a algunos compañeros que se enfadan por las propuestas discográficas que reciben. Puedo vivir de la música sin grandes alardes, que ya es un milagro. Al mismo tiempo soy consciente de que mi música es para un público reducido y que mi lugar —salvo excepciones— está en los garitos, que además es donde comencé y donde me sé comunicar mejor.

En contraste con esos otros espacios a los que está llegando el cantautor y que hace unos años serían prácticamente impensables, plataformas con mayores posibilidades de proyección, comolas grandes salas, los festivales…
Lo que hago a día de hoy no creo que sea muy apropiado para ese tipo de espacios. Además, me he sentido muy indefenso las pocas veces que he tenido que cantarle a una masa de gente.

¿Y no crees que esa indefensión se debe a que para el hecho mismo de acceder a estos espacios deben cambiar integralmente el mensaje y el discurso del artista?
Generalmente, el hecho de entrar en festivales y en plataformas donde se tiene mucha más visibilidad conlleva una concepción diferente de tu obra. Hay algo que para mí es un poco controvertido dentro del interés que está suscitando cierto tipo de canción de autor en plataformas como Operación Triunfo, por ejemplo.

Mi visión es un poco negativa, porque puede dar la impresión de que estamos cambiando el sistema desde dentro, y yo por momentos hago la lectura de que es el sistema el que nos está cambiando a nosotros. Quiero decir, lo que cantamos en garitos, de repente, no lo vamos a cantar en Operación Triunfo, que lo emite Televisión Española, la televisión del PP. No se le va a escapar que haya alguien que, a la hora de mayor audiencia, haga una defensa del caso de Pablo Hasel, por ejemplo.

Aun así, igual que he visto gente que hace canciones como estudios de mercado, para llegar a un oyente determinado, también hay otros muchos casos en que haciéndolas de una forma más natural conecta directamente con ese gran público.

Por otro lado, las mismas políticas y conductas culturales que fomentan este tipo de espacios, simultáneamente obstaculizan el desarrollo de los locales más pequeños.
Esa es una realidad difícil de obviar. Hay un circuito de músicos independientes, que dependen de salas (cafés teatros, bares…) y que este tipo de espacios no solo no se están fomentando sino que se están persiguiendo.

Están reduciendo los horarios de apertura, los niveles de decibelios…
O poniendo exigencias al local que directamente son inviables. La mayoría no reciben subvenciones y no les dicen no lo hagas, sino gástate 50.000 euros en adaptar el local, que es decirles lo mismo de una forma muy elegante.

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