Cuando Mano Negra quemó Madrid

Con su asombroso ‘Casa Babylon’ caliente y la banda mutando a Radio Bemba, Mano Negra fue un fogonazo en una ciudad de escaparates y coches patrulla.
Mano Negra 1990
Mano Negra durante una actuación en los años 90. Foto: Masao Nakagami. CC BY-NC

En la mitología de Mano Negra varios lugares reclaman su porción de protagonismo. Imposible no pensar en el barrio parisino de Pigalle, epicentro de golferío y noches que duran años donde el grupo encontró inspiración y giró sin ahorro su disco Puta’s Fever. Aparecen en el mapa el puerto de Nantes que les vio embarcar a su primer viaje sudamericano lo mismo que Japón, parada elegida para registrar un directo arrasador. Y Colombia, sin duda, cuando se les ocurrió recorrer el país en tren, por vías abandonadas, ofreciendo en cada pueblo de la ruta música, números de circo y tatuajes. El alucinado proyecto dio pie a una crónica a la altura, Un tren de hielo y fuego, firmada por Ramón Chao, padre de Manu, voz cantante de la banda que fue desmigándose en aquel viaje.

Para la primavera de 1994, medio año después, Mano Negra ya no existía como tal. Su carta de despedida eran los días de amor y guerra grabados en Casa Babylon, un collage sonoro salpicado por lo derramado de las venas abiertas de América Latina. Por ahí asoman Quilapayún, Manzanita o los Stooges. Hay sitio para la irrupción zapatista o Solentiname, la comunidad nicaragüense fundada por Ernesto Cardenal, enclave de la teología de la liberación continental. Una bomba de álbum que por muy póstumo que fuera no tuvo promo de funeral. La madrileña plaza de Santa Ana fue una de sus paradas. Allí se sentaron un par de jóvenes periodistas a esperar su turno con los restos del naufragio de la Mano.

“Llegamos pronto y Manu Chao, según terminaba la entrevista previa, nos miraba cómo tomábamos unos litros en el banco mientras nos liábamos unos petas”, cuenta Kike Turrón. Su compañero Kike Babas recuerda que los músicos “nos contaban que alguna vez, de paso por Madrid, habían dormido en alguno de los bancos de la plaza”. Al cuestionario de los plumillas le siguió un afterwork callejero de horas a base de guitarras y más combustible. Sonó seguramente “Mala vida”, que como contextualiza Babas podía pincharse junto a “Chiquilla” o “Sin documentos” como parte de aquella difusa etiqueta del “rock latino”. El otro hit de Mano Negra, “Señor Matanza”, nos da la medida de qué cima alcanzaron: ese verano sería número 1 de Los 40 Principales.

Aquel día en Huertas, entre los Kikes y los músicos, con Gambeat, Garbancito o Tomasín secundando a Manu, surgió una complicidad natural y bandarra. Tanto como para llevarles a compartir alguna que otra vivencia. Una de ellas les condujo a zona noble. Cerca del paseo de la Castellana, donde apareció a mediados de los años 90 la sala de ocio privada Bagëlus en un palacete de la calle María de Molina. “Las invitaciones para la inauguración llegaron solo a un pequeño sector del abanico madrileño popularmente calificado de pijo”, se leyó en El País sobre su apertura. El escenario en el que un par de meses después de eso, a finales de agosto, la discográfica de los franceses, Virgin, dio una fiesta. “Era de las primeras veces que nosotros teníamos acceso a un sarao con canapés y barra libre —cuenta Babas—. Nos atrincheramos en una esquina. Los de Radio Bemba, que se meaban con nosotros, nos ayudaron a echarle mano al tenderete. Ese fue el comienzo de una especie de amistad”.

Esa noche acabó saliendo en el periódico. No los Kikes y su merendola, sino la sala y el grupo por vía de la policía municipal, que puso fin al concierto de la todavía Mano Negra subiendo al estrado y tirando de los cables alegando la tradicional falta de permiso. Pero los de Manu Chao eran en esa época el Correcaminos con guitarras. Tan solo 24 horas después de aquello estaban tocando por sorpresa en Revólver Club, dejando a un montón de gente en la calle (también a agentes) a pesar de hacer dos pases entre la una y las cinco de la madrugada. Cuentan las crónicas que fue una noche de las de adelgazar y que por ahí andaban Jesús Cifuentes, de Celtas Cortos, o un Pablo Carbonell pre-CQC que se preguntaba si hubiera existido el jazz de haber sido José María Álvarez del Manzano alcalde de Nueva Orleans. Si avanzamos hasta diciembre de ese 1994, nos topamos con un cumpleaños. La tienda Fnac de la plaza de Callao hacía un año y la empresa francesa invitó a sus paisanos a tocar en su fórum, una pequeña salita acondicionada para charlas o exposiciones. La cosa acabó, claro, en la calle. Dentro del edificio no se cabía, algún vidrio peligró y la banda tuvo que salir a actuar al aire libre de la capital de un país que ultimaba el carpetazo al felipismo.

“Vivían en la calle Carranza. Malasaña, Lavapiés, Vallecas y Hortaleza eran barrios por los que se movían con frecuencia”, recuerda la periodista Sagrario Luna

En efecto, Mano Negra, en tránsito hacia Radio Bemba, se había instalado en Madrid para la temporada 94-95. “Vivían en la calle Carranza. Malasaña, Lavapiés, Vallecas y Hortaleza eran barrios por los que se movían con frecuencia. Les encantaba el contacto directo con la gente, eso estaba en su ADN y era fundamental para alimentar su música. Recuerdo que Manu dijo en alguna ocasión ‘vamos a quemar Madrid’, y los ánimos desde luego que se incendiaron”, apunta Sagrario Luna, periodista y escritora que trabajó con una banda a la que conocía bien. A Manu, por ejemplo, desde Hot Pants, su combo rockabilly en el que versionaba a Camarón o Los Chunguitos. En plena disolución de la Mano, no eran pocos los que personalizaron en el frontman a la banda. Babas evoca su primer encuentro: “Me quedó claro que él llevaba la voz cantante. En los estribillos estaban todos, pero las estrofas las cantaba él, y que sirva de metáfora. Controlaba el castellano y la chulería de Madrid porque es de París y allí también son muy chulos. Y de pronto metía expresiones colombianas a las que hoy estamos acostumbrados por el reguetón, pero que entonces te llamaban mucho la atención. Irradiaba algo que con el tiempo se incrementó porque salió todo a su nombre. Pero Radio Bemba transmitía sensación de banda”. En la época, la prensa española se fijaba en el tatuaje de la película Deprisa, deprisa de Manu mientras este avisaba de que darían más conciertos sorpresa. Nadie podía llamarse a engaño, pues radio bemba es el equivalente caribeño a nuestro castizo radio macuto para el boca a boca.

Conocía bien la expresión Matxitxa, residente cubano y mánager de Negu Gorriak, que fue quien se lo sugirió para una aparición con los vascos en 1993. “Hacían algo que estaba fuera del circuito. El aquí te pillo, aquí te mato. La montaban rápidamente. Creo que es algo que vivieron en las calles de Colombia: saber sonar sin demasiados amplis, a pelo”, explica Babas. No fue improvisado, pero sí sonado el concierto en el que participaron por Chiapas en la Puerta del Sol, con vivas a Zapata, para celebrar el primer año del levantamiento del EZLN.

“Permanezco en una ciudad mientras pillo energía, cuando se acabe me marcho”, declaraba Manu a El País. “Madrid ha pasado diez años de sábado por la noche y ahora está de resaca de domingo por la mañana”, le decía a Bruno Galindo en El Gran Musical. Al mismo periodista le confesaba su conexión con Malarians y Os Diplomáticos de Monte Alto y la admiración por Lole Montoya y Raimundo Amador. Tal como Kike Turrón y Kike Babas cuentan en su libro Manu Chao ilegal. Persiguiendo al clandestino, viajó con el resto de músicos a Nápoles para grabar lo que iba saliendo con Radio Bemba, pero no quedó satisfecho con el resultado. Tiene sentido que ahí empezasen a gestarse los temas del que sería su exitoso disco en solitario.

“Nos conocimos de verdad en el bar El Sol de la plaza del Dos de Mayo, me contó que ensayaban abajo en una bodega y me invitó a ir al ensayo del día siguiente. Ya no nos separamos más”, cuenta Amparo Sánchez

Sin planes especialmente claros, la etapa madrileña del grupo comprendió un concierto en Hortaleza, para alegría de los Kikes, junto a Los Enemigos, que andaban ya en faena de su álbum Gas. No era gratis pero las vallas municipales cedieron. Los meses pasaban y los proyectos de Radio Bemba no se concretaban. Quizá fue la gente lo que les ancló durante 1995 a la ciudad. Personas como Amparo Sánchez, que recuerda ver a Manu, incluso antes de hablar con él, en la puerta del bar Palentino de la calle Pez. “Nos conocimos de verdad en el bar El Sol de la plaza del Dos de Mayo, me contó que ensayaban abajo en una bodega y me invitó a ir al ensayo del día siguiente. Ya no nos separamos más”, recuerda la andaluza, que llegó desde Granada a Madrid para construir una carrera musical de ya tres décadas que comenzó como Amparanoia. Conoció el piso en el que vivía la un día Mano Negra, hogar punk al que llamaban casa babylon. Allí, cuenta, “Gambeat preparaba una sesión de reggae, Tomasín mezclaba un tema grabado la noche anterior, Manu leía la prensa, David hervía pasta en la cocina y algún amigo de Marsella o París pintaba chapas”.

Tras sus primeras actuaciones malasañeras en pubs como Jazz Madrid, Hotel California o American Pie, Amparo llegó a Lavapiés. Justo a la taberna del Tío Vinagre, donde trabajó, un punto de efervescencia musical y social, con ensayos improvisados, ruedas de prensa o presentaciones de discos que llevaba precisamente Sagrario Luna.

“Era una época de mucha calle, noche y bares, nos encontrábamos en todo tipo de ambientes. Había un clima de libertad, en el mejor sentido de la palabra, a pesar de que Matanzo andaba cerrando sitios y obstaculizando convivencias”, señala Luna en alusión al entonces concejal del distrito Centro. El de Ángel Matanzo fue un nombre bastante pronunciado en aquellos años, y no para bien. Con modales rudos y licencia de armas, lo mismo se personaba a las tres de la mañana en una fiesta sandinista para darla por terminada, que echaba zotal en Jacinto Benavente o trataba de clausurar el teatro Alfil. Este último ganó el pulso al edil, que acabaría postulándose a alcalde en la candidatura ultraderechista de Ynestrillas. No aguantó otra legendaria sala de la ciudad, el Agapo, caída en la post-Movida. Manu Chao no pudo cumplir, pues, uno de sus deseos, tal y como anunció en su primera visita en 1990 girando el Puta’s Fever: “Queríamos tocar en el Agapo para divertirnos, pero ya no pueden hacer conciertos. Parece que Madrid tiene problemas, ¿no?”.

“Más que qué aportó Madrid a Manu, la cuestión sería que Radio Bemba aportó a la ciudad una frescura importante”, considera Kike Babas

Kike Babas tiene claro que la ciudad supuso un tránsito para el músico: “Estaba desubicándose de París y de su etapa francesa y empezaba a estar, como decía él, perdido en el siglo. Supongo que la aprecia, pero no creo que de todas las ciudades que ha conocido sea la que más le haya marcado. Más que qué aportó Madrid a Manu, la cuestión sería que Radio Bemba aportó a la ciudad una frescura importante”. Sagrario Luna acompañó al grupo, incluido cortarles el pelo, a tocar en Galicia, Andalucía o Francia. Define como “devoción desaforada” por Mano Negra lo que algunos seguidores sentían en aquella fase. La comunicadora cree que su poso madrileño fue una “actitud libre, tan cercana a la gente con la que siempre charlaban y se mezclaban antes y después de los bolos, los ensayos y actuaciones improvisadas en bares o en la calle, el torbellino que eran en directo. Todo eso motivó a muchos músicos y la energía que derrochaban aumentó los seguidores. Quizá Manu necesitaba impregnarse de ese vigor que le transmitían sus incondicionales en un momento en el que estaba en pleno proceso de búsqueda personal y necesitaba encontrar su sitio tras la espinosa separación de Mano Negra. Siempre ha sido culo inquieto. Pienso que Madrid se le quedó pequeño”.

Asomaba el 96 y Radio Bemba, un fogonazo, había terminado. No dejó disco, pero Manu retomaría su nombre para la banda que le acompañó en directo en el nuevo siglo. Él se fue de Madrid como llegó, casi por sorpresa y causando expectación ante su siguiente paso. Estuvo en Barcelona y Galicia y viajó a México, Brasil, Mali o Senegal. Con ojos y oídos bien abiertos, convertido en un estudio de grabación andante de Tijuana a Bamako, de Río a Dakar. Intuyendo que una buena canción comienza con una guitarra y la compañía adecuada, como cuando en el parque del Retiro tocaba con sus compinches sin que nadie les reconociera. Con las monedas que conseguían se iban de cañas. Lo recuerda Amparo, emocionada cuando escuchó Clandestino, el disco de reaparición de Manu. En el tema “La despedida” sonaba su voz en un contestador automático: “¡Hola Manu! Soy Amparo. Nada, solo para saber si todo va bien. Y nada, un beso muy fuerte. ¡Venga!”. Directo y para siempre, como una amistad surgida en aquel estallido pero musicada a fuego lento.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...