An-tonio, memoria del buen salvaje

An-tonio no llegó a ver publicado su único álbum. Su trayectoria fue tan corta como intensa y dejó huella entre quienes tuvieron la suerte de escucharle o asistir a sus incendiarios conciertos. Murió hace 20 años, pero sigue fascinando.


publicado
2017-08-12 09:35:00

Vitoria, 29 de septiembre de 1995. El grupo Los Enemigos, uno de los más carismáticos del rock español, vela armas en el camerino de la sala Elefante Blanco. Espoleado por el soniquete que llega desde el escenario, el cuarteto decide abandonar el backstage para ver quién es el responsable del glorioso estruendo telonero. Al salir, se encuentran con un tal An-tonio. “Flipamos con su actuación”, recordaba Josele Santiago, líder de la banda, en la página oficial de Facebook de los madrileños. Esa misma noche, An-tonio y Los Enemigos acuñan una amistad genuina que se truncó el 12 de agosto de 1997. “Nos enteramos de su muerte una mañana, leyendo el periódico en el bar del local de ensayo”, evocaba Josele. “Nos quedamos hechos polvo. Se hacía querer, el jodío. Era muy salao”.

Antonio Rubio, An-tonio, nació en Algeciras en 1969 y era el menor de cuatro hermanos. Estudió en el colegio Los Pinos. Juan Codorniú, guitarrista de Lagartija Nick, también era alumno allí. Por entonces tocaba la guitarra en Luna, un grupo de versiones formado por estudiantes del centro. An-tonio, dos años más joven, revoloteaba por los ensayos. “Era creatividad y diversión pura”, asegura Codorniú. “Una cabeza que estaba todo el rato generando ocurrencias y disparates. Creativo al cien por cien”.

“Una cabeza que estaba todo el rato generando ocurrencias y disparates. Creativo al cien por cien”, recuerda Juan Codorniú, guitarrista de Lagartija Nick
La familia Rubio fundó a mediados de los años 50 una academia de idiomas pionera en la comarca. An-tonio llegó a ejercer como profesor en ella, aunque la música no tardó en imponerse. “Estuvo de interno en un colegio inglés”, explica a El Salto su hermana Esther. “A los dos o tres meses cambió la guitarra que se había llevado por una batería, y se volvió a Algeciras. No aguantaba a los niños pijos”.

Lo veían venir, así que tampoco hubo demasiada bronca con el asunto. “Se esperaba totalmente —admite ella—, en casa se ha escuchado mucha música, mucho flamenco. Mi padre fue el fundador de la Sociedad del Cante Grande de Algeciras, una de las más antiguas. Llevaba los talleres de guitarra, cante y baile. Enseñaba a todos. Siempre ha habido muchas fiestas flamencas en casa, muchas movidas de éstas. En sus canciones él proyecta eso, es un flamenco rockero”.

Autodidacta, empezó aporreando los parches en grupos como Los Sekuaces y La Destilería. A principios de los 90 ya tenía un repertorio propio —se hacía cargo de voces y guitarras— y una banda que le acompañaba en sus correrías. También la determinación necesaria para que su volcánico e iconoclasta cancionero —un alucinante bebedizo punk de esencia sureña— se escuchara más allá del Campo de Gibraltar.

Secundado por su mánager, Felipe ‘El Demonio’, mueve maquetas en el núcleo de la industria musical. Una de ellas llega a Javier Liñán, ejecutivo discográfico de largo recorrido, quien acuerda verse con el gaditano en las oficinas madrileñas de la editorial Warner Chappel. “An-tonio empezó a cantarme los temas con la guitarra —rememora Liñán— y cuando llegó a “Camina, revienta o escupe”, se puso a escupir en la pared del despacho. Era muy bestia el tío, algo muy anárquico y muy salvaje, sin domar en absoluto. ¡Tenía un talento bruto especial!”.

“Era algo bastante punk y a la vez bastante sentimental, sensible o delicado. No sé cómo describirlo sin ponerme cursi. Era como si juntases en un artista a Johnny Rotten y a Caetano Veloso”, explica Mauro Canut
Tras el feroz show privado, Liñán recomienda a Mauro Canut, por entonces responsable artístico del sello Edel, que arrime la oreja a estas canciones. Dicho y hecho. “Me causó impacto porque era algo bastante punk y a la vez bastante sentimental, sensible o delicado. No sé cómo describirlo sin ponerme cursi”, reconoce Canut. “Era como si juntases en un artista a Johnny Rotten y a Caetano Veloso. Llamaban la atención el arrojo y la total seguridad que tenía cuando se ponía a cantar, como si se desnudara delante tuyo sin conocerte de nada, porque el tipo vivía cada segundo de cada canción con gestos, con caras, con movimientos, con escupitajos, golpes en la guitarra, patadas al suelo… ¡Se transformaba! Pero luego terminaba y era muy humilde y muy sensible, un poco Jekyll y Hyde. Antes de que hubiera terminado la primera canción ya tenía un contrato encima de la mesa”.
El inesperado fallecimiento de An-tonio hizo que su único álbum homónimo se publicara a título póstumo, en otoño de 1997. El disco nunca se reeditó, no hubo oportunidad de promocionarlo y parece lógico que apenas trascendiera más allá de su patria chica.

En febrero de 1999, Los Enemigos publican Nada, su octavo álbum, en el que incluyen la preciosa “An-tonio”. La figura del algecireño vuelve a generar curiosidad y asombro. Juan ‘Txutxe’ González, administrador de la página de Facebook en que se le homenajea, nos cuenta que la mayoría del millar de seguidores del sitio es de fuera de Algeciras y asume que la tonada enemiga fue crucial para darlo a conocer tras su fallecimiento. Veinte años después, sigue siéndolo.

Breogán Torres nació en Vigo en 1999 y acaba de terminar el bachillerato en el IES Politécnico de la localidad gallega. Jovencísimo fan de Los Enemigos, empezó a indagar sobre el protagonista de aquella portentosa canción. Descubrió que era músico y que su historia apenas se conocía. El pasado invierno, como proyecto final de la asignatura de Audiovisuales, propuso hacer un documental sobre él.

Sin presupuesto, con medios escasos, se plantó en Algeciras junto a sus compañeras Noa Costas y Lara García para rodarlo en tiempo record. Búsquenlo en YouTube, porque está muy chulo.

Les pusieron un 10, pero da la impresión de que eso es lo de menos. “Salimos los tres con la sensación de meternos en la historia de alguien que murió antes de que nosotros naciéramos”, afirma Torres. “Hemos aprendido mucho sobre él, su personalidad, su obra inédita, y eso nos hace sentirnos vinculados a la familia y a la ciudad. Ya lo valorábamos, pero conocer los detalles te hace ver todo muy distinto. ¡Y el aprecio que se le tiene en Algeciras!”.

Para el próximo mes de octubre está prevista la puesta en marcha de una exposición conmemorativa en Algeciras, tutelada por la familia Rubio y con participación de músicos, pintores y escritores de la zona. Nunca es tarde para descubrir —o recordar— talentos como éste.

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