Migración
Mujeres migrantes que alimentan resistencias: encender fuegos y sostener cuidados frente a la discriminación
Guiada por el vínculo y los afectos hacia el territorio a través de los alimentos, Lina Ruiz creó Micelio Cultural en 2020 como una propuesta de comidas en casa en Bogotá (Colombia), que durante la pandemia se transformó en una plataforma virtual para tejer redes en torno a la cultura, la ecología y el alimento. Cuando Lina migró a Barcelona en 2021, Micelio evolucionó hacia una propuesta colectiva de mediación y gestión cultural, talleres de arte y cocina, servicios de catering y promoción de iniciativas como parte del ecosistema de la economía social y solidaria.
“Creo que la alternativa desde la resistencia migrante es efectivamente generar tu propio trabajo”, asegura Lina, “porque si no existen espacios para nosotras dentro del mercado laboral, nos los tenemos que inventar. Es como esa resiliencia y potencia: cuando no hay recursos o no está dado el contexto para que tú aparezcas allí, lo creas”.
En España, las mujeres migrantes son sistemáticamente discriminadas en el mercado laboral: su tasa de paro de casi el 18% supera a la de las mujeres españolas (11,8%) y asciende al 19,8% en el caso de las extracomunitarias. Además, más de la mitad tiene un empleo por debajo de su nivel de cualificación. Ante la falta de oportunidades, las mujeres migrantes y racializadas abren sus propios espacios y tejen redes de apoyo para sostenerse mutuamente. Frente a las barreras y las desigualdades marcadas por la discriminación por origen y género, mujeres como Lina resisten creando proyectos desde la cocina y el arte que permiten no solo generar ingresos propios, también crear espacios de encuentro y lucha por los derechos migrantes.
Además de Micelio Cultural, Lina cofundó junto con sus compañeras Columba Zavala, de México, y Mariana Alba, de Perú, el colectivo Las Jamaiconas, con el que han creado alianzas con museos, centros culturales y colectivos migrantes. Su objetivo es fortalecer espacios de solidaridad y colaboración a través de performance y talleres que combinan la cocina con prácticas artísticas. Juntas han apostado por constituir una asociación para acceder a mayores recursos y continuar desarrollando proyectos en paralelo a los trabajos por cuenta ajena que cada una sostiene.
“Estar con ellas es poder acompañarnos, porque entendemos la cocina desde la cura y el cuidado, como un remedio. Un estar juntas y nutrirnos que nos permite sustentarnos...”
Esa misma red se ha convertido en su sustento afectivo y político: “Estar con ellas es poder acompañarnos, porque entendemos la cocina desde la cura y el cuidado, como un remedio. Un estar juntas y nutrirnos que nos permite sustentarnos, tener fuerzas suficientes para estar en este territorio a través de alimentarnos y alimentar a otros”. Para Lina, ser conscientes de lo colectivo es importante: “Si hay red, hay sostén y sustento desde lo afectivo. Y de esta manera podemos acompañarnos y también movilizar recursos, generar alternativas”.
Para las mujeres migrantes, el autoempleo –o actividad económica que genera ingresos propios– es posible cuando se nutren de una red que las sostiene y contiene. También se convierte en una alternativa cuando pueden liberar tiempo para crear o acceder a formación, ampliando sus oportunidades de inclusión laboral.
Fortalecer el vínculo entre mujeres diversas a través de la gastronomía
En Valencia la gastronomía conecta el saber culinario con los cuidados, la autonomía económica y el fortalecimiento de las redes comunitarias, abriéndose como oportunidad para mujeres migrantes que han regularizado su situación administrativa y ya cuentan con un número de identidad de extranjero (NIE).
La Asociación Por Ti Mujer ha apostado por la formación en gastronomía como vía de acceso al mercado laboral para mujeres migrantes, principalmente aquellas que han sufrido violencia machista o se encuentran en riesgo de vulnerabilidad.
Hace cinco años nació Gastrodiversas, un proyecto de encuentro de saberes gastronómicos e intercambio cultural entre mujeres migrantes de diferentes orígenes, en particular de Latinoamérica, Rusia y países árabes. “El objetivo es fortalecer este vínculo entre mujeres diversas a través de la gastronomía y, detrás de ello, viene el autoempleo”, explica Rosa Rueda, coordinadora del programa y secretaria general de la organización, psicóloga colombiana con 25 años en España. El proyecto les ha permitido certificar una formación técnica, además de recibir clases de chefs profesionales, y potenciar su capacidad creativa de crear y fusionar recetas.
“Algunas compañeras se han podido vincular laboralmente y han nacido temas de emprendimiento muy interesantes”, relata Rosa, “algunas desde sus casas y otras han incursionado abriendo un pequeño bar, un pequeño lugar para atender con la cocina de sus países de origen”.
Con el objetivo de ampliar las salidas profesionales, el programa ofrece acompañamiento a las mujeres con todos los recursos disponibles, y apoyo para encontrar herramientas más especializadas: “Aquí pueden venir a consultar. ¡Si no lo tenemos, lo buscamos!, y las derivamos a los servicios que requieran”, afirma Rosa, “por eso las relaciones que se establecen, tanto con entidades del tercer sector como con entidades públicas, son tan importantes. Son las que apoyan estos procesos”. Por ejemplo, la asociación tiene una relación muy cercana con la Escuela de Hostelería de Valencia y el Centro de Turismo de Valencia.
“Al encontrar este espacio gastronómico, de diálogo intercultural, empieza un proceso de creación de redes de apoyo que son vitales para su día a día”, subraya Rosa
Gastrodiversas ha contribuido a crear un espacio de conversaciones en el que las mujeres han podido tejer redes de apoyo no sólo en inclusión laboral, también para enfrentar la soledad de la migración. “Al encontrar este espacio gastronómico, de diálogo intercultural, empieza un proceso de creación de redes de apoyo que son vitales para su día a día, para tener con quién salir y tomarse un café”, subraya Rosa.
“Hemos surgido desde la mirada de nuestra red”
El amor que siente Lily por la comida nació en las conversaciones, mientras acompañaba a su madre, María Angélica, a cocinar sabores, paciencia y cuidado junto a su abuela materna y sus tías en Perú. Como la única mujer y la menor de cinco hermanos, su madre le dejaba probar recetas pero no cocinar, e insistió en que estudiara: “temía que yo me dedicara solo a la cocina y a cuidar de otros, como ella lo hizo”.
Lily estudió Derecho y Ciencias Políticas en Lima. Desde que migró a Madrid en 1991 junto con su pareja, Nilton Pucuhuayla, han ido construyendo redes de apoyo. Junto a sus hijes Diego y Amanda, terminaron transformando el temor de la madre en una tradición espontánea como forma de cuidados: “comer rico e invitar a las amistades y a la familia”.
Las recetas que comparten Lily y Nilton se han vuelto famosas, por lo que una compañera las recomendó a una asociación de mujeres que necesitaba alimentar a 50 mujeres de diferentes orígenes durante unas jornadas en la primavera de 2021. Los primeros pasos de Aires de Alondra tuvieron forma de “unos bocadillos muy golosos, con chicharrón y camote, con pollo al estilo peruano y de tortilla”, recuerda Lily. A partir de ese momento, gracias a su comunidad, este proyecto gastronómico y cultural comenzó a tomar forma como una alternativa para complementar ingresos; incluso, ha ganado más fuerza desde que Lily ha podido dedicarle más tiempo al hacer una pausa en su trabajo en mediación y participación ciudadana.
Las redes de apoyo han sido vitales no solo para comprender mejor el marco jurídico y administrativo que implica ejercer un trabajo autónomo, sino también para compartir conocimientos y experiencias sobre la vida en España. “Hemos surgido desde la mirada de nuestra red”, celebra Lily. “Alrededor somos más una comunidad ampliada, pero formalmente Aires de Alondra es una asociación cultural que ha adoptado los principios de economía social y solidaria”.
“A donde vamos, tratamos de cuidar a toda la gente a través de lo que ofrecemos, desde cuidar la pancita”, asegura Lilly, de Aires de Alondra
Más allá de ofrecer comidas a través del boca a boca y la confianza en las recomendaciones de sus comensales, han fortalecido un espacio intergeneracional de apoyo mutuo y cuidados para compartir su amor por la gastronomía y también fomentar proyectos de música, danza y cultura popular junto con las redes que han construido en España. “Somos una familia migrante, diversa, respetuosa. Lo queremos mostrar también en la comida, en lo que somos y en lo que hacemos”, asegura Lily.
Esta misma red les ha abierto las puertas para participar en eventos de asociaciones, fundaciones y colectivas amigas con enfoques migrantes, feministas y antirracistas. “Siempre están organizando cosas reivindicativas muy chulas, ¿no? Poder alimentar esas jornadas nos hace sentir que estamos dentro”. Lily celebra ese sentido de pertenencia, especialmente cuando tienen la oportunidad de presentar sus comidas: : “A donde vamos, tratamos de cuidar a toda la gente a través de lo que ofrecemos”.
Para Lily, los cuidados implican valorar los quehaceres migrantes y “el conocimiento que traemos en la mochila para trabajar de manera digna”, además de reconocer cómo la gastronomía española y europea ha transformado sus sabores gracias a los productos que provienen de Latinoamérica. Ese saber “del aquí y el allá” es un enfoque que también guía a las iniciativas Micelio Cultural y Las Jamaiconas, que luchan por mitigar desigualdades desde la gastronomía y los derechos culturales migrantes, conectando la identidad migratoria con el territorio que se habita.
La cocina: un lugar decididamente político
La cocina ha dejado de ser ese espacio de trabajo que los cuerpos migrantes pueden ocupar y se ha convertido en uno para crear conocimiento y preparar resistencias. Se ha convertido, en palabras de Lina, en “un lugar decididamente político”.
“¿Cómo habitar una cultura alimentaria de proximidad desde mi cuerpo diaspórico, desde mi propia experiencia migratoria, sin perder de vista mi construcción identitaria y la puesta en valor de mi origen, de lo que soy, de mi ancestralidad y mi memoria? Esta pregunta ha sido una constante”, afirma Lina, al hablar de lo importante que ha sido para ella resignificar la cocina desde “la alegría y el disfrute infinito”. Como una cocina diaspórica situada, capaz de encender los fuegos para mezclar alimentos y sabores de los territorios de origen y de cercanía, alimentar a las comunidades y, así, tender puentes y generar formas de reconocerse en la diversidad y las diferencias.
“Pensarse en red” es indispensable. Por eso, estos proyectos gastronómicos impulsados por mujeres migrantes han ido más allá de la alternativa de autoempleo para sostenerse desde la intención común, en lugares donde la comida articula conversaciones: desde los espacios de encuentro, formación y apoyo de Gastrodiversas, hasta iniciativas como Aires de Alondra, Micelio Cultural y Las Jamaiconas. Estos proyectos apuestan por la pertenencia, el apoyo mutuo y el reconocimiento de saberes, que a su vez permiten generar ingresos, promover los cuidados y abrir posibilidades de participación y creación comunitaria frente a las barreras estructurales.
“Siempre animamos a las mujeres a buscar una red de apoyos. Para que se informen, compartan información, búsquedas de apoyos emocionales, ¡eso es importantísimo! En los años que nosotros vinimos teníamos una red chiquita de amigas que nos ayudaron. Rápidamente la fuimos gestando, porque eso de ser social no tiene cura”, dice Lily entre risas.
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